El mar: una colosal evocación creativa

Lo dulce de tu mirada
era como un mar en calma.
El perfume que tú exhalas
me invitaba a navegar
Para hacerme naufragar
 en el fondo de tu alma.
“Las olas del mar”, son jarocho tradicional

Como buen chilango que soy, la imagen más recurrente que viene a mí, cuando de vacación y paraíso se trata, es la playa. Comencé con añoranzas muy populares, Acapulco primero; y conforme transcurrieron años me percaté de la gran dicha y lo variopinto que es vivir en un país cuyos límites más amplios se ciñen tanto al mar Atlántico como al Pacífico. Sin embargo, visitarlo en cualquiera de sus latitudes siempre produce la impresión de divisarlo como si se tratara de la primera vez, a pesar de ser el mismo uroboros que circunda todo segmento de tierra. Y su efecto sobre nosotros es inmediato; tal como el paseante solitario rousseauniano abandona su mirada en el flujo del agua para dar rienda suelta a sus ensoñaciones, el caminante que recorre de punta a punta una playa atisba en la contemplación de aquel ente mítico los gestos de una polifórmica naturaleza que ha dado pie a un sinnúmero de remembranzas y actos creativos.

Para muchos, el mar motiva la experiencia de sumergirse en el absoluto mismo; es tan inconmensurable para la mirada que zambullirse puede provocar la sensación de ser parte de su flujo, su majestuosidad y vitalidad, tal como el poeta místico Kabir lo sugiere: “Déjate penetrar en las olas del mar. ¡Húndete en su esplendor!”; quien llega a experimentarlo olvida por unos instantes un poco (o tal vez, casi todo) de sí mismo. Este estado de trascendencia suele rozar también los límites del goce y el erotismo, tal como el mar rulfiano, donde Susana San Juan se hunde, entera, entregándose a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo. Así pues, diluirse en la otredad es el placer más exquisito en que se cifra la metáfora.

Si bien la comunión es una de sus representaciones, también lo es la impresión de algo latente, algo que se perpetra sigilosamente; su vaivén ad infinitum evoca el tiempo que todo lo destruye. Una y otra vez embiste contra cualquier forma que intente siquiera desafiarlo hasta desvanecerla. Ya la voz narrativa de Farabeuf lo pregunta: “¿Por qué te detuviste tan cerca de las ruinas de aquel castillo de arena abandonado? ¿Por qué te detuviste allí sin darte cuenta de ello? ¿Por qué corriste? ¿Por qué cuando te detuviste allí, a unos cuantos pasos de la ruina de aquel castillo de arena derruido por la marea que avanza como una sombra imprecisa hacia nosotros y te volviste súbitamente hacia mí, eras otra?”. Su flujo lo transforma todo, y anticipa la conciencia sobre el mayor pilar de la existencia, la impermanencia; un canto elegíaco brota, como en las odas de Ricardo Reis: “Si de aquí un manso mar mi honda huella tres olas la borran, ¿qué me hará el mar que en la otra playa es eco de Saturno?”

A pesar de la innata corrosión que nos persigue, la voz se afana en encarnar el camino recorrido, alivia la incertidumbre del fin cuando se hace expresa. Tal es el caso de la música tradicional portuguesa, el fado; este férreo pueblo navegante descubrió en las aguas del Atlántico un cúmulo de sentimientos encontrados. Sus narraciones populares explican que para los hombres de mar un nuevo viaje representaba siempre un sentimiento de melancolía por saber que todo aquello que vivieran en tierra tal vez nunca regresaría, pues las inesperadas circunstancias del mar podrían arrebatarles la vida; es Adámastor el monstruo que se presenta en su gran épica, Os lusíadas, el símbolo con el cual Luís de Camões representa la furibunda violencia de la naturaleza del mar. Sin embargo, los momentos de plenitud se atesoraban también en el recuerdo, surgiendo la nostalgia como un revitalizante de la alegría y de lo posible que es también el retorno. Un dulce ardor entonces cobra vida entre el rumor de las olas, el vaivén de las cuerdas de la guitarra portuguesa y los sentimientos que alberga la saudade. Ante la inesperada circunstancia sobre el viaje, Pessoa nos alivia mencionando que vivir no es necesario; lo que es necesario es crear, y creación es lo que permite mantener en pie el espíritu ante los embates.

Sin duda, son grandes las bondades que el mar aviva en nosotros. Echar el anzuelo sobre la memoria siempre trae a la superficie una serie de impresiones, sensaciones y experiencias que, como este pequeño recuento de ideas que se desplazan en el imaginario literario y popular, da cuenta de los alcances que tiene este inmenso espejo tendido ante nosotros para evocar un sinfín de metáforas, pasiones, ardores, catarsis, desasosiego, ensoñaciones, alivios y placeres. Para unos, el oscuro abismo, para otros, el brillante absoluto… para todo espectador, inigualable provocación. Todas las musas se embelesan ante su presencia, y terminan por animarlo bajo cualquier deseo de expresión. Y a ti, querido lector, ¿qué te provocar retornar una vez más a sus orillas?

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