La literatura infantil, eterna olvidada del Nobel

Por fin tenemos el nombre del ganador del Premio Nobel de la Literatura de este 2017: Kazuo Ishiguro. De acuerdo al comunicado, Ishiguro fue elegido porque “en novelas de gran fuerza emocional, ha descubierto el abismo debajo de nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”.

Definitivamente hubo menos polémica este año que el pasado y aunque Ishiguro aseguró que está más que feliz por haber sido elegido después de Bob Dylan, uno de sus grandes ídolos, seguramente muchos están aliviados de que el Premio Nobel de la Literatura esté en manos de un escritor en toda la extensión de la palabra.

Pero yo no estoy tan contenta. No porque crea que Ishiguro no merezca ser galardonado, sino porque, para mí, vuelve a ser la confirmación del olvido de un género: el infantil.

Si bien muchos literatos que han recibido el Nobel escribieron libros para niños, fueron reconocidos por sus otros trabajos más “adultos”. ¿Por qué los autores infantiles son tan subestimados? Y no hablo solamente del comité del Premio Nobel o la Academia, también me refiero a los otros lectores, aquellos que estuvieron pendientes en la madrugada para ser los primeros en enterarse del anuncio.

Muchos de los que amamos la literatura hoy, desarrollamos ese entusiasmo gracias a las historias de Kate DiCamillo, Roald Dahl, Dr. Seuss, Francisco Hinojosa, Isol, Beatrix Potter, Luis M. Pescetti, H.A. y Margret Rey, Maurice Sendak, entre otros grandes narradores.

Si me preguntaran quién de ellos hubiera merecido (o merece) ganar el Nobel, sin dudar un momento contestaría que Dahl, pues sus historias crearon un mundo completamente mágico donde los protagonistas, fueran chicos convertidos en ratones, mentes prodigiosas o animales sagaces, siempre enfrentaron y resolvieron los problemas de una manera fantástica, invitando a los pequeños lectores a aceptar y querer su individualidad, y a no dejar que la caja idiota les arrebate su ingenio.

Sin embargo, este encanto pueril no impidió que los personajes confrontaran temas como el dolor y la pérdida de la inocencia, la muerte, la  pobreza, el abuso —sobre todo de los adultos hacia los niños—, el amor y la vida misma: la humanidad con todos sus defectos y virtudes.

Además, el estilo de Dahl es agudo y está repleto de humor negro; en cada hoja escrita demostró ser hábil con las palabras, jugó con ellas cuanto quiso. Él sabía comunicarse con su público, hacerlo reír y reflexionar, y nunca desestimó la perspicacia de los niños, quienes, en mi opinión, son los críticos más difíciles de asombrar. No por nada Dahl continúa siendo considerado uno de los mejores narradores infantiles del siglo XX.

Entonces, ¿por qué ningún autor de libros, poemas o cuentos infantiles ha sido condecorado con el Nobel? ¿Acaso es porque ellos carecen de historias “de gran fuerza emocional”? No, no lo creo.

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