“El principito” y una invitación a tu lector niño

En el prólogo de El principito, el autor pide una disculpa a los niños por haber dedicado la obra a un adulto, llamado León Werth. Dicha disculpa lo lleva a concluir que este hombre fue alguna vez un niño también, obligándolo a corregir su dedicatoria al final del prólogo: a León Werth, cuando era un niño.

¿Qué sucede en esta corta historia? Un aviador se detiene en el desierto del Sahara para reparar su nave. Bajo el calor extremo, tiene poca agua y se sitúa a muchas millas de la población más cercana. De pronto, en un amanecer, se le aparece el principito, pidiéndole que le dibuje un cordero. A continuación, le habla de su planeta de origen, de su viaje por distintas constelaciones y de cómo llegó al Planeta Tierra, conociendo en el camino a diversos personajes.

Este principito es alguien que se nos debería de aparecer en muchos momentos: en el tráfico, en el desayuno, en el trabajo, frente a la computadora, en la regadera, viendo una película… pues ya, todo el tiempo. ¿Por qué no? No sería distinto al religioso que se siente acompañado por Dios en todo momento. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia es que Dios está dedicado a los adultos y El principito a León Werth cuando era niño.

Quizás ésta debería de ser la dedicatoria de muchas obras. No necesariamente porque la “mirada inocente” del niño sea más enriquecedora o libre que la “mirada madura” del adulto; esto es una idealización y un cliché que además no siempre demuestra ser cierto. No, muchas obras merecen esa dedicatoria porque ellas son un despertar del niño interno que con el tiempo va quedando enterrado si no se le visita de vez en cuando. El principito nos dispone el camino para realizar una de esas visitas.

En efecto, es una historia plagada de símbolos y metáforas para quien quiera decodificarlas y elaborar una lectura hermenéutica, psicoanalítica o antropológica. Sí, podemos racionalizar El principito, podemos atarlo a ideologías y asociarlo con todas las teorías filosóficas y estéticas que se nos ocurran. Podemos decir que es una alegoría de la cosmovisión judeocristiana. Podemos hacer de esta historia todo lo que comúnmente nos haría pensar en algo “adulto” y no en algo “infantil”, que consistiría en el puro acto de imaginar, sin marcos teóricos ni nada complejo de por medio. Sin embargo, ¿no es este el caso de todas las historias?

Apegándonos al lugar común de la mirada inocente del niño, amante de la mágica imaginación, en contraste con la mirada madura del adulto, cultivada y educada, habría que preguntarse qué tipo de literatura no tiene esta dicotomía. O en todo caso, ¿qué tipo de literatura no está construida con base en ella? ¿No fuimos todos, al igual que León Werth, niños en algún momento? El principito es un llamado a ese niño, el cual es también el antepasado infantil de la creación literaria,  que todos los días transita a la adultez, luego a la vejez y a la muerte. Como el principito, la literatura nace y muere a nivel cotidiano. En uno de los planetas que visita, un minuto equivale a un día entero. Dicho viaje en el tiempo es sólo posible en el arte: ¿Cuántos siglos puede abarcar un verso, una imagen o una pieza musical?

Invito al lector cuando era niño que le avise al adulto si llega a ver al principito en el tráfico, en el desayuno, en el trabajo, frente a la computadora o viendo una película. O siempre.

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