Sobre la maternidad, siendo artista

Introducir el tema de la maternidad en el campo de la creación artística resulta ser algo así como introducir una bomba en una escena cinematográfica. Tarde o temprano, al menos que llegue deus ex machina un técnico que sepa desarmarla, va a estallar. No sé si pueda yo misma detener la explosión. Resulta que, además de reproducirnos, de resolver el día a día, de postergar la vocación creativa con tal de que salgan adelante nuestros hijos, las madres artistas debemos desactivar esa anomalía que somos, aquella bomba interna que acompaña al reloj biológico, dado que crear arte y crear seres humanos son estados incendiarios que teóricamente no pueden coexistir sin provocar una tremebunda reacción en cadena. La maternidad apaciguada es algo que retratan los hombres; cuando nosotras nos ocupamos del tema, salen engendros de los que produce el sueño de la razón, como por ejemplo las arañas de Louise Bourgeois.

Todo eso lo sabía yo perfectamente a la hora de convertirme en madre biológica de dos hijos únicos, con nueve años de diferencia entre ellos. Los dos fueron planeados, aunque en cierto nivel los hijos nunca pueden planearse cabalmente. Los dos han sido amados con locura en cada instante de sus vidas, a pesar de la cordura con la cual he procurado criarlos. Los dos tienen un padre que, a pesar de las apariencias, estaba destinado a fallarles emocional, monetaria y geográficamente. Luego, gracias a un segundo matrimonio, me haría de otros tres hijos, ahora sí totalmente imprevistos y sin embargo amados con esa misma locura materna, aunque no haya contribuido yo personalmente a su llegada al mundo.

(Paréntesis: no conozco a ninguna autora que haya abandonado emocional, monetaria o geográficamente a sus hijos que se vanaglorie de su maternidad en los medios. En cambio, entre los hombres que escriben, parece ser un lugar común. O más bien, una sinécdoque: cambian un pañal, y es como si hubieran cambiado todos los pañales hasta en las circunstancias más diarreicas. Pagan un viaje, y es como si hubieran pagado todas las colegiaturas, comidas, vacunas, zapatos, lecciones de natación, etcétera. Y es que la literatura contemporánea se nutre de esa hipérbole, de esos medios intentos, de esos fracasos –mucho menos, del mundano aportar día a día a la producción y posproducción de un ser humano sin esperar nada a cambio, de aquella abnegación biológica de las madres que es un caso anti-darwiniano ya bastante sobado. No hay quien nos entienda, más que nosotras mismas. Y claro, no hablo por todas nosotras: nada garantiza que las madres tengan vocación de madre –aunque felizmente, ha sido mi caso. Mis cinco hijos son esa vida que está en otra parte.)

Tradicionalmente, la maternidad y el arte están peleados: la primera decisión que debe tomarse a la hora de dedicarse al arte es la de no reproducirse, se supone, si es que una mujer quiere llegar a ser una gran artista. Quizás es con esa tradición con la que debemos romper. En lo personal, insólitamente, no puedo imaginarme ser la que he llegado a ser sin el componente para mí glorioso de la maternidad. Claro, no es tan estrafalario el impedimento en términos pragmáticos: las madres no podemos confiar en que alguien más que nosotras vaya a recoger al hijo de la escuela, o suspender la invitación de acudir a una feria de libro si es que se enferma; las madres no podemos ausentarnos un mes cualquier para andar en una residencia de artistas del índole que sea, a menos que dispongamos de esa rara avis: un pareja que esté dispuesta a entrar al quite en todos los niveles, sin cobrar la factura después. Mientras tanto, se da por hecho que la madre va a entrar al quite: mi WhatsApp está atiborrada de las nefastas consecuencias de suponer, casada o divorciada, que la paternidad logre ese nivel.

Dicho lo cual, yo, en lo personal, no cambiaría nada. La vida es más larga de lo que parece, y sigo esperando ilusoriamente aquella “residencia” que me permita escribir y pintar en mi propia residencia, para que pueda gozar plenamente de ese gran estorbo a mi creación que es creación mía, que tanto me inspira, que me hace sentir que la existencia vale la pena.

Me he quejado de algunos lugares comunes. Obviamente, tengo a mi alrededor a muchas anomalías masculinas. Amo a los hombres: soy coautora de dos de ellos y amante de uno. Y además, he visto cómo ese amante, mi esposo, ha cuidado diariamente de todos sus hijos e hijastros, cómo vela porque no les falte ni un oído ni una mano, cómo su máxima dicha es cocinar para ellos, ya adultos, todos los domingos que pueda. (Paréntesis: curiosamente, siendo tan buen padre, él no se jacta en los medios de lo buen padre que es.)

Tampoco me jacto aquí de ser una buena madre. Tampoco de ser una buena pintora, o una buena poeta. Simplemente me dedico a todas estas vocaciones de igual manera: con mucho esfuerzo y con mucho amor.

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1 Comment

  • Buen texto, querida Tanya. Muy certero y sincero también. Acerca del paréntesis: no es exclusivo de los escritores jactarse de su paternidad en todos los medios posibles, lo he visto en cineastas y otros oficios afines.

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