La transformación del mundo

Grandes esfuerzos se han hecho por definir el poder a lo largo de la historia. Las definiciones clásicas lo dibujan como una relación verticalmente asimétrica en la que se promueve un orden de mando y obediencia escoltado primordialmente por la coacción. Estas definiciones dejan muy claro que el poder es exclusivo de las figuras públicas, de los jefes de Estado, empresarios, líderes políticos, medios de comunicación, la religión, etcétera.

En 1989, Moisés Naím, uno de los cien líderes del pensamiento global según el Gottlieb Duttweiler Institute de Suiza, fue nombrado ministro de Fomento en Venezuela. A pesar de que había logrado el triunfo con una amplia ventaja electoral, poco tiempo después de tomar el cargo miles de manifestantes ocasionaron múltiples disturbios en Caracas debido a que estaban en contra del programa de reformas económicas que el propio Naím había expuesto. Las manifestaciones bloquearon el programa. Esta situación hizo comprender a Naím que, más allá de su posición política, su capacidad operativa, es decir, su poder, podía limitarse por la acción de otras personas ajenas al ámbito político-estatal. Un hecho que en décadas pasadas no ocurría. ¿Qué estaba pasando con el poder?

De este cuestionamiento surge El fin del poder (Debate, 2014), libro elegido como uno de los mejores del año por The Washington Post y The Financial Times en 2013. En él, Naím expone que en años recientes el poder, “aquello con lo que logramos que otros tengan conductas que, de otro modo, no habrían adoptado” ha experimentado algunas transformaciones históricas que han hecho que los poderosos cada vez se enfrenten a más obstáculos y límites para ejercer el poder que poseen. ¿Qué significa esto?

Naím plantea que el número de actores partícipes del poder ha ido creciendo con los años. La sorpresa es que estos actores han adquirido cierta relevancia aun siendo más pequeños que los actores tradicionales. A estos nuevos actores el autor los denomina micropoderes y explica su ascenso, en gran medida, a partir de la innovación de sus acciones. Este ascenso de otras fuerzas, explica, no implica la extinción de los megaactores tradicionales, éstos seguirán siendo los más reconocibles en el estudio del poder. Sin embargo, la propuesta principal de Naím se centra en que las relaciones de poder han desechado esa exclusividad mayúscula y han adquirido mayor relevancia en sectores más pequeños, dejando atrás factores como el dinero, la geografía o el tamaño como requisitos primarios para ejercer el poder. Así, nos dice, nos encontramos frente a Gulliver atado al suelo por miles de pequeños liliputienses o gigantes paralizados por una multitud de micropoderes.

Las causas de este cambio, explica Naím, son las constantes transformaciones que ha vivido la sociedad. Para explicarlos de manera detallada el autor los divide en tres grandes categorías a las que denomina la revolución del más, la revolución de la movilidad y la revolución de la mentalidad. La primera nos habla del aumento de todo, por ejemplo “la producción económica mundial se ha multiplicado por cinco desde 1950. La renta per cápita es tres veces y media superior a la de entonces. Y, sobre todo, hay más gente: dos mil millones más que hace tan solo dos decenios. En 2050, la población mundial será cuatro veces mayor de lo que era en 1950”. Esto sumado a otros factores como mayores niveles de información, educación y longevidad, así como en la forma en que éstos se esparcen, de ahí la revolución de la movilidad, generan una revolución de la mentalidad que a su vez da pie a mayores exigencias de parte de la población.

Estas nuevas características, nos advierte Naím, no son del todo positivas. Sí, es cierto que han disminuido los regímenes autoritarios en virtud de que han aumentado los Estados democráticos; y también han perdido cierto peso los oligopolios empresariales y se ha aumentado la oferta para los consumidores en muchas industrias. Sin embargo, no todos los micropoderes pugnan por el bien común. En las últimas décadas, por ejemplo, varios grupos criminales y extremistas han mantenido alerta a distintos gobiernos a través de ataques terroristas y amenazas, apostando más a una guerra estratégica que basada en recursos armamentísticos.

Así pues, en El fin del poder Moisés Naím nos ofrece una perspectiva distinta acerca del concepto al que muchos teóricos han aportado. Pone fin a una concepción histórica del concepto y abre la puerta a una nueva perspectiva. Más que por un texto académico, Naím apuesta por la claridad, experiencia y cercanía de los postulados que expone y nos lleva de la mano no a presenciar el fin del poder sino la transformación del mundo.

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