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La biblioteca total de Borges
Carlos Gómez Carro (UAM - Azcapotzalco) comment 0 Comentarios access_time 19 min de lectura

Es sabido que Jorge Luis Borges solía inventar obras y autores a quienes atribuía sentencias, juicios y teorías por demás admirables, casi siempre extensión de las propias. Al tiempo, las disponía al lado de abrumadoras referencias a libros y escritores existentes. Difícil distinguir, en muchas ocasiones, entre unos y otros. Un prolijo intercambio entre lo cierto y lo posible, convencido de que lo esencial, al escribir, es conminar al asombro del lector; su peculiar paraíso: los libros escritos y por escribir; los leídos y por leer. El asombro –“mi propósito es meramente asombroso”, hacía decir a Pierre Menard en su relato homónimo− es esencial en su poética, no menos que la paradoja, su necesaria compañera. El asombro de la paradoja. Es el modo como procede al señalar, entre muchas otras de sus tentativas: “En la Edad Media se pensó que el Señor había escrito dos libros: el que denominamos la Biblia y el que denominamos el universo.”1

No es difícil adivinar que ambos libros son espejo uno del otro. Y que el primero de ellos es, simultáneamente, todos los libros escritos, o su metáfora −cada escritor, un simple amanuense−. Y lo son, pues al ser el humano concebido a imagen y semejanza divina es, también, un reflejo de Dios mismo y sus manías grafológicas. Sin olvidar que, como espectadores de una película o lectores de una novela a las que debemos asentir cierta credulidad cómplice, para Borges, Dios y la teología forman parte de la literatura fantástica.

De modo que, bajo estos supuestos, filosóficos y simultáneamente literarios, escribir se vuelve un atisbo reverberante, e ideal, de la primera de las tareas divinas; mientras que la tarea mundana de vivir, un anhelo de contribuir con el otro texto divino: la creación de seres y objetos propios de la realidad. Tarea prometeica, la segunda, la de crear el fuego y transformar con él la naturaleza e, incluso, inventarla a partir de la ciencia; y la adánica, el deber de nombrar a seres y objetos de la naturaleza y del mundo idílico a partir de la escritura. Ciencia y escritura, la doble ecuación humana. Una ecuación dual, entonces, de dos fantásticos espejos concomitantes: el ser humano −quien es escrito, pero también escribe− entre el factual y azaroso (en apariencia) universo de lo real, y el de los objetos ideales.

Relacionar tal tentativa borgeana, como se ha hecho, con la Caverna de Platón resulta plausible, aunque insuficiente, como se puede advertir. Lo de Borges tiene más la construcción de una “realidad aumentada”, llamada así en el contexto contemporáneo, que la representación de la realidad y del ser humano mismo como sendas copias. Una relación perturbadora entre dos escrituras que se alían y ejercen una cópula abominable (por promiscua y por conminar al asco), y a la vez, poética.2

Así concibió (hacia 1935) Borges “El acercamiento a Almotásim”,3 como procedimiento de esa arquitectura. Ahí, el narrador, Borges mismo, inventa a un autor −falso, pero posible−, quien a su vez ha creado la supuesta primera novela policial hindú −el narrador tiene ante sí la segunda edición de la obra, que sospecha es inferior a la primera, así como el Borges narrador es una segunda versión de sí mismo, y el lector (cualquiera de nosotros), versión de esa versión. Subyace el escritor-lector infinito, en esa multiplicación de panes a modo de libros− que aborda la vida de un estudiante y su errancia por el país asiático. En ello, conoce a un tipo deleznable, dedicado a exhumar cadáveres −la más soez de las tareas concebidas por el hombre− para despojarlos de sus bienes. En algún momento de su conversación, tal sujeto se expresa de manera pérfida de un tercer individuo, Almotásim; ambos (el estudiante y el exhumador) se encuentran, solitarios, en la parte alta de una torre, en medio de una ciega noche. Al despertar, el estudiante nota que ha sido despojado de sus bienes, pero a la vez intuye que si un hombre tan despreciable como su compañero nocturno abomina de otro, este último debe ser su irrefutable reverso: lo más bajo como un reflejo de lo más alto. Decide, entonces, develar el enigma y dedicar su vida a la búsqueda de ese hombre “todo claridad”. De eso trata la novela o, si se quiere, la relación de esa novela ficticia, pues la glosa verdadera de esa historia, la novela misma, habitaría en un topus uranus no del todo inaccesible, como veremos.

