Prestar libros es un crimen

Hay cartas que se escriben para nunca ser leídas. Como ejemplo el grandísimo texto Cartas al Padre de Kafka. Paradójicamente, por muchos años ha sido un referente de la literatura universal. A pesar de ello, cumplió con su objetivo. Su padre nunca leyó esa carta.

Si alguien normal, con un padre normal, hiciera un ejercicio de escritura similar, tendría una catarsis que muy probablemente impediría concluir la carta sin derramar ninguna lágrima.

Sin montarme en la fama del escritor austrohúngaro —porque sería risible pretender eso—, me sumo a esta fuga emocional. Hoy escribo esta carta abierta para todo aquel amante de la lectura. Pero no contra mi padre —porque no estaría preparado para ello—, sino en contra del ladrón de un libro que me regaló mi padre.

Pedir o tomar prestado un libro y no devolverlo es el crimen perfecto. Alfred Hitchcock nos enseñó en su película La Soga que sí es posible ser perfectible al momento de elaborar un crimen. Y esto no consiste en no ser descubierto, por el contrario, es llevarlo a cabo, que las pistas periciales no conduzcan directamente a su autor intelectual o material y sólo entonces, por voluntad propia, que esas mismas pistas den con la mente detrás de toda esa obra, sólo para ser reconocido como un artista del caos.

En mi caso, fue tan perfecta la estafa que ni siquiera me pidieron el libro. Yo lo ofrecí por dos motivos: el primero fue mi encanto por Gente Así (Alfaguara, 2013), escrito por Vicente Leñero. Recuerdo que me lo regaló mi papá en alguna feria del libro. El gusto por su contenido fue aumentando el afecto. Y a pesar de que ya conocía al autor con trabajos como Asesinato: El doble Crimen de los Flores Muñoz y su clásico Los Periodistas, éste en particular se sumó a mi breve lista de favoritos.

Es una antología que me cautivó por su forma de contar historias breves. Una de ellas en tan sólo dos páginas. Por confundirme al no saber cuál narrativa era verdadera o falsa. Sigo sin saber si realmente Juan Rulfo hizo otra novela que nunca salió a la luz; si es posible ganarle al mejor jugador de ajedrez del mundo en privado, y por tanto, nunca conocer al mejor jugador de ajedrez del mundo. Tampoco sé si María y José tuvieron una niña; o si un intelectual perdió los estribos al golpear a un plagiador por no saber comprobar la fuente de ese plagio.

Pero lo que me da más coraje es que no tengo el libro físicamente para ver el índice y recordar otras historias que en su momento me hicieron caminar en el metro sin desconectarme de mi lectura.

El segundo motivo es el aprecio por el receptor innombrable de aquel préstamo. En particular a él —o a ella— a quien le confiero un aprecio especial. En su momento compartimos gustos y disgustos por la lectura. Creamos una amistad —como pocas—, para hablar de lo que a cualquiera le pudiera parecer “ñoño”. Y en esa afinidad, le ofrecí leer a alguien que me fascinó. Quería que sintiera eso que sentí.

Por eso, esta carta es contradictoria. Porque reconozco que pensar en ese libro me hace infeliz porque hice a alguien feliz. Y sólo por eso creo que valió la pena. Aunque nunca más repetí esa “bondadosa” acción de prestar mis libros. Ahora prefiero comprarlos y regalarlos. No porque tenga un fetiche o respeto por los libros físicos, sino porque no quisiera repetir esa sensación de traición. No quiero otra edición de Gente Así. Quedará como una anécdota irruptiva.

Él —o ella— está mandando un mensaje al mundo. Nos hace cómplices de la estafa. Rasga nuestras vestiduras, acaba con nuestra inocencia y nos hace no volver a confiar en nadie. Nos hace sentirnos corresponsables. Nos vuelve celosos. Fui parte de un crimen perfecto.

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