Mírame, Talese, sólo soy un observador

Al otro lado de la pared vivían dos hermanas. Tengo en claro sus nombres, pero los omitiré porque, como en aquel entonces, les temo. Una barda era lo único que dividía a nuestras familias: cada una escuchaba a la otra pelearse a muerte por cualquier cosa; había gritos, golpes, insultos, entre hermanos, entre madres e hijos, y había (o no había, mejor dicho) padres semi o completamente ausentes. Un día tuve que subir las escaleras que conducían a la azotea de mi casa y que estaban en el patio, junto a la dichosa barda. No recuerdo para qué tenía que subir, pero al hacerlo uno podía ver con claridad parte del patio de la otra vivienda. Por lo general uno subía sin mirar hacia allá justamente para evitar cualquier tipo de contacto, pero esa vez miré sin, valga la redundancia, miramientos. Lo que vi por alguna perversa y ruin razón persiste en mi memoria: una de las hermanas, la menor, estaba bañándose, con la ventana del baño abierta. Ya era mayorcita, como yo. Desde la escalera le vi los pechos mientras se enjabonaba. Eso vi primero y luego su cara, enseguida, sus ojos; vi cómo alcanzó a cubrirse y cómo nuestras miradas se enfrentaron, en silencio, unos tres segundos. Una vez en la azotea hice lo que tenía que hacer y ahí me esperé un rato hasta que, supuse, la joven había terminado de bañarse. Desde entonces, cada que subía las escaleras miraba hacia el otro lado, esperando que se repitiera la escena. Pero nunca se repitió.

Esta anécdota de un voyeur en ciernes, sin embargo, podría ser mentira. Sólo aquella mujer a la que aludo podría desengañarme o corroborar que lo que escribo es cierto. Por lo que podría meter las manos al fuego por la siguiente máxima que me acabo de inventar (o que seguramente me fusilé de alguna parte): la literatura dice más verdades que el periodismo, y el periodismo dice más mentiras que la literatura.

Me tomó mi tiempo, no lo niego, descubrirme partidario de esta idea que me saqué de la manga para este texto (y que es muy discutible, sin duda, empezando por los conceptos de verdad y mentira y lo que cada quien entienda de cada uno). Pero, ¿cuánto “periodismo” consumimos a diario repleto de falsedades y malinterpretaciones; descuidado, ponzoñoso al grado de que nadie lo detiene (y del que casi nadie se queja) porque es una industria sublevada a otras, a intereses que nos han hecho pensar que sin él no sobreviviríamos? Ese “periodismo” (siempre entre comillas, por favor), respaldado por años de prestigio, que nos ve la cara a diario y que a pesar de ello persiste porque tiene millones de espectadores, observadores de actos circenses sin límite imaginable: sangre, muerte, sexo, política y deportes; el que nos convierte en partidarios de un chismerío sin fin, de una morbosa colectividad voyerista.

Quizá podríamos decir lo mismo de la literatura: aquellas obras que nos han engañado (¿o acaso uno no reconoce cuando el autor de cualquier obra artística nos está timando?) se quedarán sepultadas en el olvido aun cuando hoy tengan mucho éxito, aun cuando ayer lo tuvieran. Aun cuando lleven a otro nivel esos temas (o cualquier tema) que el periodismo del día a día se encarga de esparcir con impunidad. Aquellas que perduran (y que perdurarán) siguen leyéndose porque están repletas de (o tienen algunas) verdades que resisten el paso del tiempo; entendiendo por verdades, pa’ acabar pronto, aquellas frases que nos permiten decir a cada uno de los que las leemos, estemos en el momento que estemos: “Claro, así es mi pinche vida”.

Ninguna nota (ni un conjunto de cientos de ellas) del diarismo de la actualidad (ni del pasado o del futuro) conseguirá que el lector diga eso, por más que se imponga, si lo que dice es falso o truculento o malintencionado; por más que digan los diarios, la prensa, los grandes medios, que ellos dicen la verdad. Que ellos la poseen.

Los lectores saben.

Y entonces el periodismo que abreva de las herramientas de la literatura es, insisto en meterme en problemas de a gratis, el más fiable. No aquel que nomás cita ciertas fuentes y ofrece ciertas cifras, o que tiene ciertas declaraciones o que divaga entre supuestos, sino aquel que ha visto los hechos en carne propia y los narra con imaginería literaria. Que consigue hacer de la forma el fondo. Que cuida cada detalle de lo que escribe (e investiga), que lo hace ver simple, fácil, de tan bien hecho. Porque su revisión y cocimiento fueron lentos, sin prisa, sin ir a la carrera buscando más clics, más lectores, sino lo contrario, buscando cierta perdurabilidad, una fecha de caducidad mucho más amplia.

Sé que hay intentos fallidos al ejercitar la maquinaria literaria en un hecho real, donde se ponderan la imaginación o los también truculentos vericuetos de la palabrería (como en esta reseña, por supuesto), pero cuando un periodista, un escritor o un investigador posee todos los elementos de su historia perfectamente amarrados (las fuentes, entrevistas, documentos, datos, etcétera), la forma puede significarlo todo. La forma, vaya, vendrá por sí misma. Aquel reportero que cumpla con esos requerimientos, es evidente (espero) que lee, es evidente que escribe, y entonces sabrá iniciar su texto con una frase contundente para continuar su narración metiéndole un poco de suspenso, y luego introducirá por ahí unos cuantos golpes más hasta llegar al nocaut, al clímax, para dejarnos al final con la boca abierta, con la sensación de que hemos leído algo inolvidable. Universal. Verdadero.

