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Las heridas del alma
Sobre Toda la soledad del centro de la Tierra de Luis Jorge Boone
Rodolfo Naró comment 0 Comentarios access_time 3 min de lectura

Un país que hereda desgracias está destinado a repetirlas. Los nativos de Pabellón, un caserío perdido en el estado de Coahuila, aún no lo saben, pero lo intuyen. Han crecido con la pulsión de la fatalidad en la sangre; cargados de desconcierto y de miedo. Habitan un desierto de murmullos que hablan más de la muerte que de la vida.

Pabellón es un pueblo de mujeres solas, rodeadas de chiquillos, porque sus hombres se fueron al otro lado o se los llevó el narco. Luis Jorge Boone presenta un territorio sin sombra donde guarecer el futuro. Un horizonte de cerros, nopales y candelillas, habitado por personajes que tienen un destino trazado desde antes de nacer: la muerte o el olvido.

El Chaparro es de los pocos que se atreven a desafiar ese rumbo. A los nueve años de edad, huye de la tutela de su abuela Librada para buscar a sus padres; a él, nunca lo conoció, y de su madre sólo sabe que se fue con otro hombre que le prometió mejor vida. La vieja Librada cuida del Chaparro y de sus primos, una docena de nietos que entre juegos y tanteadas la hacen desatinar.

Librada es dura y claridosa, sobre todo cuando bebe y le reclama al niño la chaparra vida que le tocó. La abuela le calienta la cabeza para que vaya a buscar a su padre: “Ojalá y des el estirón, porque si no qué joda, y te hagas un hombre de a deveras, a ver si entonces vas y buscas a tu papá, ese pendejo, y le reclamas, a ver si para luego te crecen los huevos suficientes como para ir a cantarle que eres su hijo”. Le dice entre cachetadas, le confiesa que viven en el boyante pueblo vecino, Los Arroyos, lo ilusiona, lo hace imaginar.

“Me emocionaba ir a Los Arroyos. Quería que mi mamá y mi papá estuvieran ahí. Quería que me reconocieran. Estaban en el pueblo, los sentía muy lejos, aunque no lo estuvieran tanto. Ahora, saber que los conocería pronto, que podría saber quiénes eran con sólo topármelos en la calle o al verlos sentados a la sombra del porche de una casa enfrente de la plaza me hacía sonreír”.

Luis Jorge Boone recrea el tiempo de la infancia, sus juegos y leyendas, pero también sus amenazas, la orfandad que acecha para devorar la inocencia. Boone, de quien David Toscana resalta su prosa “bella y misteriosa”, recupera la tradición oral de narrar historias de vida, aquellas que se transmiten de generación en generación, a través de los recuerdos de la abuela Librada. Es una novela punzocortante que va creciendo en profundidad, como las heridas del alma.

A caballo entre la poesía y la narrativa, esta novela luce un estilo depurado que revela verdaderos instantes poéticos, a veces violentos, a veces rulfianos. Asimismo, el merecedor del premio de Poesía Joven Elías Nandino 2007 retrata la vida de un país marcado por la violencia y la miseria, el asedio del narco sobre esos pueblos que se quedaron sin hombres.

En Toda la soledad del centro de la Tierra, Luis Jorge Boone crea una analogía de la vida en México, como un pozo sin fondo, con tantas fosas clandestinas con miles de desaparecidos. “El miedo abre pozos en el aire”, nos cuenta. Ese será el mundo, “las cosas cabronas de la vida” que el Chaparro descubrirá en su andar, al borde de la carretera, cuando vaya a buscar una herencia: “su nombre y apellido”.

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