folder Publicado en Ficción original
La ciudad de las causas desesperadas
J. M. Servín comment 0 Comentarios access_time 17 min de lectura

I

A los rituales y cultos nacionales les viene bien un mediador. San Judas Tadeo, el santo de las causas difíciles y desesperadas, se ha convertido en un fenómeno masivo de resistencia contra los riesgos y tentaciones de la vida diaria. Ocupa el cargo extraoficial de secretario de Gobernación en el Reino de los Desposeídos: la Ciudad de México, un manicomio a cielo abierto con millones de habitantes enloquecidos por el pisoteo continuo a sus más elementales derechos. Así parece donde por lo pronto los peatones nos hemos convertido en intrusos en calles invadidas por manifestantes, puestos callejeros, ciclistas, automóviles, mascotas, delincuentes, granaderos, obras públicas inconclusas y malhechas. El habitante como invitado a regañadientes a la ofrenda al desmadre cotidiano.

A la contaminación que genera el copioso tránsito vehicular podríamos achacarle el temperamento irascible y voluble del capitalino. El monóxido de carbono ha provocado una ronquera crónica que hace que las mujeres al volante o en bici, lo insulten a uno con voz de Lucha Villa.

II 

En México realidad y ficción son una misma cosa, y la Ciudad de México es el universo de Rod Serling, el genial creador de la Dimensión desconocida.

Al grito de “¡no lo vamos a permitir, compañeros!” y el reciente “¡vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, el mero 18 de marzo de 2015, fecha de aniversario de la expropiación petrolera, Bucareli fue tomada desde el cruce con Reforma por agrupaciones campesinas. Como ya es costumbre desde hace ya una década al menos, un regimiento de granaderos de la Policía Federal con base continua en la zona protege las oficinas de Gobernación de quienes amenazan cruzar la franja de vallas de acero que divide a los bandos en conflicto. “La franja de Gazita”, como hemos bautizado mi mujer y yo a la zona. Como siempre, los manifestantes exigen lo que la mayoría de los mexicanos desde tiempo inmemorial: justicia y un país habitable. Los granaderos, al igual que las autoridades, juegan su papel de hacerse de la vista gorda mientras pasa el vendaval de insultos y reclamos.

Este plantón de tres días se sumó a los otros que de forma habitual mantienen parcialmente cerrada Bucareli por un lapso de tiempo no menor a tres horas al día, todo el año. Durante marzo también ocuparon la calle asociaciones de jubilados, de “maquineros” (dueños de máquinas tragamonedas), los “Panchos Villa” y Antorcha Campesina, la organización que el jueves 26, aparte de un templete con equipo de sonido digno del Vive Latino y un sinfín de rijosos oradores, trajo mariachis, banda militar, bailables regionales, sonido grupero, cantantes rancheros y batucada (Antorcha Campesina, enemiga de la cnte, sostiene que sus manifestaciones son “culturales”). Hasta el día 30 de marzo, una comitiva mínima se mantenía firme ocupando la zona.

De pronto hay plantones de fantasmas, pues hay veces que sin manifestantes a la vista, la Policía Federal cierra Bucareli durante horas, quizá como parte de su entrenamiento. La muralla de acero reforzado instalada en la esquina con Ayuntamiento representa un poder vacío, arbitrario e ineficiente con policías a veces relajados, a veces en media guardia pero nunca bajo una presión verdadera por quienes al otro lado de la contención chantajean a las autoridades y afectan a la ciudadanía en nombre de los padecimientos de todo un pueblo.

Antorcha Campesina amenaza para mediados de abril de 2015 con una marcha y plantón en la ciudad con 50 mil de sus afiliados.

III

Como en cualquier plantón en Bucareli, en las primeras horas siempre hay una algarabía y actividad dignas de una kermese, una vez que los líderes de los cientos de quejosos acarreados dejan de asumir su papel de “luchadores sociales”. No es cosa fácil resistir al sol del mediodía (hora preferida para gritar frente a Gobernación). Las enormes carpas que protegen de los cancerígenos rayos gama a los manifestantes de todas edades, las casas de campaña, los comedores con estufas de gas, los anafres, las fogatas de leña, las colchas, los excusados portátiles y las decenas de puestos ambulantes hacen pensar en un estado de sitio negociado. Toneladas de basura, caos vial y peatonal, ruido y un tufo a decadencia y miseria de un pueblo resentido y empobrecido a niveles inconcebibles son el saldo de cada marcha o plantón en la Ciudad de México, símbolo del estado de cosas en la metrópoli que ostenta el récord mundial de más calles cerradas al año por manifestantes.

