Reyes, guerras, maldiciones y desamores

Siempre, desde niño, me apasionó la historia de los reyes europeos, pero en la adolescencia encontraba a veces aburridas las biografías históricas. Es por eso que cuando apareció por primera vez la saga Los Reyes Malditos, de Maurice Druon, a principios de la década de los ochenta, me sentí atrapado desde su primer volumen, titulado El Rey de Hierro.

Conocía con anterioridad las vidas de los monarcas más famosos, como los Reyes Católicos, Enrique VIII y sus seis esposas o María Antonieta. Pero esta saga me remontó años antes de la época en que vivieron estos reyes, al siglo XIV, a la lejana y oscura Edad Media. El Rey de Hierro es la historia de un rey implacable, de tres bellas y sensuales princesas adúlteras, de un joven ansioso de aventuras; es un relato impregnado de crímenes, de traiciones, de venenos, de hechicería y de la lucha por el poder, tan actual como si sucediera en estos tiempos.  En este libro conocí por primera vez al rey Felipe IV de Francia, apodado “el Hermoso” por su legendaria belleza. Ojo, no debe confundírsele con aquel otro “Felipe el Hermoso”, mucho más conocido, el flamenco que reinó en España, marido de Juana la Loca y padre de Carlos V de Alemania y I de España.

Durante el gobierno de este Felipe “el Hermoso”, hasta entonces tan desconocido para mí, a principios del siglo XIV, Francia era un reino poderoso, pero los franceses se morían de hambre.  El rey había logrado la unidad nacional y tenía el control absoluto sobre la nobleza y el clero, habiendo nombrado incluso un papa francés, Clemente V, y habiendo trasladado la sede del papado de Roma a la ciudad francesa de Aviñón, para mantenerlo bajo su total control.  Pero para lograr todo esto había necesitado dinero y para obtenerlo había gravado los bienes de la Iglesia, había expoliado a los judíos y había saqueado las arcas de los banqueros lombardos, además de practicar la alteración de la moneda. Los impuestos para el pueblo eran agobiantes lo que generaba ruina y hambre.

Sólo la poderosa Orden de los Caballeros del Temple había osado resistírsele. Esta orden era una organización militar, religiosa y financiera, que debía su poderío a las Cruzadas. La Corona y la Iglesia tenían una gran deuda económica con los templarios. Las finanzas del reino eran prácticamente controladas por ellos y tanto el rey como el papa temían su poder. Una campaña de desprestigio se inició contra ellos, hasta que en 1307, el papa Clemente V y el rey Felipe IV ordenaron la detención de Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Temple  y la de todos los otros caballeros templarios de Francia, bajo la acusación de sacrilegio contra la Santa Cruz, sodomía, herejía e idolatría. El anciano Molay fue torturado por el guardasellos real, Guillermo de Nogaret, y sólo así lograron que declarara y reconociera los cargos que se le imputaban, de los que después se retractó. Permaneció siete años encadenado en un calabozo.  Finalmente, el 18 de marzo de 1314, fue quemado vivo, en presencia del rey y sus tres hijos. Estando en la hoguera, el Gran Maestre conminó al papa Clemente, a Nogaret y al rey Felipe a comparecer ante Dios antes de un año y maldijo al rey hasta la decimotercera generación de su linaje. Es en este momento cuando comienza el apasionante relato histórico de Los Reyes Malditos, con su primer tomo El Rey de Hierro.

A lo largo de la historia, resaltan las figuras de Roberto de Artois y de su tía, la condesa Mahaut de Artois, parientes de Felipe “el Hermoso”, ambos en constante pugna por la posesión del condado de Artois. Los dos personajes, fuertes, gigantes, poderosos, dominan las intrigas y la política palaciegas, descritas y noveladas magistralmente por la pluma de Maurice Druon, miembro de la Academia Francesa. Es una novela con absoluto rigor histórico, apoyada en una vasta recopilación de documentos, en donde todos los personajes son reales.

A través de las páginas de El Rey de Hierro, veremos caer, víctimas de las disputas entre los Artois, así como de sus propios devaneos amorosos, a las tres nueras del rey, dos de ellas, Juana y Blanca, hijas de la condesa Mahaut, y la otra, la legendaria Margarita de Borgoña, su sobrina. Es Margarita la misma princesa que ya había inmortalizado Michel Zévaco en su novela La Torre de Nesle, en donde recibía a su amante y hacía de su marido, el heredero al trono de Francia, un cornudo. En El Rey de Hierro, leeremos de nuevo este relato, pero en un texto mucho más vigoroso y moderno que el de Zévaco. Conoceremos a un joven lombardo, Guccio Baglioni, cuya misión en Inglaterra tendrá consecuencias que le darán un giro irreversible a la historia de Francia. Veremos también como se cumple, dramáticamente y paso a paso, la maldición lanzada desde la hoguera por el Gran Maestre de los Templarios.

Leer los siete volúmenes de Los Reyes Malditos es una experiencia que cualquier amante de la historia debe vivir. En mi caso, la he repetido no menos de tres veces. Es un viaje fascinante a la oscura y misteriosa Europa medieval, lleno de rivalidades y conspiraciones, viajes y guerras, amores, desamores y aventuras, evasiones y persecuciones, relatadas de una manera tan real, que, al igual que a mí, te atrapará a ti, lector.

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