La playa del tigre

Un tigre alado, como demonio babilónico. Es el diablo que se le ha metido en un veterano de las expediciones cubanas que intentaron implantar su sistema de guerrillas en Angola. Ahora, el antiguo soldado vive en Miami, en un cementerio de tráilers y coches. Todos los días revisa su pequeño mapa de Cuba en busca de sí mismo y de los muertos cuyos nombres trae tatuados en los brazos. Se hace llamar Lázaro Samá, es santero y el tigre que bate sus alas de cisne sobre su cabeza lo insta a buscar la muerte durante una noche de junio en el balneario de Caracol Beach.

La trama de Caracol Beach es la de un reportaje o la de una nota roja: un loco, el soldado Samá, provoca una masacre a lo largo de Santa Fe y en el trayecto se lleva entre las patas a unos estudiantes recién graduados. No hay más que decir al respecto, incluso el propio Eliseo Alberto incluye un sumario al final desde el que se puede recrear cronológicamente la acción de la novela minuto a minuto, como si se tratara de un reportaje.

La elaboración, en cambio, es la de una novela que se sabe escrita y que ronda temas como el destino, el exilio cubano, el impacto de la historia y sus grandes movimientos sobre los individuos, y también la casualidad. En esta adaptación literaria del efecto mariposa, personajes que de por sí llegaron a Miami por varios azares —refugio político, migración ilegal— se entrelazan fatalmente por encuentros mínimos. Como cuando el soldado Samá se encuentra a los estudiantes en una curva de la carretera; o el perro que acababa de recibir sus vacunas y que resulta asesinado por unos vándalos durante su paseo nocturno; o la llegada de un policía novato al balneario justo en el único día en que Caracol Beach se torna interesante.

Las casualidades que llevan al asesino a desbarrancarse en carreteras atraen hacia su espiral de muerte a travestis, exiliados cubanos, prostitutas de México, alguaciles holgazanes y a estudiantes promedio de una High School donde la mitad del alumnado y los profesores es de origen latino. Como el propio Caribe, mar adánico y mestizo donde se dan cita las culturas del mundo, este asesino curtido en la ficticia Ibonda de Akú, deja un rastro de mierda y sangre que propicia un nuevo mestizaje.

Eliseo Alberto fue alumno, como se esfuerza en recordarlo una y otra vez, de Gabriel García Márquez. El modelo que adoptó “Lichi” pareciera que no fue Cien años de soledad o El otoño del patriarca sino uno de los libros tardíos del colombiano: Crónica de una muerte anunciada. La misma técnica de adelantar el “desenlace” se reitera desde la primera página hasta la última, pues ya sabemos que el soldado Samá y los estudiantes en juerga morirán en un hecho de sangre que involucra a todos en la isla. Quizá porque importan más otras cosas, tal como lo dicen en algún lugar a la mitad del libro: “La vida es muchísimo más compleja que la muerte, porque la muerte es rotunda, inapelable, y la vida un camino minado” (p.151).

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