¿Quién demonios lee teatro?

Lo sabemos todos en el medio editorial: hay libros que venden siempre, libros que venden mucho, libros que venden regular, libros que casi no venden, libros que no compra ni su autor, libros que no compra ni la madre del autor… Luego siguen los de poesía (a menos que el apellido del autor sea Benedetti o Sabines) y, en el inframundo, los de teatro (a menos que el autor se apellide García Lorca, Zorrilla o Shakespeare).

¿Por qué esto es así? Buena parte de los mejores momentos en la historia de la palabra y de sus más altas cimas fueron escritos en verso o ideados para tomar cuerpo en un escenario (o ambas cosas), y esto que llamamos nuestra civilización acusa recibo de ello constantemente. Vean si no el éxito del filme Shakespeare in Love, sufran o disfruten con las sempiternas temporadas de Don Juan Tenorio cada que se aproxima el Día de Muertos, beban hasta la inconsciencia llorando a moco tendido por un amor que se fue mientras cantan “Sabia virtud de conocer el tiempo” sin saber que son versos de Renato Leduc, intenten ligar o asómbrense atestiguando cómo alguien pretende ligue declamándoles “Táctica y estrategia”… y así sustantivamente, como diría mi abuelita. Y luego vuelvan a preguntarse: ¿por qué esto es así?

La cosa, creo, es que durante nuestra, por denominarla de algún modo, “formación” escolar, la precariedad del sistema educativo propicia que la mayor parte de nosotros tendamos a quedar vacunados contra la poesía y contra el teatro… Y cómo no, si el programa de la asignatura en turno prevé que leamos el Poema de Mio Cid, La vida es sueño, “Los niños mártires de Chapultepec”, “Si tienes una madre todavía” y otras inefables piezas literarias que probablemente deban ocupar un lugar en nuestro acervo cultural, pero no cuando deberíamos estar conociendo el placer de la lectura, y terminan haciéndonos sentir malestares intestinales.

Ahora bien, con tales y tan precarios antecedentes, es asombroso que mucha gente lea poesía y busque leer más, como he tenido ocasión de constatar varias veces cada año desde hace decenios, pero ¿quién demonios lee teatro? Aquí sí que no lo sé.

Tiendo a creer que hay un público numeroso tan sólo porque la constante venta de libros de dramaturgos rebasa con mucho la demanda específica de estudiantes (casi todos de preparatorias y de dos carreras de la UNAM, aunque su alimento principal sean las fotocopias y los PDFs gratuitos) y sus profesores.

Tiendo a creer que ese público lector es más abundante de lo que imaginan mis más locas fantasías, aunque la parte racional de mi cerebro me dice (verdad de Perogrullo) que una cosa es que los libros se vendan y otra que sean leídos.

Tiendo a pensar que la aparente dificultad de lectura que representa la estructura del libreto, con personajes y acotaciones definidos con precisión, es fácilmente soslayable y luego hasta se disfruta.

Pero, sobre todo, es mi más ardiente deseo creer que el genio de, por ejemplo, Shakespeare, García Lorca, Chéjov, Sófocles, Calderón de la Barca, Tirso de Molina y sus dignos sucesores contemporáneos es de tal magnitud que funciona como una incesante fuerza centrípeta y nunca dejará de atraernos.

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