El estudiante es recompensado al final de sus días y su incesante búsqueda. Alguien lo llama desde el fondo de una habitación, previsiblemente Almotásim, entra y al fondo divisa vagamente un espejo. Él es Almotásim, dicho esto sin dejar de advertir que este resumen es una versión aún más diluida que la anotada por el narrador. Digamos que Borges nos propone en su anécdota que los paradigmas ideales son la guía −deben serlo− de nuestros derroteros reales. Ir plantando en la vida objetos inexistentes en la realidad misma hasta convertirlos en parte ineludible de ésta.

Anotemos en este ejercicio dos influencias, entre muchas otras; de las que parte y las que hereda. Por un lado, Gilbert K. Chesterton, quien imagina en su narrativa a un singular personaje en su entorno anglicano, un sacerdote católico (evolución del golem medieval) metido en arduos pasajes policiales,4 y Adolfo Bioy Casares, amigo y biógrafo de Borges. El padre Brown que imagina el primero de ellos es un personaje medieval metido en circunstancias presentes (mucho más cerca de Tomás de Aquino que del racionalismo capitalista); un personaje medieval, pero con una psicología inquisitiva y casuística que mucho le debe a los modernos. Recurso sobre el cual se volcarán escritores posteriores, como Umberto Eco: El nombre de la rosa (1980), su primera novela, recurre al mismo artificio, pero invirtiendo el orden: un monje efectivamente medieval, pero con los recursos de la literatura policial. El Chesterton imbuido de paradojas, simultáneamente religiosas y racionales, expresaba el comercio entre ambas actitudes: “Nosotros realmente no queremos una religión que tenga razón cuando nosotros tenemos razón. Lo que nosotros queremos es una religión que tenga razón cuando nosotros estamos equivocados”.5

En algún grado, Chesterton es Almotásim y, por ello, el modelo a seguir por Borges, especialmente en esa feliz conjunción entre opuestos que es de donde surge la paradoja como ejercicio de revelación mística y poética, de razón poética. El Borges personaje y narrador creado por Borges es, de muchos modos, el padre Brown entregado a sus inquisiciones en el mundo real (las del segundo libro); mientras que el Borges “real” se involucra preferentemente (en parte debido a su ceguera) en el primero de los libros. El libro, señala el argentino, es esa extensión “de la memoria y de la imaginación” (como el telescopio lo es de la vista o la espada del brazo).6

Y Bioy Casares, como epígono y cómplice del autor de Ficciones (1944). No pocos de los relatos de aquél siguen una estrategia “borgeana” (no es extraño, Borges es el autor más influyente, posiblemente, de la literatura contemporánea), pero en especial, su novela La invención de Morel de 1940 (que Borges calificara como “perfecta”), sigue los rastros ya anotados: un prófugo encuentra una isla desierta (al modo conocido de La isla del doctor Moreau, 1896, de H.G. Wells). Al poco tiempo, descubre azorado que alguien más la habita. Indaga y al cabo de un tiempo, descubre que los otros habitantes del lugar son una ilusión. Extrañamente, repiten los mismos diálogos y situaciones cada día. Azorado, se enamora del personaje femenino, como muchos lo hacen de la protagonista de alguna película. Advierte que se trata de una representación en tercera dimensión de personajes que ya están muertos o en otra parte. Descubre la máquina que crea el artificio (la de Morel del título) y decide intervenir en la representación para ser uno más de los personajes de la trama. Más allá de que el escritor focaliza la paradoja kafkiana de los felinos que cada año irrumpen en el templo para devorar las ofrendas en medio de la ceremonia sagrada; a lo cual, los sacerdotes deciden incorporar (para asombro nuestro) tal asalto a la ceremonia, lo cierto es que Bioy Casares se adhiere a la fe de incorporar lo imaginario en el mundo de lo “real”. Pasados los días o los siglos, el prófugo (no podría ser de otra manera) estará con la amada, más allá de no haberla conocido en vida. Circunstancia que suele ocurrirle al lector asiduo.

