La metamorfosis del mundo*

«El poeta crea el mundo al que constantemente volvemos, sin saberlo,
y (…) da vida a las ficciones supremas sin las cuales
somos incapaces de concebir este mundo.»
Wallace Stevens, El ángel necesario 
«¿Qué es el poema? Una bella mentira fingida.
Una verdad insinuada. Sólo insinuándola, no parece una verdad mentira.
Una verdad tan preciosa y recóndita como la de la mina.
Se necesita ser minero para ver en sus entopías de sombras
sus indias de luces. »
Miguel Hernández, Mi concepto del poema

A los ocho años de edad tuve que aprenderme mi primer poema. Recuerdo que acudí primero a mi madre para que me enseñara alguno. Me recitó algo de cuatro versos —rosa, jardín y poco más—. Me le quedé mirando y me fui con mi padre para que me mostrara cuáles creía él que serían buenos para mi memoria. Mi padre siempre recitaba fragmentos de “El brindis del bohemio” de Manuel Bernal (lo supe años después, evidentemente) y algo de “El seminarista de los ojos negros”. (Ahora que lo pienso, nunca le he preguntado por qué se sabía esos poemas. Jamás lo he visto abrir un solo libro de poesía). Finalmente, no sé cómo llegamos a “Reír llorando” de Juan de Dios Peza. (Creo que es el único poema que he conseguido aprenderme en la vida sin olvidarlo). Y a partir de ahí, asumo, surgió mi relación con ella.  Mi metamorfosis del mundo.

Recuerdo los recitales escolares donde amigos me hacían llorar con esos versos de poetas sobre todo mexicanos. Poemas que todos hemos escuchado, poemas escolares: desde “Mamá, soy Paquito” hasta  “El Cristo de mi cabecera”.

Después llegó mi adolescencia y, por supuesto, ahí no pudo faltar Jaime Sabines. De él no recuerdo poemas, pero sí versos que se clavaron. Mi favorito en esa época era “El poeta y la muerte”. Esos años tan intensos, de víscera, de estómago, vitales al cien por ciento, fueron acompañados por poetas. El brillo en la mirada al escuchar un nuevo poema que trasmutara el cuerpo era maravilloso: Quevedo, Calderón de la Barca, Góngora. Fue penetrar un mundo sin encender la lámpara —retomando ese poema de Sabines— para no perder ni la una ni la oscuridad.

Después, en la universidad, llegaron más a fondo Paz (cómo olvidar la cantidad de versos que subrayé de “Piedra de sol” y el deseo de absorberlos enteros), los Contemporáneos (donde he sido fiel a Villaurrutia, pero Gorostiza me arraiga a tantas memorias) o la Generación del 27. (Hay un poema de Vicente Aleixandre que me sigue cada tanto. Se titula: “Tienes nombre”). O Neruda — “Sucede que me canso de ser hombre” — o, claro, Borges —“La luna” —, o… Pero hay tantos poetas que de pronto se agolpan en mi mente que haría una lista injusta y sin sentido de los que van apareciendo. Nombres de tantos que me han tocado; que han llegado y ya se han ido; u otros tantos que me han perseguido por años, que se han quedado conmigo.

Sin embargo, para intentar acomodar algo, cito ciertos nombres: Alejandra Pizarnik, Nicanor Parra, Wallace Stevens, Cristina Peri Rossi, William Carlos Williams, T.S. Elliot. Todos ellos son sólo algunos de los que han aparecido en Lumen. Son esas alegrías que de pronto uno se encuentra en el camino para transformar un instante, detener el tiempo y aliviar el alma. Para recordarnos, desde cualquier crisol, que se puede transformar el mundo.

Muchas noches elijo un libro de poesía cualquiera y abro una página al azar para hacer lectura en voz alta, regocijarme en el ritmo y dejarme llevar por la imagen. Muchas otras juego a tomar un libro (Edmond Jabès es recurrente. No me pregunten por qué), y le hago una consulta. Esta noche, su respuesta, la de Jabès, es la siguiente:

“Espejo”

En el dormitorio de las semejanzas

las hojas tienen sus pensamientos

Las piedras saben el ruido

dorado que hacen las abejas

El día está íntimamente ligado

a su desesperanza a su oreja

Para el aire el agua del tiempo

la naturaleza baila

La hierba en la tierra tiene

un pie desnudo que avanza

Pero tú nunca oirás

ni un murmullo de cansancio

*Tanto el título del escrito, como el poema, fueron sacados de El umbral. La arena de Edmond Jabès, publicado por Ellago Ediciones, Castellón, España, 2005.

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