Oh, Alicia…

lewiscarroll

Alicia en el país de las maravillas / Debolsillo, 2013

La primera vez que leí Alicia en el país de las maravillas me encontraba en casa de la Reina morada, una antigua amiga que vivía con extrañas reglas para una amistad. Años después dejamos de frecuentarnos, tal vez un poco por esos estándares tan difíciles de cumplir. Entre ellos, uno que adoptó durante su relación con otro muchacho que no era de su agrado al principio, pero que fue muy orgullosa para cambiar de opinión. Terminaron siendo no-amigos.

Espera, me estoy saltando varios años de narración.

Alguna tarde de verano en la que hacía calor, me tocó esperar a que estuviera lista para no recuerdo qué. Quizá fue allí que leí más de la mitad de la Alicia de Carroll. No reclamé nada después de casi dos horas de incertidumbre. Hubiese sido suicida (según su norma ella tenía derecho a quejarse, yo no). En realidad sus reglas eran todas bastante unívocas. Lo que podía hacer ella estaba prohibido para los demás; lo que se prohibía a sí misma, también lo teníamos vetado. Así los absurdos límites que regían su pequeño reino.

Aunque su manía iba más allá de la igualdad de derechos entre las relaciones humanas. Tenía otros principios, como el de nunca contarle una historia completa a sus amigos. En cambio, se dedicaba a relatarnos fragmentos mientras omitía pasajes a discreción, no sin antes dejar en claro que así deseaba hacerlo. Los pasajes, entonces mudos, estarían destinados a los oídos sordos (también conocidos) de otra persona, quien, como la anterior (tantos amigos ilusos tenía), guardaría con celo una escucha que sabía privada, única. No fuimos pocos quienes sospechamos que ella, en su alocado egocentrismo, esperaba justo lo contrario, y que su vida se convertiría así en algún tipo de novela de misterio, con un héroe que recolectara todos los fragmentos de (según su majestad) interesantísima y compleja narrativa. Entonces ninguno de nosotros movimos pieza, temerosos de su ira de reina; con el tiempo, simplemente perdimos interés.

Con tantas reglas, era imposible mantener una amistad sana. “No puedes hablarme más de tres días a la semana”, “debes adivinar mi humor”, “puedes hacer chistes ayer y mañana, pero no hoy” (nunca fue hoy…), “inclínate ante la reina”, “allá va tu cabeza”. Lo más extraño era que acatáramos esas absurdas reglas que iban más allá de toda lógica práctica y social, y lo hacíamos como si fuesen leyes universales.

Más de una vez tuve problemas muy fuertes porque, osado yo, anteponía mis deseos a los suyos, o simplemente estaba en desacuerdo con algo que ella había hecho. Cualquier razón era buena para caer de su gracia.

Supongo que, guardada toda proporción, algo de país de las maravillas tenía aquella antigua relación, así que no se antojaba coincidencia que yo tuviera mi primer acercamiento a ese libro en su casa. Ella siempre se comportó como una reina victoriana y el resto de quienes la rodeamos parecimos siempre erráticos al yugo enloquecido de su lógica personal.

Al poco perdí yo en su mente la etiqueta de amigo; alguna regla no cumplí y fui expulsado. Fuera del país de las maravillas recobré un poco la cordura.

Andrés Borchácalas

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