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¿Puede haber arte después del holocausto?
Bruno Fuentes comment 0 Comentarios access_time 3 min de lectura

¿Puede una obra retratar los horrores que sucedían en los campos de concentración? Si bien el límite entre la realidad y el arte cambia de grosor según la época (o más aún, según el creador), ya que tanto una como la otra son totalmente distintas en cada siglo, lo que nunca cambia es el deseo natural de narrar nuestra vida, y con ello la de nuestros antepasados. Cada quien busca narrarse, pero en el proceso se da cuenta de que, al hacerlo, es necesario también narrar a los padres, a los abuelos, a los bisabuelos, a Adán y Eva… hasta llegar a lo que trasciende el tiempo y hasta escribir, sin haberse dado cuenta, un testimonio sobre la humanidad.

En el cuento de Borges, Emma Zunz, el narrador dice algo sobre la protagonista que aplica a la perfección para Art Spiegelman, el autor y personaje de Maus: “…la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin”. Hijo de un padre judío y de una madre judía que sobrevivieron a Auschwitz, Spiegelman escribe y dibuja las memorias de aquel, entrelazándolas con su presente. De esta manera, el lector no solo atestigua una terrorífica historia del exterminio judío sino también el proceso de la creación artística. Vemos a Spiegelman componiendo su novela gráfica mientras vemos a Vladeck (su padre) escapando de los nazis, refugiándose donde pueda, buscando comida para su familia y llorando ante la esperanza que cruelmente se desvanecía frente a sus ojos y los de millones de víctimas.

Pero he aquí la artimaña de Maus: los personajes son ratones. De inicio a fin, el lector no ve más que una serie de ratoncitos pasando por cada una de esas tragedias, y los acompañamos en todas. Lo hacemos porque, gracias a esta ingeniosa estrategia de Spiegelman, le hemos dado rienda suelta a la imaginación desde la primera página, y silenciosamente intuimos que, al hacerlo, hemos empezado a ganar la guerra que sabemos que nos espera más adelante en la historia.

Quién sabe si pueda haber arte después del holocausto; pero lo que es inmortal (además de nuestra ya mencionada naturaleza narrativa) y Maus es la prueba de ello, es la imaginación, siempre de doble filo. En el acto de imaginar y desafiar los límites de la mente, desafiamos la bélica condición que llevamos en la sangre como especie.

Dice Spiegelman en su obra: “Muchos jóvenes alemanes están HARTOS de historias sobre el holocausto. Todo ocurrió antes de que nacieran. ¿Por qué deberían sentirse culpables? ¿Quién soy yo para decirlo? Pero muchas de las empresas que florecieron con el nazismo son más ricas que nunca. No sé… Quizás TODOS deberíamos sentirnos culpables. ¡TODOS! ¡PARA SIEMPRE!”

Efectivamente, todos nos hemos beneficiado de algún mal que nos ha antecedido, y quizás eso nos vuelva cómplices de algunos crímenes de la historia, o quizás no. De cualquier manera, volver la mirada para entender ese antepasado que compartimos causa un vértigo particular; ¿en qué punto comienza este irremediable conflicto entre el bien y el mal?

Maus nos vuelve esa búsqueda un poco menos vertiginosa y desalentadora, pues prende un censor en nuestro instinto narrativo que no se volverá a apagar, iluminando con un brillo extraño pero único lo que ha sobrevivido a todas las guerras y a todos los intentos de genocidio: la literatura.

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