Los cinco personajes más dramáticos (y no tan conocidos) de Shakespeare

Se suele pensar que la obra de Shakespeare se limita, como mucho, a unas cinco tragedias. Solemos citar dos frases de memoria —“ser o no ser” y “mi reino por [inserte necesidad inmediata aquí / un caballo]”—sin saber que una de ellas ni siquiera pertenece a las tragedias más alabadas. Para aclarar prejuicios, no todo son suicidios adolescentes, villanos regicidas o amantes despechados en los dramas shakespearianos (sí, no es broma) y podemos hallar cosas muy divertidas. Así que hagamos un tributo a algunos personajes que, aunque sus historias cuentan con grandes adaptaciones, son menos iluminados por el reflector.

Porcia (El mercader de Venecia)

Posiblemente la más famosa de esta lista y sin duda la más audaz. Ella se compromete en matrimonio con Basanio, un mercader noble de corazón pero pobre, ya que él fue el único en superar una ingeniosa prueba creada por el padre de Porcia. Ella ama tanto a Basanio que, cuando Antonio —amigo del novio que contribuyó a su compromiso— está en peligro de muerte a causa de un problema legal, corre a espaldas de su prometido, se disfraza de abogado y busca el modo de salvarlo. Resulta ser tan ingeniosa que, para dicha nuestra, se sale con la suya en varias ocasiones.

Aaron (Tito Andrónico)

Tal vez no sea de los más conocidos, pero eso no cambia su don para robarse el escenario cuando aparece. Aaron es un moro malvado, cruel, intrigante y enamorado que disfruta cada una de sus fechorías; su sentido del humor a la Samuel L. Jackson hace imposible odiarlo del todo, pese a la cantidad de asesinatos, mutilaciones y maldades que comete. Irónicamente, el único gesto desinteresado que realiza lo acaba metiendo en serios problemas, además de hacerlo por la persona menos esperada. Digno villano de la obra más “tarantinesca” que Shakespeare jamás haya escrito.

Cleopatra (Antonio y Cleopatra)

La gente suele decir que las vidas de personajes históricos perduran más en la memoria que cualquier ficción, pero no estoy tan convencido. Lo que sí sé es que la historia de Cleopatra pareciera especialmente hecha para un escenario: hermosa e inteligente, fue la última reina de una dinastía de más de cinco mil años, sedujo a dos guerreros inmortales (Julio César y Marco Antonio) y casi logra unir a Roma y Egipto como iguales. Tan práctica como sutil, tal vez su único “error” fue enamorarse realmente de Marco Antonio. Su tragedia es ahora nuestro solemne deleite.

John Falstaff (Enrique IV)

El hermano teatral “malvado” de Sancho Panza. Borracho cobarde, astuto vividor y un taimado encantador. Él es todo eso y más. Falstaff vive a costa del príncipe Hal, heredero de la corona de Inglaterra. Trata de inculcar en el joven sus propios vicios y así asegurarse una vida de juergas para cuando éste suba al trono, aunque ignora que Hal lo considera un ejemplo de “aquello que no debe hacerse”. Ni el mismo Shakespeare logró hacer otro personaje con tanto carisma ni con el poder de engatusar a tantas personas —ya sean personajes o lectores—. Tener su encanto es ya criminal.

Isabella (Medida por medida)

De toda la lista, ella encarna mejor la defensa de la dignidad. En la obra, su hermano Claudio es apresado y sentenciado a muerte, aunque el juez le ofrece en secreto cambiar la sentencia a cambio de acostarse con él. Por supuesto, ella se niega; pero ella encuentra indignante —y con sobrada razón— que Claudio le suplique para que acepte el trato, pues ni siquiera se detiene un momento a considerar cómo se siente ella al respecto. Isabella se convierte en una reflexión sobre la situación de la mujer y el abuso del poder. Es una obra imperdible (sobre todo porque tiene final feliz).

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