Roberto Bolaño, con la edad de siempre

Sentado en una silla de una vieja cafetería de Blanes, en España, o sudando el frío de la huida y el exilio en Chile, o en un cuarto de azotea en el centro de la Ciudad de México, Bolaño es una especie de recuerdos inexactos, o un fantasma que a unos se ha aparecido más nítidamente o más borroso. La diferencia, no lo sé, tiene que ver con el éxtasis.

“Yo creo que todos los escritores, incluso los más mediocres, han sentido, durante un segundo, la sombra de ese éxtasis. Sin duda el éxtasis no lo han sentido. El éxtasis tal cual quema. Y alguien que lo siente durante un segundo y luego retorna a su mediocridad existencial es evidente que no se ha metido en el éxtasis, porque el éxtasis es terrible. Es abrir los ojos ante algo que es difícil de nombrar y difícil de soportar.” Explica Roberto Bolaño durante la Feria Internacional del Libro de Chile, en 1999, en una de las últimas entrevistas que daría, tres años antes de morir.

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“Hoy me invitaron a formar parte del movimiento de liberación nacional de un país. Por supuesto acepté”, escribe en una carta Ernesto Che Guevara a su padre, días después de conocer a Fidel Castro en el Café La Habana de la Ciudad de México. El mismo café que Bolaño frecuentaría junto con los infrarrealistas, y que en la novela Los detectives salvajes aparece como Café Quito. A vuelta de portada, esta novela comienza así: “He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así.”

Para leer a Bolaño entre líneas, para reconocer las referencias a lugares, autores y personajes, uno necesita dos cosas, leer como Bolaño, o vivir como uno de sus personajes. Un temperamento atormentado, una inclinación al sufrimiento y el delirio; la vida llena de privaciones, el hambre: la epopeya.

García Madero es un muchacho huérfano, de 17 años, recién inscrito a la Facultad de Derecho. (“Yo no quería estudiar Derecho sino Letras.”) Su vocación —torcimiento, declive, proclividad son sinónimos correctos— a la literatura lo lleva al taller de poesía de la Facultad de Filosofía y Letras, y a conocer a los poetas Arturo Belano (álter ego de Roberto Bolaño) y a Ulises Lima (álter ego de Santiago Papasquiaro, mejor amigo de Bolaño, olvidado poeta), quienes invitan a García Madero a unirse a las filas del real visceralismo (mitad seudónimo del infrarrealismo, mitad caricatura de las vanguardias, particularmente del surrealismo de Bretón).

Lo que viene después es el camino iniciático del poeta adolescente. Sus primeros textos, su descubrimiento del mundo literario, su aprendizaje poético. O su primera relación sexual, su acercamiento a las drogas —ciertas drogas—, sus historias con prostitutas —que se describe con más profundidad en su poemario Los perros románticos—. La trama es una radiografía del mundo literario, del contexto social y un mapa del centro de la ciudad. Y de la vida bohemia, exaltada y desbocada. Las mismas calles que hemos caminado tantas veces no son las mismas después de Bolaño.

La trama, que es profundamente autobiográfica, tiene la solvencia y redondez de un chisme de amigos: no le sobra nada, todo cumple una función orgánica. Lupe, la prostituta, termina por desencadenar la huida de “los detectives” en un Chevrolet Impala hacia el desierto mexicano en busca de Cesárea Tinajero, una poeta que abandona el estridentismo para fundar el real visceralismo y de quien nadie conoce su paradero.

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En 1998, por decisión unánime del jurado, Los detectives salvajes ganó el Premio Herralde de Novela (Editorial Anagrama). Roberto Bolaño llevaba un par de años enfermo de una patología hepática congénita y estaba esperando un trasplante de hígado (que nunca llegó), pero su carrera se estaba catapultando en las principales capitales iberoamericanas. Al año siguiente ganaría el prestigioso Premio Rómulo Gallegos, bastión de los autores latinoamericanos pero que había comenzado a dar apertura a iberoamericanos. El jurado eligió casi con unanimidad la novela del chileno, excepto por la mexicana Ángeles Mastretta, quien votó en contra.

De la vida y de la obra de Roberto Bolaño se ha escrito mucho y se ha hablado de todo. Se ha traducido a muchas lenguas y muchas horas de entrevistas se han grabado alrededor de sus más cercanos. Se dice incluso que de libros póstumos como 2666 algunos lectores pagaron por tener antes que nadie copia de su primera versión. Pero hoy el cambio de editorial (de Anagrama a Alfaguara) ha provocado un silencio ensordecedor que solamente ha sido interrumpido por la viuda y heredera de Bolaño, Carolina López, el editor Jorge Herralde, y el crítico literario y cercano a Bolaño, Ignacio Echevarría. La polémica es hoy por el lanzamiento de El espíritu de la ciencia-ficción (Alfaguara), una suerte de primera versión terminada de Los detectives salvajes y de la que Bolaño no dejó una instrucción precisa pero sí tres cuadernos: uno con anotaciones, otro con el primer borrador y finalmente la versión termina.

Del éxtasis de la vida y la literatura hoy se habla poco o menos. Se recuerda a veces que Bolaño era escritor, y de los menos frívolos. Parece haber un cierto temor a no decir con arrogancia que era un autor de adolescencia; y, sobre todo, hay dos polos opuestos: la feligresía y los detractores, que han pasado de menos a más y viceversa. Y un tercer grupo formado por miembros de ambas facciones: los desencantados. Porque de Bolaño nos gusta su rebeldía, su conflicto contra Paz, su desconfianza del statu quo. Pero también, y cada día más, nos aleja su casi impoluto nombre, su silla a la derecha del padre.

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