La guerra real no se puede escribir en letras de oro

Reseña de La guerra no tiene rostro de mujer de Svetlana Alexiévich

Desde las guerras de Esparta y Atenas, la mujer ha tenido un papel fundamental en la guerra, nunca reconocido. Sin embargo, fue hasta el siglo XX que el lenguaje bélico tuvo que adaptar mucha de su terminología a raíz del rol cada vez más importante de la mujer en la guerra.

Muchas mujeres se unieron al ejército soviético en el más devastador de los conflictos, la Segunda Guerra Mundial; no sólo hubo enfermeras, cocineras, camilleras, sino también conductoras de tanques de guerra y hasta francotiradoras, como Klavdia Grigórievna Krójina, sargento y francotiradora condecorada, quien relata haber matado ella sola a 75 alemanes. Klavdia, como muchas, se unió al ejército porque ya no quedaban hombres en su aldea, a ellas les correspondía luchar por sus familias y su pueblo.

La historia de Klavdia es uno de los tantos relatos que conforman este libro de la periodista y escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich, quien ya tiene su lugar entre los grandes de la literatura cuando recién en 2015 fue galardonada con el Nobel, un reconocimiento a una trayectoria que se ha destacado por darle voz a los sin voz, demostrando que en la literatura, como dijo el también ganador del Nobel Jean Paul Sartre, siempre debe haber compromiso. Svetlana asume ese compromiso; el mundo debe conocer el verdadero rostro de la guerra.

Svetlana entrevista a estas mujeres que vivieron los horrores de la guerra; mujeres que ya en su vejez hacen el difícil ejercicio de revivir el pasado, de rememorar su niñez y la juventud que la guerra prematuramente les quitó. Entre ellas, hay rusas, ucranianas, bielorrusas, tadzhik (tayikas), aunque en ese momento histórico eran una sola, la mujer soviética. Recopilar estos relatos fue una tarea titánica. Fueron años de entrevistas, metros y metros de cintas magnéticas, una descomunal investigación que tuvo que enfrentar desde la censura y el miedo de sus entrevistadas hasta los particulares problemas metodológicos que conlleva una investigación de tal envergadura. Lo más difícil fue lograr que muchas de estas mujeres abrieran sus recuerdos; muchas de ellas no se sentían capaces de hacerlo.

Al principio, no querían contar su historia; le temían al régimen soviético que custodiaba con celosa atención la versión oficial de los acontecimientos, siempre haciendo hincapié en la gran victoria del pueblo soviético sobre su enemigo. La historia le había dado la razón al régimen, por lo que se castigaba como traición si no se acataba con entusiasmo la verdad oficial.

Después de la Perestroika, ya en el nuevo milenio, la autora reescribe y añade varios relatos más que el miedo a la censura y a la reacción del régimen impedía revelar. Estas mujeres no podían aguantar más; el mundo debía conocer que a instantes de la batalla, no hay arengas ni grandilocuentes discursos; no, una de las mujeres nos cuenta que momentos antes de una batalla, vio ratas que huían en manada ante los ojos pasmados de terror de hombres y mujeres que también ya comenzaban a percibir ¾como los roedores¾ el indescriptible olor a muerte que precede una batalla, sólo que ellos no tenían escapatoria. Ratas huyendo no es una imagen muy atractiva para hablar de la guerra; no es inspiradora. Como tampoco lo es aquella mujer que tuvo que ahogar a su hijo recién nacido, para evitar que los alemanes descubrieran a su pelotón. Ese tipo de relatos fueron los que le recriminaron los censores a Svetlana cuando ninguna editorial se interesaba por publicar su libro. La guerra, la gran victoria del pueblo soviético, debía ser contada como virtuosa; debía contribuir a forjar una identidad moralmente sólida para el pueblo. La guerra debía ser vista con orgullo.

Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial y a partir de la gran victoria de los aliados, el Estado soviético, como sucede con cualquier vencedor, sacó ventajas políticas de la historia oficial, y la convirtió en una importante herramienta pedagógica para el sometimiento moral del pueblo. Nadie se atrevía a hablar de que tras esa gran “victoria” se escondían años de angustia, hambre, dolor y desesperanza; nadie podía sincerarse y admitir que en la guerra no hay gloria ni grandeza, sino horror, miembros mutilados, enfermedades, violaciones, traiciones, muerte y… sangre, sangre por doquier. Todos se lamentaron en silencio y reprimieron la que sin duda es la pregunta lógica ante la guerra: ¿por qué? La guerra les quitó todo.

