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Relato de una Jerusalén interior
Samuel Cortés comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura

La dura Jerusalén en permanente disputa territorial, entre un Israel sionista opresor, un imperio británico acostumbrado a distribuirse el mundo, un imperio otomano extendido por los siglos y desdibujado tras la Primera Guerra Mundial.

Una familia regular que crece con el medio siglo: un geólogo tradicional, buen mozo pero incapaz de la revoltura de la imaginación, que educa a un hijo en la pedante claridad de la categorización definida, contra lo que atentaría Julio Cortázar en su Rayuela (1963): “Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas”.

Un tradicionalismo que se cree facilitado para opinar qué y qué no debe ocurrir en el útero de una mujer de clase media que, recién casada, se compromete tácitamente a prevalecer la especie y las maneras de un judaísmo obligado a la brillantez, a la trascendencia, a la admiración de las grandiosidades visibles en solemnidades jerarquizadas.

Una paulatina transformación de la historia, una creciente hostilidad contra los árabes, una amenaza permanente de guerra en la ciudad sagrada para tres culturas propagadas por el mundo.

Y en esa vorágine de problemas, angustias, sofocos y frustraciones multifocales, la voz sólo aparentemente tenue de una mujer que tiene miedo de desecarse. “Cuando era pequeña tenía mucha capacidad de amar y ahora esa capacidad está muriendo. No quiero morir”, confiesa Jana, la esposa del brillante geólogo de carrera creciente Mijael y protagonista de la primera novela de Amos Oz.

Este 2018 Mi querido Mijael cumple 50 años de publicación. Una novela donde la profunda sensibilidad de Jana, irónica, hiriente, herida, acorralada en las imbecilidades de la normalidad, observa la vida pasar mientras una amargura la va royendo hasta el grito, hasta el extravío, hasta la árida lucidez embellecida por la alucinación.

Jana se angosta orillada a dejar sus estudios universitarios en literatura hebrea para parir al hijo de su promisorio marido, quien podría ceder cualquiera de sus disponibilidades para atender a su esposa: la económica, la física, la material, la temporal, pero nunca entender el mundo interior de esa mujer con la que duerme y a la que embaraza, a la que doméstica y gentilmente domina y anula.

Huérfanos ambos, se unen tempranamente en los años universitarios y luego van aprendiendo y desaprendiendo a soportarse mientras Jerusalén se reestructura, del dominio británico al choque persistente contra Palestina, a la promesa de alguna modernidad acompañada siempre de sus fealdades, hacia las indeterminaciones presuntamente posmodernas de 1960.

Jana se recupera en el relato de su vida a los 30 años, tras 10 de matrimonio donde han abundado los golpes de la vida, los hematomas de ser y las soledades a ultranza: ¿dónde cabe la poesía en este mundo, la fina comprensión de las realidades interiores y de las imprecisiones del lenguaje, la fina comprensión de que nada es definitivo y terminante? En ningún lado. En la frustración.

“Estoy tranquila. Nada volverá a afectarme. Este es mi lugar. Estoy aquí. Así. Los días son iguales. Yo soy la misma de siempre. Incluso con el vestido de verano de tallo alto que me he comprado soy la misma de siempre. Me prepararon con cuidado y me embalaron con un bonito papel y me ataron con una cinta roja y me pusieron sobre el estante, me compraron y me abrieron, me usaron y me dejaron. Los días son iguales, iguales. Sobre todo cuando es verano en Jerusalén”, dice una Jana no por tranquila y agazapada menos lúcida y abarcadora. Falsa moderación de un espíritu totalizante en su dolor y su placer, en su ensoñación.

“Pero no solo me quedan palabras. Aún tengo fuerzas para descorrer un gran cerrojo. Para abrir las puertas de hierro. Para dejar libres a dos hermanos gemelos que se deslizarán por la noche para atacar en mi nombre. Yo los induciré”.

El novelista Oz acierta de manera abrumadora en la descripción sutil de las profundidades de vivir en un mundo que duele y que no depara soluciones. Y se permite la transformadora poesía de observar en el seno de una civilización militarizada, distribuida, piramidal, indistinta, racional, despreciativa de la lengua acariciante. Donde sólo se puede vivir ampliamente en los rincones, en las imaginaciones no amordazadas. En el silencio creador.

“El grito de un pájaro […] Susurro de montes oscuros […] Luces de pueblos en la llanura […] Pedregales […] Deseos ocultos de grillos […] Ametralladoras cargadas, listas para abrir fuego. El brillo de un puñal afilado. Un gemido ahogado. Excitación. Frío de sudor salado. Flujo mudo […] Un baile de luces en el horizonte occidental. Jirones de ecos esparciéndose por las grutas de la montaña […] Sueño. El color violeta de la noche”.

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