La ironía no se acaba nunca

Todos tenemos un lugar llamado París en la cabeza. Sea un recuerdo o un anhelo, imaginar la ciudad mítica es como mirar a través de un caleidoscopio en donde las imágenes coloridas de The Travel Magazine se yuxtaponen con las de Henri Cartier-Bresson, formando un universo único en el cual somos viajeros.

 

Existe una amplia tradición de obras de arte ambientadas o inspiradas en esta ciudad. La literatura se ha alimentado de París desde hace mucho tiempo. Mientras que algunas de las obras reproducen siempre la misma imagen —un lugar romántico con música de acordeón de fondo y conversaciones animadas en el restaurante de la esquina—, muchas otras intentan enriquecerla.

 

Cuando no es El spleen de Baudelaire es El libro de los pasajes de Benjamin. Cuando no es París era un fiesta de Heminway es Rayuela de Julio Cortázar. Cada uno de estos autores ha hecho que París deje de ser un simple destino para convertirse en un espacio en constante movimiento. La han salvado de ser una ciudad más para convertirla en miles de ciudades que se bifurcan y que hoy en día nos esperan en nuestro librero.

 

París no se acaba nunca es una novela autobiográfica escrita por el catalán Enrique Vila-Matas que se inserta en la tradición de las novelas que reflexionan sobre sí mismas. Mientras el narrador escribe una conferencia que piensa dar en Barcelona, recuerda el tiempo en que vivió en París durante su juventud. Narra desde el momento en que se sale de la carrera de derecho en su ciudad natal y se muda a la capital cultural de Occidente para llevar la vida de Hemingway, hasta el momento en que regresa a Barcelona, dos años después, con más preguntas que nunca y con su primera novela llamada La asesina ilustrada, cuya intención de matar simbólicamente al lector termina por aniquilarlo a él como autor antes de su publicación.

 

Dice Hemingway en la novela París era una fiesta que el recuerdo de cada persona que ha vivido en París es distinto del recuerdo de cualquier otra y, por eso, París no ha de acabarse nunca. Sin embargo es justamente el recuerdo lo que Vila-Matas lamenta. El narrador se mueve entre la desilusión de aquel momento de su vida que no se acaba nunca y la necesidad de darle voz a aquel joven desesperado y solitario: «Todo menos París, me digo ahora. Todo se acaba menos París, que no se acaba nunca, me acompaña, siempre me persigue, significa mi juventud. Vaya a donde vaya viaja conmigo, es una fiesta que me sigue. Ya puede hundirse el mundo, que se hundirá. Pero mi juventud, pero París no ha de acabarse nunca. Qué horror».

 

El narrador retoma irónicamente aquella ingenuidad de su yo joven que viste de negro y simula fumar pipa como un poeta maldito y, al mismo tiempo, recuerda las aventuras y desilusiones al escribir su primera novela e intentar estar a la altura de la vida bohemia e intelectual de la ciudad. Sin embargo pareciera que cuando el autor ironiza o se burla de sí mismo, corre el peligro de convertirse en víctima. La ironía juega con fuego porque de algún modo siempre juega con uno mismo.

 

Más allá de las anécdotas del autor sobre esta época, lo que empezamos a escuchar es realmente una voz que se cuenta entre una sonrisa y una mueca de horror. El mismo tono inseguro que nos hará reír, cambia en la siguiente página para decir algo completamente atinado. El narrador se vuelve vulnerable a partir de esa ambigüedad. Se vuelve visible para el otro pero también para sí mismo.

 

Por otro lado, las meditaciones sobre la actividad de escribir y sobre el mundo de aquellos que escriben aportan mucho a la novela. Vila-Matas menciona un sinfín de nombres importantes y no tan importantes de la vida cultural que forman parte de su imaginario personal. Su realidad y su deseo de ser poeta maldito se vuelven una experiencia un tanto quijotesca que termina en un enfrentamiento con lo real.

 

Las cinco palabras del título son una combinación de expectativa y melancolía que junto con la ironía le dan un giro al París cimentado e ilusorio en blanco y negro y, a su vez, a la propia transformación del narrador: «Creía que era muy elegante vivir en la desesperación. Lo creí a lo largo de esos dos años que pasé en París, y en realidad lo he creído casi toda mi vida… […] Cuando ésta se derrumbó, fueron cayendo poco después, como un castillo de naipes, otras creencias no menos pintorescas».

 

La novela es una búsqueda y un ejercicio de encuentro y desencuentro con uno mismo pero también de sinceridad con las certezas que nos estancan y con las dudas que nos llenan de terror. Hay verdades que solo se pueden mostrar a través de la ironía. La meditación sobre la escritura y el recuerdo, ponen en evidencia el proceso interminable de cualquier escritor, que como dice Vila-Matas, no debe ser color de rosa pero tampoco debe ser la desesperación en negro. En esta discusión, París es una ciudad que no se acaba nunca y, como ella, tampoco quienes la narran.

París no se acaba nunca, Debolsillo, 2003.

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