Regresemos a la primera sentencia anotada. Atribuir a la Edad Media la convicción de dos libros creados por Dios, acaso, es más verosímil que atribuirla al pensamiento moderno. Y es que, entre otros supuestos, nuestra idea de modernidad se asienta sobre la idea de la muerte de Dios −repetida por Nietzsche, su moderno profeta−, de que el desvalido ser humano −débil por naturaleza− debe hacerse cargo de su propia existencia y a partir de ahí darle sentido. Mejor, entonces, suponer que tal idea tiene un origen medieval, donde Dios y su reino presidían, desde su cetro dogmático, las tareas humanas.

Por un lado, suponer a la Biblia como un libro escrito por Dios ya es en sí una especulación plena de asombro; pero conjeturar que el universo también participa de la misma pluma y debe ser interpretado como un texto, resulta una hipótesis inquietante. Tenemos, así, dos textos. Uno ideal, los libros (o el libro), nuestra guía espiritual en el mundo; y otro, el universo material, sobre el cual nos desplazamos a través de la vida. En otro de sus ensayos-relatos, Borges alude que las plantas viven en la verticalidad; los animales en el espacio, y los hombres lo hacemos en el tiempo. Seres de tiempo, nos hundimos en dos espejos, al menos, de reverberaciones insólitas. El mundo real, a la vez, puede manifestarse como un río, la mar, el viaje que concluye con la muerte. No es difícil, desde aquí, saltar a la convicción de que la tarea humana se resuelve en la búsqueda de uno mismo (a buscar a Almotásim en uno mismo) y encontrarse al final… en un libro. Todos los caminos conducen a un libro. El sentido de la sentencia mallarmeana: que tout, au monde, existe pour aboutir à un livre.7

Digamos que la vida consiste en la escritura de un libro cuyos signos no son, necesariamente, palabras, sino signos de otra naturaleza; signos casi incomprensibles (piedras, nubes, el recodo de un camino, la amada) a los cuales aludimos bajo el concepto de realidad. Somos, quizás sin saberlo, los héroes de una historia que estamos contando con nuestra vida misma, ¿contada para quién? ¿Para un Dios inasible que otros llaman el Universo o para un demonio que se divierte con nuestra prolija tortura?

Digamos, por lo pronto, que Dios habría creado, además de esos dos libros, dos lenguajes para cada uno de ellos. El logos y el que constituye la realidad. La tarea humana por excelencia, comenzada primigeniamente a partir de nombrar el mundo, sería la de descifrar el segundo libro, el universo, a partir del lenguaje humano. Recordemos que, para Roland Barthes, no sólo las palabras son signos, sino cualquier objeto.8 Así, un paraguas, es un objeto con un valor de uso (protegernos de una posible lluvia) y un signo (quien lo porta anuncia la posible lluvia); un anillo o una manzana no son únicamente anillo y manzana. Son objetos y son signos, es decir, algo que no son. Un sauce es un sauce y también algo que nos habla con signos sobrehumanos. Un haikú alude al tema y lo revela: “Vuelvo irritado / mas luego, en el jardín / el joven sauce”.9 Un sauce “bien plantado” que seguirá joven cuando nosotros hayamos partido.

