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La bella  que no despertó con un beso
América Gutiérrez comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

«La extrema seducción colinda, probablemente, con el horror»

Georges Bataille

Leí este libro hace tres años y mientras viajaba en transporte público experimenté una sensación casi adolescente. Imaginé que los que me rodeaban sabían que leía algo erótico, me sentí provincianamente licenciosa. Este año, al darle una segunda vuelta, el ejercicio fue diferente, sin dejar de ser profano.

Hay que empezar por la portada. Tomé el libro por primera vez porque no podía dejar de observar el delicado óleo elegido como cubierta. Una mujer virginal, sin expresión identificable en el rostro, con una teta cubierta a medias por un brazo y el abdomen expuesto sin pudor, sin placer, sin turbación.

Antonella Cilento es una autora que no conocía, pero no es una novata, tiene muchas novelas antes que Lisario. Quizá desconfiaba un poco, especialmente porque llegó a mis manos en plena “fiebre Ferrante”. Sin embargo, fue su narrativa Cervantina la que me representó un reto, tenía curiosidad de saber por qué alguien empieza una novela así, con un barroco desbordado que más adelante cobra todo su sentido.

Aclaración pertinente antes de continuar con esta reseña: para los que esperan algo como las Cincuenta sombras de Grey al estilo Caravaggio, siento decepcionarlos pero este libro es la antípoda de ese libro, el placer está del otro lado, del femenino. Esta es una alegoría barroca ubicada en una Nápoles sucia llena de piojos y calles mal olientes. En un castillo al pie del Vesubio sobre la vasta caldera volcánica italiana. Si lo pensamos bien, definitivamente éste no es el mejor escenario para una novela lúbrica, pero Cilento lo consigue.

Lisario duerme, porque así lo decidió. Es una rebelde en una época donde obedecer era la constante para las mujeres. Duerme a manera de resistencia, a la vida y a la muerte. Podría confundirse con la protagonista de La bella durmiente con la variante de que nadie la hechizó y no la despertará un beso. Además es muda por una mala práctica y nadie sabe que aprendió a escribir.

Para atender el misterioso padecimiento, después de muchos médicos, alquimistas y curanderos llega Avicente Iguelmano, un médico por obligación, mediocre y vividor en busca de una mejor reputación. Avicente observa a la paciente, primero vigilado por lo padres y criadas, después solo y con vino. Decide pasar de la contemplación a las acciones: “hundió la mano” (p.41) fue entonces cuando Lisario hizo un movimiento con la boca, para días después despertar.

Avicente tiene éxito, pero no menciona que además de estimulación manual, él también liberó su propia tensión dentro de Lisario. Teme que la joven recuerde y lo acuse de violación, trata de escapar pero en gratitud se la ofrecen como esposa.

Recupera la reputación perdida y ahora todo parece estar en orden para él, excepto por la extraña fascinación que le despierta la habilidad de su esposa para auto complacerse y complacerlo: “la niña no sólo sabía cómo besar, sino también copular” (p.68). Avicente abre una espiral de preguntas inquietantes para todo hombre: ¿cuáles son los mecanismos secretos del placer femenino? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo funciona?

Comienza entonces una segunda ronda de observación, ahora furiosa. Le pide ser testigo del placer que ella se daba en solitario, para observar y registrar a diario. Llega a conclusiones que lo atormentan: “no siempre la intervención del hombre les causa placer, muy al contrario a menudo se obtiene la impresión de que la mujer no lo siente en absoluto y lo finge para agradar a su marido.” (p.90)

Las cartas de Lisario nos muestran su punto de vista, nos revelan el particular refugio que ha creado contra la violencia patriarcal. Antonella Cilento decide ubicar su relato en este periodo para dejarnos claro que la historia mundial ha sido hecha y escrita por hombres, libres de moverse y hablar.

Las pesadillas de Avicente son una delicia narrativa. Esta es una novela escrita por una mujer pero los verdaderos protagonistas son los hombres cuya ignorancia los convierte en el tormento de Lisario, incluidos el amado Jacques y el miserable de Michael.

Antonella Cilento escribió una novela picaresca, donde el humor negro y la sátira traen a la superficie temas fundamentales como la sexualidad femenina, la violencia de género, el miedo a envejecer y a la muerte. Logra vívidas descripciones, con un lenguaje en el que asoma Cervantes y Dumas sin perder lo espontáneo de su estilo.

 

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