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Los monstruos que viven entre nosotros
Ausencio Fernando Morales Telésforo comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura
“He visto horrores… horrores que usted ha visto.
Pero no tiene derecho a llamarme asesino, tiene derecho a matarme.
Tiene derecho a hacerlo, pero no tiene ningún derecho a juzgarme.”
Coronel Walter E. Kurtz, Apocalypse Now

Con sangre en el agua, fuego en el cielo y gritos al viento. Así inicia Sangre en el Támesis, novela en la que no es posible encontrar párrafo sin tensión. El Princess Mary, embarcación que navegaba tranquilamente por el famoso río que atraviesa Londres, salta por los aires y deja un saldo de alrededor de 180 muertos, entre los cuales se encuentra mucha gente importante a nivel internacional. En una nueva entrega de la serie escrita por Anne Perry, el detective William Monk debe investigar el terrible suceso —además de confirmar la culpabilidad del principal sospechoso: un criminal egipcio—, lo cual lo llevará a sortear autoridades corruptas, intentos de asesinato y encubrimientos maestros.

Como se puede apreciar, esta historia está lejos de ser idealista. No obstante, tiene pequeños toques de exotismo al abordar un problema de escala internacional: ante una posible conspiración orquestada desde Egipto, la Policía Fluvial que lidera Monk necesita capturar a los responsables de la tragedia del Princess Mary para llevarlos a la justicia, aunque tal parece que ellos están en contacto con altos cargos del gobierno británico que buscan encubrir el incidente. Afortunadamente, el protagonista cuenta con varios aliados que lo ayudarán en el camino.

Ubicada en plena época victoriana, la saga del detective Monk cuenta hasta la fecha con 23 novelas. La primera, conocida en español como El rostro de un extraño, fue publicada en 1990; a partir de entonces, difícilmente pasa un año en el que falte en la mesa de novedades una entrega de las aventuras de William Monk y Hester Latterly —enfermera de guerra y pareja sentimental del protagonista—.

Resulta destacable apuntar que nuestra autora evita un elemento tentador en una novela ambientada en este periodo histórico: la descripción. Mientras que muchos escritores optarían por retratar a pinceladas cada uno de los vestidos, coches y calles que se deslizan en el mundo de Monk, Perry se decanta por detallar a los personajes. No sería exagerado afirmar que la descripción incluso brilla por su ausencia en este punto, ya que de los mismos conocemos mucho de su mundo interno (carácter, emociones e impresiones); no así de su vestimenta o aspecto físico, los cuales en ocasiones quedan a nuestra libre imaginación.

Más que apelar a un monólogo interior, Anne Perry hace uso del diálogo y la interacción entre los personajes para que lo apreciemos a detalle. Mediante sus conversaciones nos enteramos de su astucia, recelo o temor; de si mantienen una relación formal entre ellos, afectiva o tensa —incluso hay un par de momentos donde puede ser más elocuente el silencio que se guarda—. Esto es especialmente notorio en el caso de Scuff, huérfano de dieciséis años adoptado por la familia Monk, pues, ya sea en sus investigaciones callejeras, o en el seno de su nuevo hogar, él resulta ser un pícaro carismático con una palabra siempre oportuna.

Salvo algunas menciones esporádicas a Florence Nightingale —dama brillante y pionera de la enfermería moderna— o a la guerra de Crimea, la mayor parte de la novela esquiva las largas enumeraciones de referentes históricos y prefiere centrarse en el impacto que genera la explosión del Princess Mary en los ciudadanos. Así nos enteramos del horror que genera a los policías fluviales recoger cuerpos de todas las edades, del deseo de justicia que claman los familiares de las víctimas o del sentimiento de inseguridad que azota a Londres; así como de la presión que el gobierno ejerce sobre las autoridades para encontrar culpables —lo cual, por desgracia, no implica esclarecer el caso—.

Es posible imaginar que la dureza en la narrativa de la autora se deba a sus experiencias personales. En realidad, el nombre de nacimiento de Anne Perry es Juliet Hulme; dicho cambio se debe a una historia bastante oscura de su pasado: a los quince años, ella y su mejor amiga, Pauline Parker, asesinaron a la madre de esta última, la golpearon cerca de veinte veces en la cabeza hasta rematarla. Dada la edad de ambas, no fueron condenadas a la pena de muerte y posteriormente consiguieron la fianza —la cinta de 1994, Heavenly Creatures, está basada en este caso—, aunque la condición de su liberación consistió en que nunca más debían volverse a ver. El tiempo pasó y ahora Perry, tras haber enderezado su camino, ha dado vida a un detective bastante peculiar.

Monk no es un personaje a la Sherlock Holmes que pueda determinar la altura, peso y profesión de un criminal según el tipo de tierra que encontró en la alfombra; es más, la novela no se enfoca sólo en la investigación, pues los juicios y la intriga política tienen un peso central. Se insinúan tantas corruptelas e intereses que resulta difícil saber si se trata de un genocidio irracional perpetrado por un loco o si todo forma parte de un plan orquestado por las élites del poder. Lo que sí es claro es que nos cuestiona con preguntas duras: ¿Toda ofensa puede ser satisfactoriamente juzgada por la ley? De ser negativa la respuesta, ¿cuáles son sus límites? ¿Qué tanto podemos juzgar a las personas que cruzan dichos límites porque no han obtenido justicia? Son inquietudes para no dormir, pues solemos pensar —ingenuamente— que las amenazas únicamente están fuera de nuestra comunidad; Anne Perry nos recuerda que, en ocasiones, los verdaderos monstruos viven entre nosotros.

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