IV

La gran pregunta es: ¿cuánto gastará el mexicano en tratar de paliar su zozobra y sufrimiento, en sus votos de fe y esperanza, en caridad? Como nunca antes en la historia de la capital, estamos presenciando un extraño fenómeno de obesidad relacionada con la pobreza y la depresión que conllevan las estresantes condiciones de vida en este país. Pobreza tripona, podríamos llamarle. Según la Encuesta del Dolor del Viajero, practicada por el Institute for Business Value y citada por Héctor de Mauleón en El Universal el 8 de marzo de 2015, existe una violencia sistemática contra los habitantes de la capital que implica un deterioro severo de su salud y calidad de vida.

México vive de luto y hay millones de causas desesperadas. En la capital ocurren tantos sucesos funestos que es un dilema entender de dónde saca fuerzas el pueblo para resistir a sí mismo y a sus gobernantes. No es de extrañar entonces que diariamente se llenen de devotos las tres iglesias que en la Ciudad de México rinden culto a San Judas Tadeo, el de las causas difíciles y desesperadas. Hay una en Avenida Politécnico, otra en Coapa y la principal y más concurrida, San Hipólito, en el cruce de Reforma y Avenida Hidalgo, en las orillas de la colonia Guerrero. El día 28 de cada mes, y sobre todo en octubre, día principal del culto a San Judas, miles de personas provenientes de las colonias populares de la ciudad se rinden a su santo patrono.

Desde la lluviosa noche del 27, compactos grupos de fieles, principalmente jóvenes, cargan un santo tan grande o tan chico como el tamaño de sus peticiones. Brotan discretos del metro Hidalgo y Juárez. Circulan por Reforma, Bucareli y Balderas en dirección norte rumbo a la iglesia de San Hipólito. Sería un buen justificante para no ir a la escuela o al trabajo; sin embargo, dadas las circunstancias en este país, dudo que haya una mayoría que pueda confesarse culpable de ausentismo en sus deberes. En esta condición de desocupados a la fuerza radica la fe en San Judas. Hay quien viste túnicas blancas con un manto verde cruzado, los colores del santo; llamativos escapularios del tamaño de un celular hacen evidente la vocación por lo estrambótico del habitante de la barriada. Dentro del templo hay una capilla dedicada a los santos mexicanos: suman 43. Hay gente intoxicada dentro y fuera de la iglesia.

Los clérigos no están de acuerdo con las manifestaciones ostentosas de los devotos de San Judas, pero es imposible evitarlas en un pueblo que convierte su fe en fiesta de melancolía y excesos, de otra manera no podría entenderse la iconografía pagana del mexicano, casi siempre inspirada en la tragedia. Es una cultura de desposeídos, de quien duda tener un lugar en el cielo. Sobrevivir a este purgatorio terrenal significa portar un paraíso personal y artificial sobre todo cuando en el barrio, ya sea en la esquina, en un cuartucho o en una azotea, acecha el vicio, el ingreso a presidio o la muerte. A las afueras de la iglesia de San Hipólito se manifiesta el rostro endurecido de la pobreza y sus lastres.

Es un culto en efervescencia que ha crecido para corresponder a las necesidades apremiantes e inmediatas, al aquí y al ahora de millones de personas asediadas por la insultante desigualdad, la delincuencia y las adicciones. Nos guste o no, lo aceptemos o no, es la expresión de un pueblo sometido por su historia y descreído de sus gobernantes. En la barriada vida y muerte son lo mismo, y la segunda se pasea por todas partes. Sólo la existencia de un altar callejero a San Judas (a veces también a la Santa Muerte y a Malverde) da valor y fuerza para evitar un rato más lo inevitable. San Judas Tadeo, mediador entre un Dios que todo lo ve y las desgracias de aquellos invisibles a la justicia social, tiene una feligresía de millones, incluso entre aquellos que no reconocen abiertamente su fe en el santo.

En un estacionamiento a la salida del metro Potrero, de camino a la iglesia en Avenida Politécnico (la única que rinde culto a un San Judas que porta una escuadra en lugar de un bártulo) me entero que por lavar autobuses de pasajeros se cobran 80 pesotes si es sólo la carrocería, y 120 si es por dentro también. La limpieza de estos cetáceos rodantes lleva aproximadamente una hora. Hay seis lavadores esperando turno bajo el sol de mediodía.

