La escritura rebelde

“¿Quiero que un personaje sea atractivo, respetable o verosímil? ¿Es posible que sea las tres cosas a la vez?”, se pregunta Margaret Atwood en el texto inaugural de su brillante compilación de ensayos, La maldición de Eva (Lumen, 2013).

Atwood lanza las preguntas luego de dejar en claro cómo decidió ser una escritora profesional a pesar del entorno, de su circunstancia de mujer en un tiempo en que las habilidades de tejido y de compañía calificaban por entero su “modelo de comportamiento”.

Y es que Atwood, ahora allende a las ocho décadas de vida, lleva por lo menos una de ellas en la cima de los listados para recibir el Nobel de Literatura. No es cosa menor. Leer una sola de sus páginas basta para ratificar los bajos momios en dicha apuesta.

Sin embargo, ahora mismo no hablamos de una de sus novelas, no hablamos del recuento histórico (y muy canadiense) del siglo xx contenido en El asesino ciego, ni del brillante intento de distopía femenina que es El cuento de la criada —por mencionar sólo un par de sus más aclamadas novelas—, sino de la que quizá sea su más famosa compilación de textos sobre escritura.

De un feminismo robusto, sabio y sutil, y cargada con un delicioso humor, La mujer de Eva destila una destacada propuesta de humanismo literario. Ocho reflexiones sobre la escritura, las cualidades del ser y las pulsiones de creación; sobre la imagen y presencia fatal de la mujer en la literatura; sobre el genio en Al faro, de Virginia Wolf; y sobre la turbia advertencia de Orwell en 1984. Un volumen con ocho piezas de indudable erudición.

Lumen (ensayo), 2013.

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