Libros prohibidos: arte censurado

«Aunque sólo sea para evitar la anarquía del escepticismo
generalizado, cuando la gente dice que cree algo tenemos
que aceptar que lo cree, o por lo menos responder como si
así fuera, con independencia de las reservas privadas que
podamos albergar.»
J. M. Coetzee, Contra la censura

“Cuando la censura se entromete en el arte, el problema es que ella misma se vuelve su tema. El arte se convierte en ‘arte censurado’, y así es como el mundo percibe y entiende la obra.” Esta opinión pertenece a Salman Rushdie, autor sobre el que difícilmente se puede hablar sin aludir a la fetua de 1988 con la que el ayatola Jomeini lo condenó a muerte. “Los censores etiquetan la obra como inmoral, blasfema, pornográfica o controversial, y esas palabras se quedan colgadas como albatros alrededor del cuello de aquellos marineros condenados, las obras censuradas. El ataque va más allá de definir la obra, en cierto sentido, para el público general, se transforma en la obra.”

Esta semana, la etiqueta de la Langosta es “libros prohibidos”, una buena coartada para reseñar algunas obras que han sido blanco de censura (no necesariamente de una prohibición legal) en muy diversas circunstancias y por razones muy diferentes: políticas, religiosas, morales. Desde Rebelión en la granja y El gran Gatsby, hasta Los versos satánicos o la sensual (sic) Aura, incluida en el volumen de los Cuentos sobrenaturales de Fuentes. (Por cierto, les recomendamos ampliamente buscar en el ciberespacio la relación entre T. S. Eliot y las obras de Orwell y Fitzgerald).

No es descabellado que una obra acabe siendo menos importante que su historia de censura, pero nunca deberíamos perder la oportunidad de celebrar la incomodidad que puede representar un libro, su capacidad de penetrar como insecto venenoso en las buenas conciencias de los vigilantes de la moral en turno. El “gran arte”, dice el propio autor de El suelo bajo sus pies, “no nace en un espacio de comodidad neutral, se crea siempre al filo: trastoca lugares comunes, perturba códigos morales y le falta el respeto a las vacas sagradas”, quienes, siempre delicadas, prefieren prohibir.

La censura es un fenómeno indeseable, aunque no debemos negarle ciertos puntos a favor: se trata de una gran promotora de la lectura y de una buena potenciadora de ventas. Carlos Fuentes aseguró que Aura llegó a facturar veinte mil ejemplares a la semana después del affaire Abascal. Más allá de esa cifra, que podrá sonar un poco desmesurada, se entrevé un hecho inquietante: el censor piensa, como nosotros, que los libros tienen el poder de incidir en la realidad. Y no se equivoca.

Sobre el tema, no debería pasar desapercibida una antología de J. M. Coetzee que publicamos en Debate hace algún tiempo: Contra la censura. En este libro, el autor sudafricano subraya la importancia de tratar a la censura como un asunto complejo, con dimensiones psicológicas, que no puede reducirse a una mera batalla entre malos y buenos, entre guardianes de la decencia e intelectuales insubordinados. ¿Qué hay detrás de la pasión por silenciar? Coetzee sugiere que la censura (una ocupación no apta para mentes sutiles) como gesto de castigo, “tiene su origen en la reacción de ofenderse. La fortaleza de estar ofendido, como estado mental, radica en no dudar de sí mismo; su debilidad radica en no poder permitirse dudar de sí mismo”. Este es el criterio que nos permitirá, a fin de cuentas, descifrar al censor, mas nunca alinearnos con él.

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