La guerra de la que habla la historia oficial es falsa; la guerra real es donde las ratas huyen y las madres tienen que sacrificar a sus hijos. La guerra real no se puede escribir en letras de oro; su color es rojo, ese rojo sangre que se quedó grabado en la memoria de estas mujeres, olvidadas por la historia; ellas sólo recuerdan el rojo sangre, el rojo muerte, el nauseabundo rojo obcecadamente presente y que aún hoy, después de tantos años, las espanta. De ahí hay que partir, la guerra es espantosa.

Esta visión de la guerra es única, las mujeres revelan hechos que los hombres jamás admitirían; su innata sensibilidad y proclividad a demostrar compasión y empatía por el otro, sentimientos que los hombres se ven forzados a reprimir y ocultar bajo una mentirosa máscara de entereza y valentía, le da un matiz particular a estos testimonios sobre la guerra. Aquí está, quizá, la circunstancia más trágica de la historia de estas mujeres: los hombres fueron educados para hacer uso de la violencia ¾matar¾ en ciertas situaciones que lo ameriten, mientras que las mujeres no; ellas no estaban preparadas para la guerra. De un día a otro, las mujeres cambiaron sus vestidos y zapatos por pantalones y botas, cortaron sus largas caballeras y aprendieron a matar…

El valor de estos testimonios es literario, no histórico. Sí, es importante saber qué ocurrió, pero para eso no nos sirve la historia ideologizada de buenos contra malos y que se sustenta en la mentira de que la victoria justifica la muerte; se trata de la falsa guerra protagonizada tan sólo por grandes estrategas, héroes de mármol que parece no tuvieron que lidiar con el hambre, el frío, el cansancio, el miedo, la angustia, como sí lo hicieron sus verdaderos protagonistas, aquellos hombres y mujeres ¾así, juntos¾ que se enfrentaron a la muerte y vieron con impotencia cómo se llevó todo lo que amaban.

Estas mujeres saben lo que significa matar. Muchas admiten con tristeza que debajo del uniforme alemán también había un ser humano que ¾como ellas¾ tampoco entendía porque tenía que matar para no morir. Estas mujeres conocieron el absurdo de la guerra; sólo ellas saben que la guerra se tiñe de rojo y se queda para siempre guardada en la memoria.

A este cúmulo de conmovedores relatos de mujeres que vivieron los horrores de la guerra los alimenta el sentimiento. Sí, la sensibilidad femenina confronta las pretensiones de la verdad oficial que oculta la monstruosidad de la guerra y la suaviza con palabrejas vacuas que se pretenden objetivas, alejándonos de la guerra real, la guerra que es muerte y sufrimiento.

Como periodista, a Svetlana no le interesa esa “verdad”. Sabe que ésta no se encuentra en los discursos oficiales ni en los falsos agoreros de la “victoria”; la busca con quien no ha tenido la oportunidad de hablar, para que revele lo que nunca ha podido decir, hasta ahora: la guerra es horrenda.

La trascendencia de estos relatos va más allá del acto de justicia histórica de recordar a aquellas valientes que sirvieron a su pueblo en la Segunda Guerra Mundial; la lectura de cada uno de los relatos nos hace cuestionarnos acerca del valor de la vida. Es cuando este libro se convierte en una obra maestra de la literatura y sobrepasa su importancia histórica y periodística.

La innata inquietud por descubrir la verdad, por adentrarse en los vericuetos de los hechos y de investigar sin escatimar esfuerzos lleva a la autora a preguntarse algo más profundo que la guerra: lo que vale una vida. Una de las mujeres cuenta como mientras hacían guardia, vio un potrillo que pastaba despreocupado cerca de su campamento; al percatarse, algunos soldados le pidieron que le disparara, pues nunca sobraba la comida. Ella lo hizo, pero después no pudo contener las lágrimas y preguntarse por qué esa criatura inocente tenía que morir, por qué la tuvo que matar para que ellos comieran. En la guerra no sólo sufrieron los hombres y las mujeres, la guerra destruye toda forma de vida.

Sí, sólo viendo a la muerte de frente somos conscientes de lo vulnerable de la condición humana; quizá, si nos atreviéramos a ver la guerra como es, comprenderíamos el verdadero valor de la vida y gritaríamos al unísono: nunca más.

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