Todas las familias felices

Carlos Fuentes es un afamado escritor que encontró en México una razón para escribir: contar la Historia con historias. Una vez consolidado como un referente de la literatura iberoamericana, en 2006 publicó su libro Todas las familias felices, una compilación de breves narraciones sobre la familia que, sin duda, lo pone a competir contra sí mismo. Esclavo de sus palabras, es imposible no compararlo con su destacada obra previa.

Fuentes vuelve en esta novela con una visión madura y convencida del México que heredó de Samuel Ramos, Octavio Paz y Fernando Benítez. Una crónica del país con decepciones políticas y la idea de un mexicano humilde, desafortunado y víctima de su pasado.

Para el tema de la familia retoma la premisa de Tolstoi escrita en Anna Karenina: “Todas las familias se asemejan, cada familia infeliz lo es a su manera”. El ganador del premio Príncipe de Asturias irrumpe el concepto burgués de felicidad en la familia y se convierte en un meticuloso detective de la condición crítica de quien pertenece a una.

Por otra parte, se lee en Fuentes una adaptación a la tecnología (aunque en vida siempre reconoció escribir con bolígrafo y papel). Se percibe una confrontación a la televisión y a la religión como aparatos ideológicos, pues son éstos, según el autor, motivos de gran influencia en la conducta de las familias: la religión como fundación de un núcleo supuestamente sólido y la televisión como un fiel acompañante ante el silencio de sus integrantes.

Para Fuentes, cada familia recoge una porción de México. En sus 16 narraciones, cada una representa una situación particular: una clase social, un síntoma de misoginia, el nepotismo, la violencia, el cinismo laboral, el desprecio, la pobreza, la riqueza, el amor, el desamor, la frustración, la soledad, la vejez, la nostalgia.

Ante cada narración plasmó un número igual de coros que retratan las bajezas más crueles de la familia: niñas de la calle abortando, compadres machistas muriendo antes que dejar perder un poco de su virilidad, familias por y en drogas que reclutan a más integrantes, y la incapacidad de divorciarse por preferir un infierno interno que la etiqueta del qué dirán.

Es un espejo pero también un reflejo sincero y frío. Es un autor oscuro —no en un sentido negativo—, comprometido en ejercer su derecho por la empatía de la crueldad y la desesperación ajena, aunque pocos se refieren a Fuentes como un autor que también sabe hablar sobre la locura. Se mete en lo íntimo de una familia, una pareja, los hijos y sus expectativas rotas e incómodas como las propias y distantes.

Con su característico estilo, escrudiña la historia e impone nociones contemporáneas. Continúan los reclamos por la Guerra Cristera, por un partido en el poder más de 71 años y por una falsa transición. Su estrategia es clara al declarar en alguna de sus presentaciones, citando a Óscar Wilde, que “el pesimismo es optimismo bien informado”.

Carlos Fuentes fue bien conocido por hablar sobre la Revolución y las concomitancias históricas vertidas en el devenir nacional. También por incorporar palabras en francés e inglés a su vocabulario. Es reconocido por su labor descriptiva y por enmarcar volcanes, calles, indígenas y políticos. Es decir, es un escritor profundo sobre México. Fue consciente de sus conflictos y malestares extendidos hasta sus fronteras y pueblos subyugados y humillados.

Como literato responsable con su labor, reafirmó sus tendencias surrealistas al proponer diálogos invisibles y sordos, exclusivos para quien decida escuchar.

De los felices contrastes de la noche de bodas,

la pareja fue pasando a la convicción

jamás dicha de que para quererse no hay que hablar de amor.

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