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Tertulianos, contertulios y culinaria (sin albur)
Ramón Córdoba comment 0 Comentarios access_time 3 min de lectura

Hubo un tiempo en que las tertulias, literarias o no, fueron célebres y asentaron sus reales en lugares que, a la larga, se beneficiaron de la fama que tales encuentros les dieron, y a veces en magnitudes legendarias que perduran hasta hoy; entre ellos varios cafés y restoranes. Están, por ejemplo, el Café Gijón en Madrid y el Café de Flore en París, en torno a cuyas mesas se reunieron pintores, escritores, filósofos y en general personas pensantes, inquietas, creativas, muchas de las cuales forman parte de los héroes que nos dieron patria: Apollinaire, Cela, Hemingway, Beauvoir, Pérez Galdós, Bolaño, Capote, Picasso, Welles (Orson), Sartre, Bataille, Morrison (Jim)…

Jean-Paul Sarte, Simone de Beauvoir , Michelle y Boris Vian
en el café de Flore, París, 1949.

Imagine quien ha leído hasta aquí que ha concertado una hora de llegada a un lugar así, a sabiendas de que la hora de la cita es elástica (aunque a veces la puntualidad logre imperar) y la hora de salida será siempre un misterio que dependerá tan sólo de la calidad de ese arte que va perdiéndose pero se sigue llamando conversación (“la única embriaguez”, diría Oscar Wilde, otro famoso tertuliano). Para muchos de nosotros, el tiempo entre la llegada y la salida es ya el Paraíso, por fortuna laico: sin dios, sin ángeles, sin eternidad. Sólo el reino de las ideas, de la palabra; sólo amigos, cofrades, cómplices y personas que, más temprano que tarde, seguramente se convertirán en eso mismo.

En estas latitudes también hubo (y persisten) lugares así, como el cuasi mitológico Café de Nadie, núcleo de los poetas estridentistas, el Café La Habana, que frecuentaron Roberto Bolaño y Octavio Paz, y la cantina La Ópera, donde se reunía la Mafia conformada por Fernando Benítez, Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y Carlos Monsiváis (incluso hay foto gugleable de uno de sus encuentros). Todos fueron dignos de la denominación topus uranus: lugar de las ideas perfectas; lugar más allá de los cielos. Todos (¡ah, el tiempo inexorable, que todo lo cambia!) mutaron.

Fernando Benítez, Carlos Fuentes, José Luis Cuevas y Carlos Monsiváis en  La Ópera, 1965. Foto Héctor García.

Pero entiéndase: esta no es una diatriba que suspire por mirar el futuro con la nuca y rematar con la pinchurrientísima frase “todo tiempo pasado fue mejor”, no. Es tan sólo una mínima evocación de otros tiempos… y una incitación a recuperar ese espíritu. Seamos de nuevo contertulios, tertulianos, gente que discute ideas y sabe conversar, gente que cuenta cosas con gusto y hasta con pasión. Gente con dos orejas y una boca, consciente de que debe escuchar el doble de lo que habla. Les propongo algunos sitios (y conste que no me pagan publicidad): La Ópera, con sus caracoles en adobo y su afamado (y probablemente ficticio) balazo de Pancho Villa incrustado en el techo; la Cafebrería El Péndulo, con su asombroso menú con platillos que se llaman como escritores; la librería Gandhi original, con su exprés y su ajedrez (ya sé que rima, no estén jodiendo) y, para los más audaces, el Salón Berlín, en Fuerte Apache, Iztapalapa, con su carne a la tártara (pídanla sin chile si son como Maruan Soto, a quien le puso coloradas las orejas). Ahí nos veremos. (Y si no, ustedes se lo pierden: sigan tuiteando, juatsapeando y feisbukeando, que aquí no se censura a nadie.)

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