El recuerdo de estrechar la cálida mano de un robot

«La gente dice “es tan claro como mi nariz”, pero,
¿qué porción de nuestra nariz podemos ver,
a menos que nos den un espejo?»

En el año 2004 se estrenó la superproducción Yo, Robot. Una película innovadora por sus efectos especiales y sus temáticas distópicas sobre el avance tecnológico en las sociedades modernas. Para ese entonces yo estaba en la secundaria y sin mayores referencias fílmicas o literarias quedé fascinado por la interpretación de Will Smith.

Estando en la sala de lectura de la escuela, se asomó el libro con el mismo título, publicado por primera vez en 1950. Decidí tomarlo para inmiscuirme en las escenas de acción y los conflictos policiacos de los que trataba su adaptación. ¡Vaya sorpresa!, las coincidencias sólo estaban en el título y dejé de leerlo en la página 30.

Después de haber concluido la carrera, y una vez seducido por propios y extraños por las pretensiones de conocer al grandísimo Issac Asimov, creador de la Fundación y de un universo literario muy respetable, decidí darle una revancha a esa falsa decepción adolescente.

Me encontré con la primera historia tal como la recordaba. Ahí estaba la pequeña Gloria, protagonista del capítulo Robbie, con el cual se da inicio al libro. Ella, apenas una niña indefensa, crea una amistad con su robot, Robbie, el cual fue diseñado por la empresa U. S. Robots & Mechanical Men Inc. con la única encomienda de cuidarla.

Al ver un apego muy fuerte, sus padres, George y Grace Weston, hacen lo imposible por impedir esa relación, ya que desconfiaban y temían por su integridad, por el desarrollo de Gloria con otros seres humanos y cuestionaban un cariño tan desproporcionado y poco recíproco para la menor.

Más adelante, fui testigo de otras breves historias que desconocía por completo; lo mejor es que estaban ligadas entre sí, ya fuera con algunos personajes que permitían su continuidad o instituciones que perpetuaban la idea de un universo que se sostenía por sí mismo. A partir de entonces, me di cuenta que el libro no es una novela, sino una antología de relatos que su publicaron periódicamente en la revistas Super Science Stories y Astounding Science Fiction.        

En cada relato, el hilo conductor era el mismo. No necesariamente los robots, el avance de la tecnología o el triunfo de la racionalidad. Al contrario, lo constante era la mano del ser humano en la intervención de su propia historia. Hombres y mujeres artífices de máquinas, cuyo destino depende de lo que sólo ellos quieran decidir.

Para regular esto, Asimov propone tres leyes con el objetivo de dejar que los robots convivan y sirvan a la humanidad. Con estas tres condiciones logra tensar y exprimir paradojas que generan algunos cuestionamientos sobre el valor de un robot, lo que es éste al momento de crear a otro, su rol para permitir salvar o no una vida humana y su capacidad involuntaria para dañar a una persona de manera emocional.

Es el caso de Susan Calvin, “robopsicóloga” quien lleva a su cargo el futuro de la compañía. Estudiosa de la conducta de los robots, interpreta comportamientos anómalos en algunos de ellos, quienes han desarrollado inteligencias artificiales a partir de sus experiencias.

Tiene el reto de preservar a la humanidad con el simple dominio de las tres reglas y su puesta en práctica. A partir de entonces, desenmascara a un robot embustero, obligándolo a llegar a los límites de las reglas de la manera más astuta posible, como un abogado haciendo confesar a su culpable.

Estos cruces son dignos para dos cosas: para ser comparados con las historias de Sherlock Holmes o para dar ejemplos en una universidad sobre la teoría de juegos, corriente de las matemáticas que usa modelos de análisis complejos para entender el azar.

Sin embargo, lo que hace especial al destacado escritor estadounidense es su gusto por implementar ecuaciones y términos reales, que aunque a veces se vuelven inaccesibles y hacen que los diálogos parezcan sacados de un manual de computadora, provoca que sus seguidores sean auténticos fanáticos e incluso, sigan sus escenarios como inspiración para lo que se puede –y quiere– llegar a hacer en un futuro.

El libro es una reflexión humana no sobre la genialidad de la tecnología, sino sobre el oficio cotidiano a través de la psicología, la sociología, la antropología y, claro, la física –tópico de dominio del autor–, que nos cuestiona sobre la construcción de máquinas basadas en la idea más natural de ser humano y lo que significa ello en un espejismo visto sobre las consecuencias de crear.

Es una invitación sobria para pensar no sólo el futuro, sino también el presente, sin caer en falsas apologías, mesianismos, paraísos, utopías o apocalipsis. Y es justo ahí, en los debates éticos cotidianos, terrenales y humanos, donde radica su grandeza.

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