“Luke: yo soy tu padre”. O de cómo una y la misma historia se ha contado y se seguirá contando hasta el fin de los tiempos

Una de las tramas clásicas en la ficción de todos los tiempos, ya sea oral, escrita, radiofónica o fílmica, es aquella a la que aquí llamaré “la del hijo ignoto”. Pongamos pues que en una novela dada, por angas o por mangas, un personaje ignora quién es su padre, y como desde luego quiere saberlo, ese es el motor de la historia… que puede llegar a extremos trágicos o, de preferencia, como con denodada frecuencia ocurre en las telenovelas, a un final feliz: el dulce momento en que padre e hijo por fin se reconocen, y la vida es otra.

(Los griegos nos dieron una bella y resonante palabra para referirnos a esto: anagnórisis.)

Otra variante es la de un personaje que tiene un hijo sin siquiera saberlo, como de hecho ocurre todo el tiempo y, como me han dicho más de cuatro amigos, es una posibilidad que puede provocar pesadillas a muchos hombres: ¿qué tal que de repente, cual si fuera un hongo en temporada de lluvias, te sale un hijo casi de la nada? Y, para acabarla de amolar, su madre es esa mujer a la que ya no quisieras ver ni en pintura. Y tú ni te lo hubieras imaginado. Pero en fin, la cuestión es irreversible (no hay modo de regresar al chamaco/a, pues), y a partir de la invención de las pruebas de ADN, no hay manera de hacerse pato.

Desde luego, a ti que me lees todo esto te suena superarchirrequete rreconocido. Decenios de radio, tele y cine te han hecho oír y ver una y otra vez esta historia, y siglos de literatura te han hecho leerla varias veces. Así pues, ¿a santo de qué tanta repetición y por qué deberías aventurarte una vez más a incursionar en ella? Sencillo: porque es la misma, pero no lo es. Porque, en efecto, no hay nada nuevo bajo el sol. Porque hay unos cuantos temas para la ficción (el hijo ignoto, el regreso a casa, la venganza, la pérdida del reino…), y lo que importa no es qué cuentas, sino cómo lo haces.

Todo esto viene a cuento porque acabo de leer Un regalo que no esperabas de Daniel Glattauer, a quien vengo siguiendo desde su magnífica novela Contra el viento del norte, y una vez más el hijo ignoto es el centro de todo. La variante, divertida y aleccionadora, en esta historia es que la llegada del hijo transforma al padre de un anodino papanatas (no es redundancia) en un hombre digno de ser llamado así: productivo, inspirado, deseoso de vida y lleno de energía, incluso en uno más de los llamados a caer en las temibles redes del amor. Producto de los renglones torcidos del azar y en la búsqueda de evitar injusticias es el hijo quien mueve a su padre a convertirse en héroe de las causas perdidas, y juntos descubren la belleza inherente a las pequeñas cosas que en su conjunto hacen posible la felicidad. En este espléndido verano, propicio al optimismo y a las bienaventuranzas, te recomiendo que leas este Regalo. La pasarás bien, tanto como cuando miraste en la pantalla de un cine a Darth Vader.

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