Heridas supurantes de un escritor en ciernes

Hemingway

París era un fiesta / Lumen, 2013

Soy de aquellos que supieron que existía un hombre de apellido Hemingway gracias a Metallica, quizá la banda más conocida de heavy metal en el mundo. Fue gracias, especialmente, a su canción ‘For Whom The Bell Tolls’ (lo mismo que conocí a otro hombre, de apellido Lovecraft, gracias a ‘The Call of Ktulu’), del álbum –ambas– Ride the Lightning, el segundo de estos cuatro californianos, que por aquellos años seguían siendo veinteañeros. Ya había cantado, mateado y tocado en el aire muchas veces “For Whom…”, y fue (creo) hasta que tuve en mis manos una revista que repasaba la discografía de la banda (“canción basada en la novela Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway, sobre la Guerra Civil española”, más o menos decían aquellas líneas) que descubrí que aquel hombre nacido en Illinois se trataba de un famosísimo escritor.

Pero uno no tiene idea de eso hasta que lo lee (mi primer acercamiento fue El viejo y el mar, edición de bolsillo bara bara del metro, leído en dos de los largos trayectos de este transporte cuando estudiaba la licenciatura) que uno descubre por qué razón estos hombres –especialmente James Hetfield, vocalista, guitarrista y principal letrista de la banda– se acercaron al trabajo del también autor de Adiós a las armas y de este París era una fiesta.

En primera, no dudaría en comparar a ambos hombres: grandes, fuertes, barbados, amantes de la fiereza y de la condición humana, del alcohol (bueno, el de Metallica ya no), quizá de las mujeres; ambos creadores de letras contundentes (uno por el metal y otro por el oficio periodístico) y, sobre todo: ambos fueron jóvenes tremendamente frágiles. Aún no me he dado a la tarea de buscar qué llevó a Hetfield a basarse en tal novela de Hemingway, sin embargo uno puede medio entenderlo leyendo no esa, sino París era una fiesta: relato póstumo –casi un diario a través de recuerdos– que recupera las andanzas de un joven escritor por la capital francesa; una lección de disciplina y pasión por la palabra escrita (expresa en el periodismo o en la literatura) a veces ensombrecida, especialmente durante el proceso escritural, por el amor y por lo hondo de las reflexiones que provienen de las heridas supurantes de un hombre –no sólo un escritor– en ciernes. Aun cuando se salpica de esnobismo por estar –el protagonista– viviendo el auge de ciertas manifestaciones artísticas más allá de las letras, lo que este libro ofrece es humildad a puñetazos, súplicas para que todos los días aquel joven que libra una pelea brutal contra la palabra escrita pueda ganar, al menos, un round.

Y con ello ganarse a sí mismo.

Aunque la derrota lo aceche de cerca y logre vencerlo más de una vez, el auténtico joven escritor no se detiene más que para seguir viviendo. Porque sabe que es la vida misma la que le brindará su universo creativo, de verdadero escritor, de aquel que teclea todos los días para resultar ligeramente verosímil, para creer que cada una de las oraciones y frases que ha escrito tienen algo de cierto. Algo de vida. Así es este Hemingway, el mismo de siempre pero a través de su propia vida, esclava de pasiones que derrocharon fuego a través de bocas y dedos que activaron gatillos, y que teclearon de pie tantas palabras durante tantos años; palabras rodeadas de amigos y de favorables circunstancias, una ciudad repleta de luz habitada por seres como él, como Hemingway, dispuestos a volverla cede tanto de sus celebraciones como de sus más terribles y naturales resacas.

París era una fiesta es para mí un libro de iniciación, un paliativo que devela el alma de aquellos que intentamos caminar por el sinuoso camino de la escritura. Y que lo iniciamos, quizá para nuestro bien, bajo el cobijo de una música tan dura como las letras.

Samuel Segura

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