Rayuela, otra vez

Quizá me perdí la noticia. Quizá Cortázar, mediante un millonario y metafísico contrato con Amazon, consiguió que se descargara automáticamente la edición conmemorativa del 50 aniversario de Rayuela en todas los Kindles del mundo. Quizás esto indignó, justificadamente, a los cultos lectores.

Quizá la indignación ya venía gestándose de tiempo atrás. Nos molestaba que hubiera metido las narices en todos los géneros literarios. Que hablara de Cuba y de Nicaragua sin escribir obras panfletarias. Que sus últimos libros de cuentos fueran tan buenos como los primeros (¡claro, ya nada más estaba repitiendo la formulita!). Que, al final, no se quitara nunca esos lentesotes de pasta.

A más de cien años de su nacimiento, Julio Cortázar parece haberse convertido en el Bono de la literatura latinoamericana. O de la literatura. Y, por supuesto, esto explica tuits tan sagaces y puntuales como éste: “Me gustan las mujeres de esa edad en la que dejan de citar a Cortázar”.

Pero la descarga forzada y masiva de Rayuela nunca ocurrió. Cortázar nunca se convirtió en personaje ni predicador de sí mismo, y la grandilocuencia y la solemnidad siempre le sacaron ronchas. Aún así, no faltan los que se empeñan en encontrar la grandilocuencia, la solemnidad y, de paso, las ronchas (de cursilería, de ingenuidad, de lugarcomunismo, etc.) en cada uno de sus libros ─aunque suelen hacer una generosa excepción con sus cuentos─. No faltan, más bien, abundan, porque el prestigio social e intelectual del malditismo irónico no tiene fin.

Se les habrá pasado por alto que algunas de las notas más constantes y arraigadas en toda la obra de Cortázar (cronopios y famas incluidos) son la melancolía, la ambigüedad, la malicia, la aspereza y, sí, precisamente, la ironía. Habrán obviado, u olvidado, que la única consigna artística que sostuvo fue esa de André Gide: “no aprovecharse nunca del impulso adquirido”. Quizá no notaron que Horacio Oliveira es, deliberadamente, un cretino; que Cortázar nunca pretendió que fuera un modelo de nada.

Por otra parte, no entiendo muy bien esa separación tan radical que hacen muchos críticos y lectores: aquí están sus cuentos (y son mejores y perdurarán) y allá están sus novelas (que son experimentales y efectistas y coyunturales). Cortázar tampoco entendía muy bien esa disyuntiva: “A mí se me hace que esta distinción taxativa entre dos maneras de escribir no se funda tanto en las razones o los logros del autor como en la comodidad del que lee”. A mí se me hace, también, que ese facilismo tiene que ver con cierto formalismo, con la necesidad de evaluar la literatura en términos concretos y objetivos. Los críticos se permiten apreciar los cuentos de Cortázar porque entonces pueden decir que Poe y que la literatura fantástica y que la escritura centrífuga y que el clímax y el desenlace. A ver, cada quien puede preferir lo que le sea —los cuentos o las novelas, de Cortázar o de Roberto Bolaño o de Stephenie Meyer—, pero la cosa se complica cuando esa preferencia se convierte en jerarquía y ésta responde a una visión atlética de la literatura (y del arte en general): una visión que busca que los escritores lleguen más rápido, más alto y más fuerte a la meta, que necesita récords y virtuosismos (dos de pecho, por ejemplo) para justificar su entusiasmo.

No, por fortuna Cortázar no se está convirtiendo en el Bono de la literatura y Rayuela no es el fallido How To Dismantle an Atomic Bomb de U2. Si me empeñara en forzar el símil, tendría que decir que Rayuela se parece mucho al Álbum Blanco de los Beatles. Novela y disco son desgarbados y excesivos; en los dos late un afán de totalidad. Ambas son obras experimentales, pero el experimento no está en función de sí mismo, sino de una voluntad expresiva. Sí, el Álbum blanco tiene la melosísima “Ob-La-Di, Ob-La-Da” y Rayuela, el sonsonete de que “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos” (cursi a fuerza de repetirse en memes del corazón). Pero el disco de los Beatles también tiene “While My Guitar Gently Weeps” y la novela de Cortázar, el capítulo 7 y el 104 y el 68. Quizá no regresaremos al disco sin título ni portada por “Revolution 9”, como no regresaremos a Rayuela porque se puede leer en prefabricado desorden. Volveremos, una y otra vez, porque esas melodías y esos párrafos nos inventan, nos explican, nos conmueven, nos parten en pedazos y nos abren la puerta para salir a jugar a lo abierto.

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