Nigerianos y mexicanos: seres humanos en el sentido pleno

Empecé a leer Americanah sin ninguna expectativa. Conocía a Chimamanda por su Ted Talk “Todos deberíamos ser feministas” y el artículo “Why Can’t a Smart Woman Love Fashion?” y me gustaba lo que sabía de ella pero no había indagado más sobre ella ni su escritura.

Después de embarcarme en su libro llegué a otra Ted Talk suya: “El peligro de la historia única”. Donde Chimamanda habla sobre el fenómeno de los prejuicios que tenemos al conocer una sola historia de alguien, el sólo conocer una versión de esa realidad, la versión limitada de lo que nos han dicho. Ella cuenta:

Recuerdo una caminata en mi primer día en Guadalajara mirando a la gente ir al trabajo, amasando tortillas en el mercado, fumando, riendo. Recuerdo que primero me sentí un poco sorprendida y luego me embargó la vergüenza. Me di cuenta que había estado tan inmersa en la cobertura mediática sobre los mexicanos que se habían convertido en una sola cosa, el inmigrante abyecto. Había creído en la historia única sobre los mexicanos y no podía estar más avergonzada de mí. Es así como creamos la historia única, mostramos a un pueblo como una cosa, una sola cosa, una y otra vez, hasta que se convierte en eso.

Me pareció irónico y chusco darme cuenta de que yo conocía la historia única de África (en este caso particular Nigeria) y Chimamanda conocía la historia única de México. En esa misma conferencia ella cuenta cómo un maestro de la universidad criticó su novela diciéndole que no era lo suficientemente africana porque sus personajes se parecían demasiado a él. Curiosamente, lo que me hizo conectar con Americanah fue reconocerme a mí misma y a mi mundo en sus personajes y en sus problemáticas. Me sentí más identificada con esta novela que con otras que he leído escritas por gente, en teoría, más parecida a mí. Me identifiqué mucho más con los personajes de Chimamanda que incluso con otros personajes escritos por mujeres mexicanas.

Americanah narra a lo largo de 30 años la historia de amor de Ifemelu, una nigeriana que emigra a Estados Unidos para estudiar, y de Obinze, un chico también nigeriano cuyo plan era emigrar con ella pero a quien después del 11 de septiembre le niegan la visa y termina viajando a Inglaterra. El texto evoluciona de manera no lineal, y así somos capaces de conocer a Ifemelu y Obinze como adolescentes y más tarde como adultos.

Esta es una historia de amor entre dos personas, pero también entre dos países que inevitablemente resonará con cualquiera que haya tenido que vivir la experiencia de ser expatriado por decisión propia y lo que significa el choque cultural con cualquier país ajeno al propio.

Fue al leer cada experiencia que formó a Ifemelu como ser humano, que me di cuenta que los nigerianos y los mexicanos no somos tan distintos. La primera vez que se enamora, los libros que lee en la escuela, su relación con su tía Uju, su decepción ante las malas decisiones de su familia, e incluso la percepción que tienen sus amigos y su familia de la posibilidad de un mejor futuro en otro país. Uno como mexicano, o incluso como cualquier persona que no es africana, tiene prejuicios debido a los estereotipos que la cultura popular promueve.

El objetivo original de este texto era hablar sobre cómo se abordan los derechos de los negros en esta novela, pero, vaya los derechos de los negros son los mismos que los nuestros, y lo digo sin afán panfletario. Y sí, escribo negros porque ni Chimamanda ni Ifemelu son “afroamericanas”, ellas son exclusivamente africanas y orgullosas. En la novela se habla sobre cómo la raza no es un problema ni siquiera un tema que se discuta en Nigeria, como a nadie le importa, ni es discriminado por ello, pero las cosas son muy diferentes en Estados Unidos. Es tonto porque todos somos personas, ni siquiera negros, caucásicos, latinos, orientales, qué se yo. Sólo somos seres humanos. Me parece ridículo que en 2018 tengamos que seguir protestando por tantas cosas pero nuestra sociedad no es tan evolucionada como nos gusta creer. Cierro este texto con un pasaje de Americanah que se enfoca en la discriminación que enfrenta la madre de Obinze.

La gente decía: “Vaya, ¿cómo es que la abofeteó siendo viuda?”, y eso la molestó aún más. Insistió en que no debería haber sido abofeteada porque era un ser humano en el sentido pleno, no porque no tuviera un marido para salir en su defensa.

 

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