Sin lugar para los débiles

¿Sabes cómo va a terminar esto, verdad? le pregunta, al otro lado del auricular, Anton Chigurh a Llewelyn Moss. Éste, el segundo, lo sabe: no hay manera de parar lo que ha provocado. No hay forma de cambiar los pasos que dio por el sinuoso y hasta ese momento aterrador camino de su vida. Moss lo sabe y aun así decide enfrentarse a ese inevitable y fatal destino: reta a su interlocutor diciéndole: no tendrás que buscarme, serás mi misión especial.

No es país para viejos, sin embargo, no se trata de dinero, como pudiera parecer en un principio. No es una historia de criminales, de narcos que se buscan entre sí para cobrar venganza o la desaparición de dos millones de dólares. No, no es tan sencillo. Se trata de una historia de principios éticos. De valentía. Ignoro quién tituló como a esta entrada a la versión cinematográfica de este libro (hecha por los hermanos Coen), pero no se equivocó del todo: nuestro mundo, el de hoy, no es lugar para los débiles.

Ya lo diría Javier Bardem (quien interpreta a Chigurh en la cinta): se necesita valentía para leer a Cormac McCarthy. Es así. Pues abonando a este punto, Josh Brolin (quien interpreta a Moss) sugiere que el personaje central, el de Bardem, es la personificación del diablo. Invencible, la maldad vuelta hombre. La violencia que no tiene explicación, la más brutal. La más aterradora.

(Antes de continuar quisiera aclarar que esta reseña no busca comparar a la cinta con el texto. Estoy de acuerdo con Tommy Lee Jones (el sheriff Bell), pues pareciera que el libro fue escrito para ser un guion, el guion de una gran película. Así que de tajo discrepo de quienes consideran menor aquella literatura que puede adaptarse al cine.)

Tampoco es este un lugar para los viejos si hacemos caso al título original, y si miramos a nuestro alrededor. Es probable que algunos de los valores morales que nos enseñaron en la primaria, y en casa, cuando éramos niños, sirvieran de algo hace unos años. Hoy no tanto, y quizá porque se han perdido en esa negrura de la que hablo, y en la que habito. Hoy vivimos –no sólo Estados Unidos lo vive– un entorno dramático donde sólo quien asesina lleva a cabo aquello en lo que cree. En lo que siente y de lo que está convencido.

Como dije, basta mirar a nuestro alrededor y descubriremos el caos. Hombres son desollados y sus fotos puestas en la red, otros apuntan con sus armas a bebés,  otros más asesinan a jóvenes y los descuartizan sin razón alguna, o aparente. Apenas hay ligeros destellos de luz en todo esto a lo que nos hemos empeñado en llamar vida, ligeros destellos provocados por algunas personas. No sé, se me ocurre la mujer de aquel hombre cuyo rostro fue destrozado, y aun así, y pese a la pregunta del forense (¿está segura de que quiere verlo?), la mujer observa a su hombre y lo reconoce por su ropa y por ciertos rasgos que sólo quien ama es capaz de ver.

Es, como reflexiona Bell, un mundo que empezamos a desconocer, habitado por fuerzas y seres inconcebibles. Una nueva clase de humanos, dice. Y en este mundo habitan hombres como Moss, quienes son capaces de enfrentar al diablo mismo, sin pensar en las consecuencias que ya están escritas. No hay nada que perder cuando todo está perdido. Ni nada que ver cuando la oscuridad es tan densa y abrumadora como lo es ahora. Cormac McCarthy lo sabe y lo escribe como ningún otro. Lleva la violencia al límite donde ésta es capaz de morderse la cola, y persistir.

Confieso que a partir de la lectura de este libro mi fanatismo hacia este autor (del que celebro que no se haya ganado el Nobel) aumentó en un porcentaje que no he descubierto aún. Y me hizo ver de otra manera que aquellas pequeñas cosas que a veces estamos dispuestos a hacer (dime, le dice Chigurh a Wells antes de matarlo, si los valores que has seguido en tu vida te llevaron hasta aquí, ¿de qué sirvieron esos valores?) pueden desencadenar la peor de las catástrofes, y brindarnos un final digno del más profundo infierno.

Por Samuel Segura

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