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Los gnomos del espacio
Napoleon Galvan Perez comment 0 Comentarios access_time 13 min de lectura

Se coló un poco de luz por nuestra ventana, de nuevo no escuché el despertador y seguramente Katara ya necesitaba salir a pasear. A mis pies vi que Gummy durmió en el colchón de nuevo, habría que darle de nuevo la plática de buenos modales y el clásico “Yo soy humano y tú no” que, viéndolo bien, es una gran pérdida de tiempo aunque me agrada hablar y fingir que entiende lo que digo. 

Me puse mi pantalón roto en la rodilla izquierda metiendo el pie en el hoyo en vez de en la pierna del pantalón como todos los días mientras maldigo y me rio. —Soy predecible pero adorable— me dije a mi mismo rascando inconscientemente mi mentón -los mosquitos optaron por picar con saña extra en la noche-. Me levanté pensando en qué hacer de desayunar y decidí que serían croquetas, de nuevo riéndome de mi ocurrencia apuntándola mentalmente para contársela a Ruth en un rato mientras le plantaba un beso e intentaba ponerme las botas al revés por tercera vez en la semana.

Al salir de la habitación me recibió Katara, su nariz en mis rodillas, sus patas rascando mis pantorrillas, su cariño tosco y torpe. Me siguió por las escaleras gruñendo y sin explicarme por qué siempre lo hace específicamente al cuarto escalón. Le pregunto y se limita a  a sentarse junto a mí cuando empiezo a llenar su tazón y el de Gummy con croquetas. Tres silbidos son la clave para que Gummy, esquivando la mordida de Katara, nos alcance a desayunar, ellas sus tazones, yo un plátano medio golpeado y un vaso de leche. 

Me rasqué de nuevo mientras ponía las correas a las niñas -un vago recuerdo de haber empezado a decirles de ese modo para molestar a mi suegro me hace preguntarme si la broma no habría ido demasiado lejos- y busqué las bolsas mientras Ruth bajaba y empezaba con su plátano. La lluvia siempre saca lo peor de Gummy que parece odiar pisar el suelo mojado obligándome esa mañana a ir por el asfalto camino al parque mientras Katara jaloneaba a Ruth hacia el pasto más crecido donde parece sentirse un depredador a juzgar por los brincos que realiza para sorprender a nuestros vecinos que, ahora, rara vez se acercan a ella cuando la ven y mas bien parecen encontrar de lo más interesante siempre la acera opuesta a ella. 

Un año antes no me hubiera imaginado despertando antes del amanecer prácticamente diario y mucho menos caminar por lo menos una hora a medio despertar para no generarles estrés a sus perras -me sigo preguntando que tan lejos puedo llevar esa broma este mes sin provocar una plática seria al respecto- pero ahora era parte de mi día a día en vez de sueño de ocho horas, desayunos calmados y nadie que nos hiciera fiesta cuando llegábamos a casa.  Mientras rascaba ahora conscientemente mi mentón me di cuenta de que lo había estado haciendo en el mismo lugar desde hace tres días, pensamiento que se evapora rápidamente mientras trataba de hacer que Gummy entendiera que si le digo siéntate es probable que quiera que se siente y no que muestre su panza para que la rasque, aunque es difícil darle ese mensaje dado que ya estaba agachado hablando agudo y curiosamente mis dedos automáticamente decidieron que el estómago de Gummy era un buen lugar para estar en ese momento y que ya que estaban allí no estaba de más  rascarla.

Ruth, mientras tanto, había optado por tratar de enseñar a Katara el simple truco de “tráeme la vara que acabo de mandar lejos” que Katara interpretaba posiblemente por error como el de “quédate mirando la bolsa de premios y no te distraigas por las cosas sin importancia que aviento sin razón alguna” mientras se revisaba y notaba que a ella los mosquitos solo le hicieron seis piquetes hoy en el brazo en un patrón que le recuerda vagamente a una casita dibujada por un niño de cuatro años.   