Una cascada, ligera o portentosa, las nubes o la disposición de los astros son hechos que no corresponden a una tarea humana. El poeta puede nombrarlas y así aludir a ellas: “A veces me dan ganas de llorar, / pero las suple el mar” (José Gorostiza),10 “Los que la amamos la llamamos la mar” (Hemingway), “La noche está estrellada, / y tiritan, azules, los astros a lo lejos” (Pablo Neruda), “y me puse del lado de los astros” (Leopoldo Lugones). El lenguaje humano nombra la naturaleza, pero es sólo nuestra realidad empírica, nuestro cuerpo, lo que habla con ella, el trotar en la vida, en nuestra ración de tiempo, sin llegar a saber del todo lo que nos decimos con ella. Un cuerpo, el nuestro, que no habla con la razón, sino con sus deseos y aversiones. Al lenguaje pluridimensional de ese Aleph tenemos acceso lateral a través de una de las dimensiones del logos, la ciencia. El método se convierte en el prodigioso instrumento para descubrir su intrincada mecánica, su lenguaje causal. Y es aquí donde aparece una singular paradoja: el lenguaje también puede nombrar objetos inexistentes. Ideas en sí sin realidad empírica. Los a priori kantianos. Proposiciones que no necesitan más que de la razón pura: “El entendimiento no tiene que habérselas más que consigo mismo y su forma. Por eso la lógica, como propedéutica, constituye sólo por decirlo así, el vestíbulo de las ciencias. [Diógenes y Thales] Comprendieron que la razón no conoce más que lo que ella misma produce según su bosquejo”.11

La lógica sólo obedece a su propio devenir tautológico, a su forma. Si en el principio fue el verbo, la gramática es su forma o bosquejo y Dios es esa forma que le da sentido al lenguaje. El universo acaece en el lenguaje, es decir, en un libro. De ahí que Borges denomine por convención a Dios como el Logos y a su gramática como su lógica arquitectónica. Y si los dos libros divinos son la escritura y el universo, la tarea humana se revela como la del reconocimiento de ambas obras a través de su lectura: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído.”12

Borges no está convocando a feligreses, sino a fervorosos lectores de dos libros paralelos. La tarea humana es, de tal modo, una tarea de comprensión del funcionamiento del Logos en la concepción de sus dos libros, y la colaboración humana en ellos. La gramática del lenguaje sobre la que urdimos nuestra historia, y la ciencia del universo que se ejercita en la realidad misma y en el cuerpo que habitamos.

Muy probablemente, Borges renuncia a la lectura del segundo volumen, la del universo, y decide consagrarse en la elucidación del primero, el conjunto de libros que denomina, después, la biblioteca. La Escritura como metáfora de todas las escrituras posibles, y su lectura (clasificación) como la tarea esencial de todo bibliotecario, de todo humano. Proyecto que en un momento de su existencia (1939) denominó “La biblioteca Total”.13

En una primera nota sobre Kafka de 1937,14 Borges advierte al escritor praguense como un vindicador de “las paradojas interminables del eleata Zenón”. Hacia 1952, “el móvil, la flecha y Aquiles [del eleata] son los primeros personajes kafkianos de la historia”.15 El orden se invierte y el ardid es impecable: el presente crea los indicios de un pasado intrincado, pero lógico. No sólo encontramos kafkiano a Zenón, sino la lista continúa, sin agotarse, en Han Yun (siglo IX), Kierkegaard (su parábola del falsificador de billetes es admirable), Browning, Leon Bloy o Dunsany. El argumento es que a cada uno de estos formidables escritores los leemos, en algunos casos, con rasgos kafkianos sin que ello fuera posible antes de la existencia del propio Kafka. Lo kafkiano crea a sus precursores y no al revés. Digamos que con Borges sucede lo mismo.

