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“Mi apuesta es por los microuniversos de lo patibulario”
Entrevista con J. M. Servín
Erick Baena Crespo comment Un comentario access_time 11 min de lectura

J. M. Servín se siente un infiltrado de la literatura mexicana. “En México”, sostiene, “venimos de una tradición cultural centralizada, en donde la literatura, como oficio, como actividad creadora, perfiló a un tipo de escritor, dotado de una educación académica profunda y erudita”. Por esa razón, reitera, siente que usurpa un espacio que no estaba reservado para escritores como él.

Su más reciente libro, Nada que perdonar, crónicas facinerosas, reúne textos escritos en la última década que, como escriben los editores, oscilan entre “la autobiografía y la crónica patibularia de las ciudades que han enmarcado las experiencias vitales de un autodidacta de origen proletario”.

En sus textos, a diferencia de otros escritores que se aventuran a sondear el abismo urbano, el lado oscuro de la ciudad, no hay una mirada pequeñoburguesa, sino un asombro genuino, familiar, cercano. Una mirada desde la que ha construido, a lo largo de su carrera, un estilo, un sello, una poética del arrabal.

En entrevista, J. M. Servín, el hombre que creció en un Infiernavit, como él mismo le llama, habla sobre sus temas literarios, el vínculo entre su vida y su obra, y reflexiona sobre el oficio del cronista.

Cuéntanos, ¿cómo llegaste a la crónica?

Llegué por dos motivos principales. Uno, atraído por la escuela realista estadounidense, en la que la crónica es literatura y no importa si lo que estás leyendo es un testimonio periodístico o ficción, lo que importa es la calidad del relato. Dos, porque la crónica, en mis inicios como escritor, era una oportunidad para medir el terreno de la publicación. Ver mis cosas publicadas y qué efecto tenían eran pruebas para mí. El periodismo, en su sentido más convencional,  me permitió irme probando como escritor. El proceso de maduración de mi escritura, tanto como el de mi persona, ha sido muy azaroso, muy ríspido, debido a mis circunstancias. Yo no tenía la posibilidad de decir “me voy a sentar dos años a escribir mi novela y luego se la envío a un editor”. No podía porque no sabía cómo hacerlo. La posibilidad real y más inmediata para probarme como escritor era publicando crónicas que, me parece, desde entonces a la fecha, un género literario mayor que me permitía explorar mis inquietudes literarias, desde un campo híbrido muy abierto que me permitía investigar la historia social, la autobiografía, el testimonio, la delincuencia común, la nota roja, todos los temas presentes en mi trayectoria.

Empecé leyendo a Máximo Gorki y Charles Dickens. Luego me encontré con la figura de José Revueltas, después con el Nuevo Periodismo Estadounidense, obviamente con Jack London, con Manuel Payno, Ricardo Garibay. Son los autores que me acompañaron mientras construía una voz propia. Y por supuesto, Céline. Viaje al fin de la noche es la gran crónica del infierno del siglo XX. La leí como una crónica personal de un hombre que viaja al infierno y nos cuenta cómo es la vida ahí.

En tus textos periodísticos está presente un halo ensayístico. ¿Crees que eso te distinga como cronista?

La crónica es tan híbrida que admite el ensayo, el testimonio y la narración en estado bruto. Sin esos elementos, una crónica es una simple sucesión de hechos. Los grandes maestros de la crónica (Dickens, Balzac, Zola, Payno, Revueltas y González Rodríguez) combinaron la reflexión, el ensayo y la investigación profunda. La crónica no sólo es contar lo que ocurre alrededor, sin una exploración mayor en el entorno y todo lo que significa. He tratado de evitar eso y fundamentar mis reflexiones personales, o mi intervención subjetiva, con una amplia documentación. No me siento a escribir sin documentarme del tema que estoy tratando. Todo tiene un trasfondo que un buen lector, acucioso, advierte y se dice: “Este güey le metió”.

Háblame del matiz autobiográfico que incluiste en este libro, ¿te preocupó equilibrar lo biográfico con lo informativo?

Sería muy egocéntrico y narcisista escribir de mí mismo pensando que soy singular y único. No, yo quería utilizar mi figura y mi personaje para hablar de otros asuntos, vinculados con el país y la ciudad. Traté de que mi yo, como personaje, nunca estuviera por encima de la historia que quería contar. La historia es lo principal. Narrar es lo principal.

Emmanuel Carrère dice que siempre está el riesgo de destruir relaciones familiares cuando se opta por escribir testimonio o autobiografía. ¿Te ocurrió algo similar?

Desde que me hice consciente de que quería ser escritor, mi obsesión ha sido escribir la historia de mi familia, pero por cuestiones personales o de cercanía, me ha costado mucho trabajo escribirla. Este es el mi primer libro autobiográfico.

Por amor al dólar es una crónica novelada que me costó mi relación con mi hermana. Es difícil: en mi caso, lidio con revelar las intimidades de personas que ya no viven, como mis padres, a quienes no pude preguntarles si estaban de acuerdo o no. Están exhibidos, no sé si bien o mal, pero es lo que recuerdo de ellos y lo que me interesaba contar. No sé si abres una zanja o una herida. Ese es el riesgo.

Tus crónicas también son un testimonio de la ciudad que ya no es. ¿Tienes una relación de amor-odio con la Ciudad de México?

