Pongamos que hablo de Madrid…

(Ciertas alucinaciones acerca de La colmena de Camilo José Cela y de otras novelas tumultuosas)

En el inimaginable año de 1925, quizás todavía impulsado por sus ideales socialistas, John Dos Passos publicó Manhattan Transfer, obra ahora canónica donde buscó dar voz a Nueva York a través de múltiples voces de quienes en ella (y este fue el tono de su novela) protagonizaban cotidianamente su frustración y su fracaso ante un mundo gobernado por el dinero. Consiguió un libro poderoso, fragmentario y polifónico, inusual en un medio donde lo que suele importar son los caracteres memorables y las tramas concisas. Tres decenios después, en el glorioso (pues en él nacimos algunos próceres) año de 1958, Carlos Fuentes acusó recibo explícito de esa lección de literatura y memorablemente repitió la hazaña con su primera novela, La región más transparente, donde muchas voces se suman para articular una sola: la de la Ciudad de México, y el tono es también de desolación: “Aquí nos tocó, qué le vamos a hacer”.

Siete años antes, en 1951, un joven autor español endeudado hasta el tuétano ignoraba que a la vuelta de treinta y siete años ganaría el Premio Nobel de Literatura, y mientras tanto sorteaba absurdas dificultades con la censura (tanto la franquista como la peronista) para lograr la publicación de su obra más famosa, también llena de ruido y de furia: La colmena, donde a través de una prolija nómina de más de doscientos personajes dio cuerpo y entidad a una ciudad por entonces abúlica cuyo nombre es Madrid. El dictamen del cura censor español Andrés de Lucas Casla, a quien se le recuerda tan sólo por su intervención infame en el caso, resolvió así el expediente: “¿Ataca el dogma o la moral? Sí. ¿Ataca al régimen? No. ¿Valor literario? Escaso.»

A la vuelta de las generaciones, como sabemos, todo es relativo. Leo la nueva edición de La colmena, prolijamente cuidada por la Real Academia Española y Alfaguara, y me encuentro ahí, por fin, con los fragmentos censurados y autocensurados en el manuscrito de 1946 que tanto penó el autor por ver publicado (en Buenos Aires; en España, ni a tiros en aquel tiempo). No sin asombro, constato que la mayor parte corresponden a escenas de lo que solía llamarse “de contenido sexual explícito y escabroso”, y concluyo que ahora no bastarían para que se moviera una ceja de cualquier adolescencia calenturienta, si bien me consta que aún hay quienes (y no son pocos) reaccionarían ante ellas con persistente mojigatería y ningún criterio, como si no hubiera transcurrido más de medio siglo.

Pero bueeeeeh, la cosa es que La colmena sigue siendo una obra canónica y un reto para lectores que se precien de disfrutar la gran literatura. Hay en ella personajes que aparecen una sola vez, en una sola escena; otros son constantes pero intermitentes; otros más son como los cometas: creemos que no regresarán, pero tarde o temprano lo hacen. El tono es íntimo y frío, como la lente de una cámara. La atmósfera, desencantada y de aburrimiento, como si vivir fuera un lento trámite. La felicidad, como siempre, no está muy al alcance; de hecho, aquí se administra con un avaro cuentagotas. Al final de la lectura, estamos seguros de que aquí no hay spoiler posible y tenemos la impresión de haber armado un rompecabezas de la naturaleza humana.

A estas alturas recuerdo ciertas preguntas que me han hecho durante talleres literarios que dirigí: ¿Por qué no nos asignas lecturas con final feliz? ¿Por qué no leemos algo más entretenido?

¡Diablos! ¡Dobles diablos! ¡Hasta triples diablos! ¿En verdad queremos aspirar tan sólo a la dulce satisfacción de las ficciones sentimentales y a que una obra literaria sea únicamente nuestro pasatiempo? Esa fue mi respuesta.

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