Así, en los ilustres Demócrito, Aristóteles, Leucipo, Fechner y Leipzig fluye el descubrimiento que se condensará en el delirante relato “La biblioteca de Babel” que hará de aquellos sus precursores. El azar y la rigurosa combinatoria de elementos atómicos o tipográficos confluyen en el eterno retorno de un mundo repetitivo e intolerante (“El intolerable universo”). Lewis Carroll alude al tema de la repetición inexorable de los libros a la pregunta de ya no decidir qué libro escribir, sino cuál. Borges atina a subrayar que la proposición de Carroll la asume con una mayor precisión teórica Lasswitz: los símbolos ortográficos de todas las lenguas son limitados, por lo tanto, su combinatoria previsiblemente tenderá a su repetición. Con 25 símbolos que corresponden a 22 letras, el espacio en blanco, la coma y el punto “abarcan todo lo que es dable expresar”. Todo. La organización del azar y la supresión consecuente de la actividad deliberativa. El libro de libros que repite al otro, incesante y por el tiempo de los tiempos.

Previsiblemente, Borges decide renunciar a vertebrar tal fantasía y sólo apunta la parábola en su relato y de ese modo hace constar de su posible existencia futura (en un disco duro se condensará la realidad factual de esa biblioteca total). La inhumana biblioteca de Babel es el universo mismo. Y ese universo se encuentra, por lo pronto, enunciado en un relato. Relato que, a su vez, se define en el otro relato que lo cifra, paralelo, “El Aleph”. De lo formidable de la idea, surge la vindicación de la lectura de ambos libros. Lo que hace el lector es expurgar del innumerable infinito de combinaciones aquello que lo justifica. El asombro se multiplica en las más diversas teorías que encuentran un hilo común que une lo absurdo con lo cierto, lo prolijo con lo elíptico, lo dionisiaco con lo apolíneo. Y a nosotros, lectores de Borges, suponer una máquina fantástica que repite incesante una historia en la que Borges y Bioy Casares charlan acerca de los libros posibles y uno se acerca a ellos, furtivo, pone a funcionar la máquina de las repeticiones a y conversa con ellos, con Borges, acerca de los precursores de las epopeyas, cimas y simas, de dos magníficos libros.

Notas

1 J.L: Borges (2011). Miscelánea. Barcelona: Random House Mondadori.

2 “Los espejos y la paternidad son abominables, porque la multiplican y afirman. El asco es la virtud fundamental”. J.L. Borges (1974). “Los espejos abominables”. Historia universal de la infamia. Obras completas. Buenos Aires: Emecé.

3 J.L. Borges (1974). “El acercamiento a Almotásim”. Historia de la eternidad. Obras completas. Buenos Aires: Emecé.

4 Borges lo admiraba, quizás, más que a cualquier otro escritor vivo. Alguna vez se anunció que Chesterton visitaría la Argentina. No lo hizo, pero Borges declara que así fue mejor. Mejor conocerlo a través de sus inquisiciones.

5 G.K. Chesterton. La iglesia católica y la conversión.

6 J.L. Borges (2011). “El libro”, en Miscelánea. Barcelona: Random House Mondadori.

7 S. Mallarmé. Variations sur un sujet. La Revue blanche.

8 R. Barthes. Elementos de semiología.

9 Oshima Ryata (1718-1787). Versión de O. Paz.

10 “Elegía”.

11 I. Kant (2003). Crítica de la razón pura. Madrid: Biblioteca Virtual Universal.

12 J.L. Borges (1974). “Un lector”. Elogio de la sombra. Obras completas. Buenos Aires: Emecé.

13 J.L. Borges (2011). “La Biblioteca Total”, en Miscelánea. Barcelona: Random House Mondadori.

14 J.L. Borges (2011). “Franz Kafka”. Miscelánea. Barcelona: Random House Mondadori.

15 J.L. Borges (1974. “Kafka y sus precursores”. Otras inquisiciones. Obras completas. Buenos Aires: Emecé.

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