Mientras estemos vivos

Treinta años después, los hechos son conocidos y, sin embargo, no está mal repetirlos hasta el agotamiento: el 26 de abril de 1986, en la madrugada, estalló el reactor número 4 de la central de Chernóbil, en la actual Ucrania y a unos kilómetros de la frontera con Bielorrusia. A la atmósfera se liberó una nube radiactiva inmensa, equivalente a quinientas veces la radiactividad que se liberó en la bomba de Hiroshima. Quinientas veces. Esa nube comenzó a circular por Rusia y llegó a Finlandia, Suecia, Polonia, Alemania… Al cabo de unos días había dado incluso la vuelta al mundo. Mientras, en Chernóbil, en lugar de evacuar a los pueblos de las inmediaciones de la central, sobre todo el pueblo de Prípiat, y comenzar el protocolo de seguridad, que incluía suministrar gotas de yodo a la población, se decidió guardar silencio para evitar que la información sobre el desastre se extendiera.  Tres días tardaron las autoridades en evacuar el pueblo de Prípiat, tres días en los que los niños jugaron bajo la nube radiactiva, pasearon por las calles, bebieron agua…

Suecia (¡Suecia!) fue el primer país en alertar de que los niveles de radiactividad habían subido el 27 de abril. Las autoridades de la Unión Soviética fueron cuestionadas y estas negaron todo. Nada grave había sucedido, aseguraban. Para transmitir confianza a la población, el desfile del 1 de mayo en la ciudad de Minsk, a unos pocos cientos de kilómetros del epicentro, no se canceló y miles de personas tomaron un baño de nube radiactiva durante horas… Las autoridades seguían infravalorando los riesgos. Cuando las filtraciones informativas se produjeron (las primeras imágenes del reactor ardiendo circularon por medio mundo), y ya no les quedó más remedio que reconocer el accidente, Mijail Gorbachov, el presidente entonces de la ahora extinta URSS, hizo su primera declaración oficial el 14 de mayo: dijo que sólo había habido un incendio, que ya estaba controlado, y que la propaganda de las autoridades extranjeras estaba intentando dañar a la patria. Fin del comunicado.

En la central nuclear en Chernóbil, en cambio, después de que los helicópteros intentaran apagar el fuego lanzando desde el aire arena y sacos de cemento sin éxito, la solución había sido usar mano de obra humana. Decenas, cientos de jóvenes, protegidos con trajes recubiertos con planchas de plomo y máscaras antigás, subían hasta la boca del reactor incendiado y lanzaban paladas de cemento. Sabían que la exposición a la radiación los mataría, tarde o temprano, pero ¿qué podían hacer? En la zona de alienación, como se llamó al perímetro de seguridad de treinta kilómetros que se levantó en torno a la central nuclear, comenzaron los trabajos de descontaminación: la tala de árboles, la tierra arrancada y vuelta a enterrar en grandes hoyos, la caza y muerte de todos los animales de la zona… Al cabo de varias semanas, el reactor logró apagarse y un sarcófago de cemento y hormigón se construyó alrededor de él. Se terminó deprisa, casi sin medios. A finales de los años noventa, se detectaron las primeras grietas sobre su superficie. Con ayuda internacional, Ucrania comenzó la construcción de un nuevo sarcófago sobre el anterior, mucho más grande y seguro. Los trabajos aún no han concluido.

Estos son los hechos gruesos. Pues bien, la periodista Svetlana Alexiévich decidió prescindir de ellos y se puso a entrevistar a decenas de supervivientes de Chernóbil para conocer  otra versión de la historia, no la de los relatos informativos, sino la de los humanos. En Voces de Chernóbil, como dice su título, no hablan los poderosos, ni tampoco la periodista, que ni siquiera teje un hilo cronológico que ponga orden y explicación. Sólo hay voces anónimas de una tragedia. Literal, porque si Alexiévich ha escogido un género para su libro polifónico, ese es el de la tragedia, el de una yuxtaposición de monólogos y coros (donde se entremezclan los testimonios) de dramas humanos terribles, donde los dioses no tienen piedad y no hay ningún deus ex machina que venga a poner remedio o catarsis. Lo que hay en abundancia, provocados por la negligencia humana y su estupidez y su ambición, es dolor, la de todas esas personas que murieron por exposición a la nube radiactiva, y sacrificio, la de todos esos miles de jóvenes, los llamados “liquidadores”, que murieron al cabo de los años por las mutaciones genéticas. Chernóbil es la historia de un accidente, pero también, y no en menor grado, la historia de la deshumanización del poder, que no se ocupó de su población, que no la protegió, que la sacrificó en aras de vaya usted a saber qué grandes nombres: patria, nación soviética, guerra contra Occidente y demás banderas llenas de mierda, como escribió Flaubert de todas las banderas.

Alexiévich ha escrito el libro más valiente, necesario y político de los últimos años (su primera edición es de 2005), y por eso mismo el premio Nobel de Literatura del año pasado le hace tanta justicia: porque permite que su trabajo y sus libros circulen, se lean y nos hagan conocer la ignominia de Chernóbil. Como dice una voz en uno de los capítulos, “Chernóbil seguirá vivo mientras los últimos que lo conocimos sigamos vivos”. El silencio y el secreto que ocultó durante tantos años el desastre amenaza con extender sus sombras. El olvido, que es el gran aliado del horror, es lo que combate el libro de Alexiévich y por eso mismo lo mejor que podemos hacer es leerlo y conocer de primera manos las voces que hablan en el libro, las de aquellos que fueron arrinconados, humillados, destrozados, asesinados. Como dijo una vez Antonio Escohotado, “lo que llamamos accidente, lo deberíamos llamar crímenes contra la humanidad”. Eso fue Chernóbil y no otra cosa. Voces de Chernóbil es el Pedro Páramo de la radioactividad, el lugar desde el que nos hablan los muertos y los que se niegan a morir sin palabra. La resistencia contra la impunidad.

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