El regreso a casa fue casi rutinario cruzándonos con Javier y Dante a quienes saludamos e instamos que jugaran con Katara esperando que en realidad la cansaran y nos libraran de su exceso de energía así como con Óscar quien insistía cada día en ofrecernos el servicio de impermeabilización del techo aun cuando el cielo ya se encontraba en ese tono de gris oxford que es elegante y alarmante a partes iguales para los que no tenemos secadora y por último rompiendo un poco la rutina de miércoles con el hongo con patas que en ese momento tenía justo a un lado de la ventana de mi casa moviéndose de un lado a otro y que si no fuera porque me distrajo en exceso la comezón en el mentón seguramente me hubiera causado un infarto, embolia o por lo menos evitado mi comentario absurdo acerca de lo poco interesante que es ahora el chiste que había anotado mentalmente para Ruth una hora antes. 

Ruth, a pesar de que también sentía una comezón intensa en el brazo, no contuvo el grito de sorpresa, el jalón de correa a Katara ni ese apretoncito extra en mi mano que casi me la rompe a la vez que la cosa/hongo/sapo dirigía su algo -que diría que es cabeza o cara pero esas limitaciones biológicas no parecían aplicar en estos momentos dado lo que tenía enfrente-.

La cosa seguía moviéndose lentamente de un lado a otro con la apariencia de alguien que no se decide a entrar a un lugar pero no parecía amenazante en lo absoluto, mas bien simpática con sus patas cortitas y su modo de moverse tambaleándose en apariencia. Decidimos que nada podríamos hacer por el momento, intentamos alejarlo sin éxito y nos metimos a la casa para continuar nuestra rutina como negando que pudiera  estar pasando eso en nuestro propio jardín.

                                   

Más tarde, cuando salimos rumbo al trabajo, la cosa seguía allí pero con más cosas como ella cerca en grupos, la piel cambiando de color en momentos en diversas zonas de su cuerpo y muchos de ellos cerca de la casa de cada de vecino, todos rascándonos y con un comienzo de pavor en nuestras caras. Regresamos a nuestra casa e hicimos lo que cualquier persona haría en nuestro lugar: ignorar el problema hasta lo posible siendo que lo posible solo duró hasta que descubrimos que habían muchas más de esas cosas en la casa de millones de personas en el mundo contemplando sin cabeza visible como las personas nos rascábamos mientras huíamos de ellos o nos preguntábamos qué eran. 

Al cabo de meses, la mayor virtud de la humanidad -la normalización- hizo que aceptáramos su presencia, hiciéramos bromas al respecto, los bautizáramos como gnomos  –aparentemente algún norteamericano tuvo esa idea cuando los vió en su jardín y el nombre se extendió como virus en horas por todo el mundo- y asumiéramos que eran uno de esos misterios que el mundo daba. El misterio parecía hacer más simpáticas a las criaturas aumentando a su vez su leyenda formando adeptos y detractores a su alrededor con noticias de iglesias de los gnomos, bodas con gnomos e incluso un muy popular programa en internet llamado “el gnomo del día”.

Los gnomos no parecían comer, no ensuciaban y no se acercaban a las personas demasiado siendo muy veloces para ser atrapados y aparentemente demasiado inciertos como para que alguien intentara dispararles o hacerles daño, además de que el único efecto secundario de tenerlos cerca era esa horrenda comezón que por momentos daba por lo que tuvieron que pasar  seis meses para que alguien en Belice diera con la respuesta que cambió el mundo. 

Sucedió un martes inusualmente seco en Belmopan alrededor de las siete de la tarde. Según los noticieros, una mujer buscaba en la calle algún comercio dónde comprar agua o refresco seguida de su gnomo Rasputín a quien ella había adoptado como suyo procurando que la acompañara a todos lados teniéndole su propia cama en su casa y un plato con agua que jamás tocaba pero que ella siempre tenía por si acaso lleno de agua limpia. La señora algo desesperada por no haber encontrado nada para saciar su sed preguntó a Rasputín algo distraída en dónde creía que pudiera encontrar agua a esas horas de la tarde al tiempo que en la zona donde normalmente sentía comezón cuando estaba con él en el dorso de su mano izquierda sintió comezón y vio ronchas únicamente del lado derecho por lo que ella aún distraída volteó a ese lado para descubrir que de ese lado se encontraba otra señora con una botella de agua a quien le preguntó dónde la había obtenido para después ir al lugar y refrescarse olvidándose del tema durante un mes completo hasta que se lo comentó a su sobrino quien rápidamente se interesó con la situación y provocó que la mayoría de la gente tratara de comunicarse con los gnomos ya sea para entenderlos, pedirles consejo o solicitar que les resolvieran la vida. 