V

La ciudad, desde siempre, ha sido un escenario adecuado para la tragedia. La religiosidad del vulgo está ligada con el sacrificio ritual, la muerte violenta o imprevista y el absurdo que convierte en crónica roja la biografía de la Ciudad de México. En mis visitas a las tres iglesias, sobre todo en San Hipólito, aprecio lo mismo: a San Judas Tadeo se le puede hablar de frente y de tú a tú, como a un amigo, como a un familiar que nos entiende. Según el santoral, Judas significa “alabanzas sean dadas a Dios”, y su apellido, Tadeo, “valeroso”. Incansable predicador de su fe, murió lapidado y a golpes de mazo. Otras versiones dicen que fue decapitado y, según me orienta Abel, el taxista, una manera de que me cumpla un milagro consta de tres pasos: comprar un santo, obtenerlo regalado y robarlo.

–Yo no soy muy creyente, pero a nadie le hace daño pedirle un milagrito –dice Abel en lo que señala su espejo retrovisor lleno de escapularios. El tráfico a mediodía nos tenía atrapados en la colonia Doctores. Realizo uno de los veintidós millones de viajes diarios en transporte público en la Ciudad de México a una velocidad promedio de 18 kilómetros por hora.

Es sabido que la devoción a San Judas es propia de delincuentes y policías, que para el caso son lo mismo. Abel vive de manejar su taxi y dice no tener vicios.

–Según el lado donde esté el palo del San Judas, es a quien defiende –dice.

–¿Y qué lado es para quién? –pregunto.

–Eso sí no sé –responde con una sonrisa mordaz reflejada en el retrovisor.

En su novela Lo de antes (el primer y único relato auténticamente noir escrito en México hasta hoy), Luis Spota traza una ciudad ambivalente, cruel e inabarcable, donde el Tarzán Lira (probablemente inspirado en Efraín Alcaraz Montes de Oca, El Carrizos, famoso ladrón de casas inmortalizado en los bajos fondos capitalinos por haber robado en las mansiones de Luis Echeverría, José López Portillo y Hugo Sánchez) recorre una jungla de calles y colonias como cobrador de oficina, un exconvicto por robo que intenta un nuevo presente alejado de la delincuencia, pese a que lo asedia y somete el judicial que lo detuviera años atrás. Publicado en 1968, este relato descarnado de la capital y sus personajes atroces es de inquietante actualidad. La ciudad como escenario de inmoralidad, vicios y delincuencia con algunos rasgos de fascinación por las barriadas. La hoy tan de moda gentrificación potencia a niveles de voraz especulación inmobiliaria y escenografía bohemia bares y antros de bajo perfil mientras segrega a los pobres de sus propios barrios para apoderarse de sus viviendas. Esta lenta pero implacable transformación de las colonias circundantes al Centro Histórico está generando una crisis de identidad barrial que afecta los espacios públicos, ya de suyo invadidos por el comercio y empleo informales, delincuencia y la saturación de vehículos como símbolo de la discriminación económica. La colonia Guerrero, al menos en los alrededores de San Hipólito, conserva un aire de barrio a la Ismael Rodríguez que la vuelve cuando menos pintoresca pese a su mala fama. Me queda la impresión de que esta colonia tardará mucho en aceptar como colonos a esos jóvenes de semblante enfermizo, barba de ermitaño, perros adoptados en refugio y fondas de lujo donde rifa la comida orgánica y las cervezas artesanales.

VI

La fría y lluviosa noche del 28 de marzo congrega en Reforma y Avenida Juárez lo mismo a los fans de Carlos Santana que a los devotos de San Judas. El gobierno perredista ha tomado la ciudad como su salón de fiestas. El guitarrista ofrece un concierto gratuito en el Ángel de la Independencia. La multitud convierte al corredor financiero del país en el pasaje de los amontonamientos populistas. El potente equipo Dolby y las pantallas gigantes hacen posible que aún a la altura de Avenida Hidalgo se escuchen los riffs casi gregorianos del guitarrista de Autlán, Jalisco. Dos expresiones de fervor de un pueblo entregado a sus excesos rituales profundamente paganos.

VII

Los reglamentarismos a conveniencia han provocado una reapropiación de los espacios públicos donde puestos callejeros, prostitutas, indigentes, malandros, policías y noctámbulos extienden su pasaporte a la ilegalidad y sus posibilidades de acción beneficiadas por el alcoholímetro, el cierre temprano de bares, billares, antros y demás centros de reunión de adultos. La fe del chilango en encontrar un último trago en el peor lugar posible es un cheque en blanco a la corrupción y la impunidad. La ciudad convertida en la Gran Piquera.