Es evidente que no sé nada de filosofía, pero en eso pensé cuando supe de la polémica, justamente enardecida en los medios (como el del video que enlazo), por la que atravesó el periodista y escritor Gay Talese. El autor, padre de lo que hoy llamamos periodismo narrativo (literario tendría que ser, para mayor precisión, porque de nuevo periodismo ya tampoco tiene mucho. O padre del periodismo de no ficción), fue descubierto cometiendo una enorme falta al oficio que toda su vida ha respetado y que ha llevado hasta la más alta cima, en un reportaje que recientemente publicó en The New Yorker. Así lo consignaron periodistas del diario The Washington Post: ponen en tela de juicio las fechas, el periodo en el que el personaje central del relato fue dueño del motel en el que durante años sació su voyeurismo.

Desde que salió el año pasado, este asunto me hizo ruido y todavía hoy pienso en esto que escribí al principio: ¿De verdad es tan reprobable lo que hizo —o no hizo— Talese en este texto como para lincharlo —aunque sea un poquito— mediáticamente, como para destronarlo de un trono que de ninguna manera podrá caerse?

No lo creo. Talese está más allá del bien y del mal, pero siempre habrá quien se considere poseedor de la verdad, vigilante de las normas del periodismo universal, establecidas en algún paraíso donde se imprimió el primer ejemplar del primer diario del mundo, donde nació el periodismo objetivo, veraz, incorruptible, aquel que de ninguna manera tiene derecho de equivocarse. Aquel que derrumba mitos, aunque sea uno de sus mitos fundacionales.

Y por supuesto que el periodismo debe cuestionar al periodismo y echar por tierra sus mitologías y mandamientos, pero en este caso ¿vale más la pena que derrumbar las marranadas cotidianas que nos entrega la prensa del mundo todos los días (en periódicos, revistas, radio, televisión, internet y demás medios) y que tienen muchos más lectores y espectadores que Talese? ¿O que esta siga igual, no importa, mejor descubramos qué hay debajo del sombrero de este señor?

Y aunque el hombre que siempre está vestido para la historia dijo que no promocionaría su libro a partir de la nota del Post (de la que luego dijo que estaba equivocada, lo cual también aclara en una nota final de esta edición), haciéndome pensar que jamás lo leería en español, finalmente llegó a mis manos El motel del voyeur (Alfaguara, 2017). En este libro (que es el reportaje completo que salió en New Yorker) Talese hace gala de una prosa más que madura: sencilla, contundente, clara, precisa, y le concede la palabra a la prosa (también sencilla, contundente, clara y precisa) de su objeto de estudio, el voyerista Gerald Foos, quien a mediados de los años sesenta se compró, junto con su esposa, un motel para poder darse una vida repleta de voyeurismo, y quien relató sus experiencias en un texto al que tituló, sí, Diario de un voyeur.

Lo que hace Gay Talese en este libro es narrar la forma en la que conoció a este individuo, cómo éste le entregó sus documentos y demás antecedentes para comprender su actividad, y cómo invitó al reportero a ver por sí mismo el motel y el ducto por el que observaba a sus clientes, para que de ese modo el periodista intercalase sus interpretaciones y vivencias junto a las íntimas descripciones de este voyeur, su personaje, nuestro personaje.

Y por supuesto que el autor se cuestiona a sí mismo su papel frente a Foos y frente al periodismo: ambos, dice, son voyeristas a su modo (como a nuestro modo lo somos todos: ¿qué tan voyerista es el lector de este libro que, acalorado en el metro, lee sin descanso las anécdotas ahí narradas, tan repletas de erotismo cotidiano, de erotismo de motel, tan suyas, tan ajenas?). El periodista, entonces, es un observador insaciable de su entorno, un metiche profesional, un chismoso que aprendió a escribir y que desea, tan pronto se le ponga enfrente una persona mínimamente interesante, escribir sobre ella.

Geral Foos, en este caso (un personaje al que le tomé bastante aprecio) deseaba, además de saciar su infinita curiosidad por la naturaleza humana, dejar un registro válido de las actividades que presenció en años de observación y que no se limitan al sexo sino a muchas horas de no hacer absolutamente nada, como la vida misma, o a notar el cambio de comportamientos, gustos, tendencias, contextos que sufrió la sociedad norteamericana durante los años que este voyeur miró a la gente común (pero no corriente, pues de pronto resultaba extraordinaria). Desde limpiarse los mocos en las sábanas, orinar en el lavabo y fornicar en trío hasta vender drogas o asesinar a alguien.

En fin, pese (o gracias) a su brevedad, este libro necesariamente removerá la conciencia de quien lo lea.

Acaso, eso sí, al finalizar la lectura mi principal objeción no fue contra las fallas del Talese periodista, sino a las fallas de los editores o de quienes deciden publicar estas historias. Si Gerald Foos poseía un diario (además de la capacidad de escribir con soltura y corrección), ¿por qué no publicarlo directamente a él? A veces la vanidad del periodista o del escritor es tan abrumadora que forzosamente él tiene que ser el protagonista, él tiene que ser el firmante, la estrella (pero bueno, es Gay Talese, y el propio Foos lo buscó para que revelara sus crímenes). No sé, pero me habría resultado mucho más interesante y enriquecedor el relato pleno, las reflexiones completas de Gerald Foos que las del autor de “Sinatra está resfriado”. Ojalá la versión cinematográfica de esta historia (que, como dice en la fajilla, será realizada por Sam Mendes y Steven Spielberg) me llene ese vacío.

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