La reacción de resto del mundo fue más efusiva que la de la señora beliceña quien continuó conviviendo con Rasputín del mismo modo que siempre lo hizo, no ambicionando mayores cosas de la vida más allá de un plácido descanso y algo refrescante de tanto en tanto ya que instituciones científicas, militares y políticas pudieron comprender el complejísimo sistema de intercambio químico que daba lugar a que cada gnomo generara las ronchas en diversas partes del cuerpo, mecanismo de comunicación que, aunque era absurdamente ineficiente para un ser humano, para los gnomos resultaba intrínseco a su anatomía.

Los descubrimientos derivados del entendimiento de su “idioma” resultaron cuando mucho interesantes para el mundo académico, principalmente porque tardaron alrededor de ocho años en empezar a rendir frutos las investigaciones que llevaron a entender su modo de comunicarse y a que la información obtenida distaba mucho de las esperanzas que tenían los amantes de la ficción o la emoción.   

Los gnomos, cuya denominación aceptaron al no tener ellos una propia para su raza, simplemente se referían a sí mismos por su propio “nombre” expresado en ronchas tan sutilmente diferentes que hacía irrelevante su análisis por los humanos, establecían jerarquías muy definidas entre ellos pero, cuando mucho, sutiles para el observador casual, no percibían el mundo a través de la luz sino de otras percepciones como el sonido, el tacto o la percepción calórica así como no expresaban su pensamiento de otro modo que con las ronchas, lo que limitaba a los investigadores que solo podían entender lo que expresamente querían compartir los gnomos.

Dentro de las pocas cosas que poco a poco se fueron averiguando es que venían del espacio exterior, que tenían una inteligencia y rango de emociones muy parecido a los nuestros y que eran más parecidos a los animales que a los hongos, que su lugar de origen estaba bastante lejos pero no sabían exactamente la distancia o la dirección desde la que venían dado que, aparentemente, los conocimientos requeridos para dar esa información se encontraban solamente en los ahora desaparecidos seres encargados de ser pilotos de sus naves, mismas que terminaron encontrándose en el pacífico sur del continente americano, absolutamente incomprensibles máquinas parecidas a globos que nadie pudo hacer funcionar, que su historia estaba llena de detalles que no tenían mucho interés en compartir al considerarla, según se llegó a interpretar, como solo llena de fechas y nombres, se averiguó que su tecnología era similar a la nuestra con la diferencia de la aparente longevidad de su raza que les permitía solo necesitar de salir de su órbita para embarcarse en viajes de cientos de años, así como que obtenían su energía de un proceso complejo y aburrido de describir que tiene similitudes con la fotosíntesis, así como que no había una mayoría o uniformidad en cuanto a sus ideologías como raza pero que tampoco tenían demasiados problemas con las de los demás ya que su sistema educativo priorizaba la tolerancia y la paz, así como que cada gnomo elegía la parte del cuerpo que llenaba de ronchas en cada persona con la obvia consecuencia de pedirles que eligieran zonas menos incómodas en futuras ocasiones. 

Al final, después de 15 años de investigación, la humanidad decidió que no había mucho qué ofrecer ni qué obtener de los gnomos, que no parecían demasiado dispuestos en promedio a interactuar con nosotros al considerarnos sus iguales y tolerar nuestros actos procurando ambas partes una convivencia basada en el respeto e indiferencia, desilusionando a los amantes del drama y la aventura, provocando el surgimiento de solamente unas cuantas nuevas disciplinas científicas y permitiendo que aún a esa corta distancia yo pueda seguir paseando a mis nuevas niñas -creo que ya es tarde para parar la broma- quienes encuentran de lo más divertido perseguir gnomos aunque no más que morder mis zapatos.

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