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La leyenda de Broken: Un canto contra la guerra
Amilcar Amaya Lopez comment 0 Comentarios access_time 6 min de lectura

“El mal más grande y verdadero, entonces, es el que ejecutan hombres buenos que no pueden (o peor, que no quieren) darse cuenta de que. están sirviendo al mal”.

 

Cuando La leyenda de Broken llegó a mis manos no sabía muy bien qué esperar. Había leído dos novelas del autor, Caleb Carr, y no tenían nada que ver con la imagen de la portada —una espada y una tigresa blanca—, y la sinopsis, que hablaba de un reino antiguo enclavado en los límites del Imperio Romano. De Carr conocía El alienista y su secuela El ángel de la oscuridad, ambos thrillers psicológicos ubicados en la ciudad de Nueva York a principios del siglo XX. Así que pueden imaginarse mi sorpresa al encontrar una historia como la de Broken, la poderosa ciudad que dominaba su entorno desde la cima de una montaña.

La primera impresión que causa esta novela se parece mucho al desconcierto. Tal vez la palabra “leyenda” y la imponente tigresa que muestran la cubierta nos predisponen. Esto tiene toda la pinta de una novela fantástica. Sin embargo, conforme avanzamos en la lectura nos damos cuenta que las decisiones del autor son algo más arriesgadas. La magia, un elemento que solemos esperar en la novela fantástica más tradicional, brilla por su ausencia. Así es como vamos descubriendo algo más cercano a la realidad alternativa. Caleb Carr recurre a la estrategia de llenar agujeros geográficos con un reino cuya existencia fue borrada de los registros. Nos cuenta que durante una investigación bibliográfica para nada relacionada con el resultado final, se topa con el intercambio epistolar entre dos historiadores británicos del siglo XVIII, Edward Gibbon y Edmund Burke, ambos personajes históricos. Gibbon le comentaba a su colega el descubrimiento de un manuscrito medieval en el que se contaba la historia de una ciudad desconocida. Burke, contrario a lo que su amigo podría esperar, le sugirió que mantuviera su descubrimiento en secreto. Ya que no valía la pena remover algunos nichos oscuros de la Historia.

La sociedad de Broken, como muchas otras en la literatura y la realidad, estaba dividida en castas muy bien delimitadas. La segregación no sólo se percibía en el nivel social del individuo propiamente dicho, sino en el nivel o distrito de la ciudad en el cual vivía. El más bajo es ocupado por las clases desfavorecidas y así se asciende hasta la cima, donde viven los más privilegiados. Esta discriminación forma parte del contexto de la historia y, más adelante, sus consecuencias cimbrarían los muros de la ciudad–fortaleza.

La religión tiene importancia capital en el desarrollo de la trama. El cristianismo incipiente en el resto de Europa apenas figura aquí, sin embargo, entre los muros de Broken se adora a Kafra, un dios al que se venera haciendo culto a la belleza física, el regocijo del cuerpo en múltiples formas y la acumulación de bienes. Según leemos, nos cuentan que la decadencia de la ciudad comenzó cuando, en aras de recibir una religión que favorecía a las clases dominantes, se abandonó el más antiguo y pragmático culto a la Luna.

A quienes padecieran alguna deformidad o debilidad, según la ley kafrana, se les debía exiliar al circundante bosque de Davon, así la naturaleza se encargaría de ellos. Este experimento eugenésico atroz formaría la base de un grupo de exiliados sobrevivientes, quienes constituirían una nueva sociedad llamada los Bane. Durante doscientos años creció así una profunda enemistad con los habitantes de Broken, a quienes llamaban los “altos”. Al vivir en el bosque, el estilo de vida de los Bane aparentaba ser más primitivo. Vivían en absoluto contacto con la naturaleza, cazando y recolectando de acuerdo a sus necesidades. Habitaban en cuevas o en cabañas que apenas se levantaban del suelo. Naturalmente, la Luna era el objeto central de su religión.

Habiendo ya conocido el contexto de las sociedades en conflicto, podemos detenernos un poco en los personajes.

En el corazón del cuarto distrito, uno de los más pobres de la ciudad, Sixt Arnem creció para convertirse en sentek (una especie de teniente) del ejército de Broken, era una persona noble y valiente, fiel seguidor de la ley kafrana, pero que empezó a desarrollar dudas sobre los fundamentos de la religión cuando ésta le exigió uno de sus hijos para convertirlo en sacerdote de Kafra. Está casado con Isadora, una de las mejores sanadoras de la ciudad. Isadora, aguda en el arte de reconocer enfermedades, descubre que una plaga se ocurre en las puertas al interior de Broken. De no actuar con celeridad, la plaga podría diezmar la población. Los primeros casos se dan entre los habitantes del quinto distrito, pero dada su condición de indeseables, no consigue que los líderes de la ciudad pongan atención al problema, lo que marca el inicio de una revolución al interior de las murallas.

Como historiador bélico que es, Carr pone el microscopio en la organización militar de las culturas en conflicto, pero no diría que es una lectura probélica. Todo lo contrario. Las raíces del conflicto que enmarcan las historias contenidas en el libro son la xenofobia, la discriminación, la indiferencia y la falta de voluntad para establecer puentes de comunicación con el otro.

El planteamiento de la novela es bastante complejo, muy elaborado. El escritor se regodea en los detalles, donde dicen que habita el Diablo. Sin embargo, el destino de los personajes nos importa. Tantas cosas, la guerra, la enfermedad, los celos, la envidia, amenazan el status quo y, al menos yo, no podía dejar de leer. Caleb Carr crea una ficción tan sólida que necesitó doscientas páginas con notas al pie para clarificar al lector la multitud de términos propios de su mundo, así que no hay excusa para no leer La leyenda de Broken.

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