El Godínez, adjetivo despectivo para el oficinista promedio que desplazó al Gutierritos de los años 70 del siglo xx, ha hecho de su idea de reventón un híbrido entre salón de fiestas y departamento de recién casado en viernes. Ya hay un grupo de música pop llamado Los Godínez, su álbum debut se titula El lado oscuro de la oficina y promueve el sencillo “Viernes casual”. En lo que se conoce como antro han quedado lejos la figura del cantante dipsómano (hoy todos se dicen rehabilitados) de tesitura triste y la piruja solitaria en una mesa dispuesta a escuchar las penas del cliente que mejor se ajuste al bolero de moda. El Godínez, de suyo chacotero, está a tono con sus sueños de grandeza en los tiempos de corrección política. Escucha rocolas estruendosas y baila con los éxitos de la Ke Buena, de Radio Universal; lleva el ritmo con desdibujados covers en vivo de los “Rolin”, los Doors, los Eagles o Luismi. Sus compañeras de oficina, liberadas al fin de los prejuicios sociales aparentes, sustituyen a la fichera gracias a los derechos obtenidos por la liberación femenina y se revientan con sus compañeros de chamba antes de llegar con alguno de ellos a hoteles como el California de la colonia Roma. Así se vive el fin de semana en las cantinas y piqueras del barrio donde vivo y sus alrededores. Una zona donde James Bond rodó fugazmente una escena de acción antes de huir como corresponde a un agente secreto en peligro de sucumbir ante el infierno defeño y sus millones de Spectres.

VIII

En los alrededores de la iglesia de San Hipólito y más hacia dentro hay una tranquilidad sombría, pese al amontonamiento de estímulos y repelencias sensoriales. El vulgo frecuenta el relajo para enfrentar sus desventuras y adaptarse a lo inadaptable. Se ha montado una verbena en honor al santo en los alrededores de la iglesia. En la calle de Héroes, a la vuelta de la iglesia, hay puestos callejeros de comida abiertos las veinticuatro horas. Un edificio de dos plantas ocupa la mitad de la calle que hace esquina con San Fernando. En la planta baja hay diversos negocios y almacenes de bisutería, un deprimente local de maquinitas de juego y el popular Salón Hidalgo con música en vivo desde las 4:30 pm, servicio de bar y estilosos bailarines de salón aficionados con toda una ruta que abarca otros salones como el Candela, en Puente de Alvarado, y el Colonia y Los Ángeles, en la misma Guerrero, y los fines de semana parques como el de la Ciudadela y el Lázaro Cárdenas, en la Doctores. A un costado del Salón Hidalgo están los billares Liverpool: amplios, limpios y con un aire de familia a cargo de jugadores de edad madura concentrados en su carambola durante horas. El tiempo pasa suave entre tragos de cerveza de a 20 pesos, el claqueo de las bolas de billar o el estruendo rítmico de la cumbia y la guaracha en vivo por orquestas harto conocidas en el ambiente de tipo adúltero y de cortejos otoñales. El hotel Marconi justo después del billar completa una triada donde las atmósferas mitificadas del arrabal y el cabaret despiden un olor a lujuria y tradición machista. Sexo de luz tenue, miradas precavidas o vigilantes, desconfiadas a veces; siluetas brumosas bajo el escenario multicolor donde la orquesta comparte el protagonismo con los bailarines. Fe y esperanza culposas se dan la mano como en un juego de espejos en el desfogue de quienes creen en el adulterio y no en el amor libre.

A veces me gusta imaginar a Chomsky paseando por aquí.

IX

El neoliberalismo económico, depredador implacable ha reforzado los espacios donde se rinde culto a lo proscrito y a quien protege a sus devotos. En la noche lluviosa con la bendición de San Judas Tadeo, la celebración continúa dentro y fuera de San Hipólito. Se vende bien la parafernalia celestial. El reventón y el desahogo como parte del credo religioso y los delirios de la fe. Pecado colectivo a expiar si bien nos va hasta sus últimas consecuencias, ha convertido a la Ciudad de México en la catedral del culto a la desesperación.

ciudad de méxico Ciudad de México crónica Crónica de la ciudad J.M. Servín Nada que perdonar Nada que perdonar fragmento

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.