Leer con cariño

A últimas fechas he escuchado y leído varios comentarios que cuestionan la calidad literaria de la obra de Cortázar. Algunos de los argumentos tienen que ver con su posible cursilería, otros abrevan del machismo manifiesto en sus novelas y, unos más, sostienen que su obra no ha sabido envejecer bien. En términos muy generales, hasta podría concederles cierta razón pese a que se me ocurren muchas líneas discursivas para discutir.

He sido un entusiasta de la obra de Cortázar desde que me topé con sus primeros cuentos. Incluso he hablado de ella en foros públicos y en medios diversos. Estoy convencido de la calidad de su prosa; de la forma que tenía de acercarnos a emociones complejas a partir de una intelectualidad depurada; de su amplísimo rango literario que le permitía escribir poemas, cuentos, novelas, piezas teatrales, ensayos y textos críticos. He dicho, también, que me gustarían sus palabras para una buena jornada de trabajo. He sostenido, entonces, que mi relación con alguno de sus libros es de cariño.

Tal vez ahí estribe mi problema. Existen libros que me encantan, que me parecen prodigiosos o en los que reconozco un enorme talento literario. Más allá de las clasificaciones críticas, también hay unos cuantos (pocos, por supuesto) a los que quiero. Y eso me vuelve, irremediablemente, subjetivo.

Congruente como pretendo ser, me pregunto si no tendrán razón quienes ahora ponen en duda la calidad literaria de Cortázar. Tal vez sea cierto. Tal vez sólo ha sido un escritor que ha tenido la capacidad de engañarnos un poco, de seducirnos para que caigamos en el garlito de sus palabras.

Recuerdo entonces un seminario al que asistí mientras cursaba mi maestría en letras. Éramos media docena de alumnos sentados en una mesa junto con el profesor. No exagero si digo que ocupamos varias semanas en analizar “Continuidad de los parques”, un cuento de apenas dos cuartillas. Lo recorrimos palabra a palabra, analizamos sus figuras, discutimos sobre el momento en que creíamos que la narración atravesaba el límite hacia el otro lado. Nos seguimos un par de semestres más, con “La noche boca arriba”, “Vientos alisios” y “La isla a mediodía”. Recuerdo que no parábamos de encontrar detalles, guiños, giros donde parecía no haber nada. Nos sorprendía que hubiera tantas cosas dentro de cada uno de los cuentos.

Si lo relato ahora es porque esa media docena de personas que se sentaron por horas a analizar apenas cuatro cuentos durante año y medio, intentaban hacerlo con objetividad. Es probable que nos equivocáramos pero, si mi memoria no me falla, no todos eran entusiastas de Cortázar. Y la anécdota me da para más. Desde esa época hasta ahora me he dedicado a analizar textos de muchos tipos, también a dar clases de análisis literario y de teoría. Durante todo este tiempo he llegado a una conclusión que me resulta interesante: a la hora de sentar a un grupo crítico de lectores frente a la obra de un autor, son muy pocos los textos que aguantan un análisis tan detallado como los cuentos de Cortázar. Y ésta no es, necesariamente, una afirmación subjetiva.

Así que es probable que todos los detractores tengan razón. Sin embargo, en mi fuero interno, respiro tranquilo: una de las chicas que me gustaba en la adolescencia es, en verdad, una mujer muy guapa y poco importa si no les gusta a los demás.

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