Más que amor-odio, es una relación enferma. ¿Cuál es tu enfermedad?, me preguntan. Yo respondo: la Ciudad de México. ¿Y cuáles son tus padecimientos? Neurosis, oligofrenia, temor compulsivo a todo, o paranoia, fascinación por todo lo que puedes ver en un solo día y temor a que un día quede atrapado en una de las desgracias cotidianas que ocurren aquí todos los días. Soy una célula cancerígena.

                    

Tuviste que emigrar de esta ciudad que te enferma para convertirte en escritor…       

Sí. Tuve que emigrar en el 93, no sólo para convertirme en escritor, sino porque sabía que la experiencia me iba a enriquecer mucho como persona. Emigré a Estados Unidos porque no tenía dinero y la posibilidad de contar con un empleo inmediato al otro lado de la frontera era algo muy atractivo para alguien como yo. En ese sentido, se cumplieron ambas expectativas.

¿Cuál es, para ti, el estado de la crónica actual?

La crónica es el género que tiene mayor interlocución en la actualidad. No obstante, creo también que se ha filtrado mucha mediocridad. Falta mucho por explorar, como escritores, para elevar la crónica al nivel que ha alcanzado en Estados Unidos. Una crónica debe aspirar a tener la misma calidad que cualquier novela, ese es el reto. La crónica no se procesa con algoritmos. Por otro lado, también es una cuestión de inversión, de dinero. Los medios pagan cinco mil pesos, si bien te va, por una crónica en la que invertiste tiempo, esfuerzo y recursos propios.

Valoro muchísimo a quienes hacen crónica a pesar de los obstáculos, que saben: que, al terminar y si encuentran editor, acaso se les pagará dos mil varos, dos meses después de publicado el texto o, en el peor de los casos, sólo lo publicará.

En la Ciudad de México, al menos, identifico dos tipos de cronistas: por un lado, aquellos que se ocupan de temas coyunturales, en algunos casos vinculados con la violencia; por el otro, los que exploran los bajos fondos, lo marginal. ¿Crees que esos dos polos, en algún punto, pueden coincidir, encontrarse?

Un escritor debe escribir de lo que le nace, de lo que le inquieta. No les llamaría crónicas a mis textos, sino literatura híbrida. Me interesa escribir de la mejor manera posible sobre  lo que a mí me interesa y que yo le llamo vida cotidiana: la tragedia del hombre común.

El hombre común, en este país, vive con cuchillo en mano y contra la pared. Esos son los temas que me interesan. Nunca he trabajado en una redacción, nunca he cubierto una fuente y no tengo protección política ni policiaca. Así que no me veo escribiendo sobre el narco, por ejemplo. Como editor, a través de Producciones El Salario del Miedo, quiero proponer un periodismo diferente al que nos tienen acostumbrados los grandes consorcios, que es periodismo de narcotráfico, de derechos humanos, de corrupción política. Y a los otros editores les vale madre la vida cotidiana: un concierto de rock, un table dance de Neza, las empleadas domésticas que se reúnen en la Alameda Central, etcétera.

                 

¿Los temas patibularios están relegados, excluidos de los grandes consorcios?

No creo que estén condenados, sino que forman parte de una literatura menor (como lo definía Deleuze a partir de Kafka), una literatura de universos pequeños, en la cual los lectores, por ejemplo, de mis libros, quieren llegar a esos temas. No quiere decir que mi literatura sea mejor o peor que otras, simplemente se conecta con universos, temáticas, lenguajes o diálogos, que no son de los grandes públicos, como un Saramago, un Volpi, un Fuentes. Mi apuesta es por los microuniversos de lo patibulario.

¿Consideras que existe una crónica elitista?

No sé si sea elitista. De lo que estoy convencido es que hay un criterio de apreciación en el que ciertos tipos de crónica o ciertos cronistas se ponderan más que otros, como en cualquier literatura y en cualquier arte que siempre hay una pirámide de apreciación, de arriba hacia abajo, que determina los gustos de una época.

Ante estas condiciones, ¿vale la pena seguir apostando por la crónica? 

Vale la pena seguir apostando por tu trabajo, por tu proyecto personal, bajo las condiciones que sean. En mi caso, en esto ando y seguiré escribiendo crónicas. Es en lo que creo. Imagínate a un güey que trabaja en una fábrica. Hay que estar convencido de lo que estamos haciendo.

En una de tus crónicas, incluida en el libro, confiesas que recelas del éxito. ¿Por qué?

Porque está relacionado con lo vano, con el postín, con la chaquira. El éxito, como tal, significa que tu gran fracaso como artista terminó. El arte es apostarle al fracaso. El arte te tiene que llevar a una forma de entender la derrota como una caída digna ante la adversidad. El éxito son los reflectores, las opiniones para todo. ¡Chale, güey!  

Escribir este tipo de texto es un acto de resistencia, para mí, a todo este glamur que rodea al escritor mexicano y que, de todas formas, no se traduce en nada, más que en apariencias. Porque esta sociedad, a mi juicio, está totalmente deslindada de sus autores. Y los escritores, a veces, se comportan como una casta divina alrededor de la literatura que, en términos reales, no tiene un diálogo abierto y franco con la sociedad a la que se debe. Esa es una realidad. Y tengo muy claro que, fuera de estos espacios, a la gente le vale una chingada lo que yo escriba y lo que yo diga.

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