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Distopía: el futuro siempre ha estado en el presente. Tres clásicos de la ciencia ficción
Ariel Rosales comment 0 Comentarios access_time 8 min de lectura

Tres clásicos de la ciencia ficción

Por Ariel Rosales

Dentro de la ciencia ficción hay muchos clásicos, quizá demasiados, por lo que esta vez se reduce el campo a tres novelas que exploran el tema esencial de la distopía o antiutopía. Sus autores tienen como característica común el haber desarrollado una trayectoria sobresaliente dentro de la literatura culta; dos de ellos, Huxley y Orwell, son reconocidos, de forma unánime, entre los mejores escritores del siglo pasado.

1. Nosotros, Yevgueni I. Zamiatin, Cátedra, 2011, 320 pp.

Nosotros (1920) de Yevgueni I. Zamiatin es un libro ruso insólito y enteramente subversivo para la época y la realidad política donde fue gestado: la naciente Unión Soviética. Publicado por primera vez en Inglaterra y luego en Francia en 1929, estuvo prohibido en territorio soviético hasta la década de los ochenta. Contra viento y marea, Nosotros ha terminado por imponerse como el protomodelo distópico del siglo XX, quizás insuperable.

Zamiatin imagina su novela a partir de lo que está viviendo: la dictadura del proletariado. Es una extrapolación que quizás a sus primeros lectores les pudo parecer desmesurada, pero el tiempo demostró que contenía una certera advertencia.

El protagonista, D-503 (en vez de nombre los ciudadanos tienen letra con número), es un miembro común del sistema totalitario empaquetado dentro de la Ciudad de Cristal, completamente rodeada por el Muro Verde. La idea del muro protector ensalzada en la novela revela, muy a nuestro pesar, su actualidad indiscutible: “¡Oh, sabiduría inmensa, divinamente constructora de barreras! Creo que el Muro es la invención más importante de la humanidad: el hombre solamente ha podido ser una criatura civilizada al levantarse el primer Muro.”

El viaje interior de D-503 tiene mucho de kafkiano, así como las situaciones tremendamente enajenantes que genera el Estado Único. Aunque las barreras matemáticas que ha erigido el sistema dentro de la mente del protagonista se tambalean cuando se enamora de una rebelde, porque a pesar de todo hay quienes intentan la Revolución. Sin embargo, no existe salida alguna y la rebelión es conjurada. En este caso se produce “la extirpación de la fantasía” y con ello: “¡La razón ha de vencer!”, última frase de este hermoso y sombrío libro, como conviene a las auténticas distopías.

Hay varias ediciones en español de Nosotros, entre las que destaca la de Cátedra, asequible en cadenas de librerías.

2. Un mundo feliz, Aldous Huxley, Debolsillo, 2016, 256 pp.

Kurt Vonnegut Jr., escritor de ciencia ficción “renegado” –como él mismo se calificaba–, reconoció en una entrevista que para escribir su primera novela (La pianola) “se había inspirado felizmente” en El mundo feliz (1932) de Aldous Huxley, quien a su vez “se había inspirado felizmente” en Nosotros de Zamiatin. Así que no hay duda de que la novela fundacional de la distopía totalitaria fue la rusa. Y sólo doce años después, el brillante escritor británico –quien con Contrapunto (1928) había ganado un lugar de privilegio en las letras inglesas– sorprende a todo el mundo al incursionar en este tipo de ficción bajo la influencia de Zamiatin.

El título de Un mundo feliz (Brave New World) proviene de un parlamento de La tempestad de Shakespeare, pronunciado por Miranda, la hija de Próspero, cuando entra en contacto con otros humanos: “¡Cuán bella es la humanidad! Oh mundo feliz, en el que vive gente así”. Y no sólo se trata del título: para John el Salvaje, uno de los protagonistas principales, las obras de Shakespeare significan el mayor descubrimiento de su vida, condenada a la tragedia a causa de su origen étnico.

Huxley extrapola la sociedad capitalista de consumo –prácticamente impuesta desde el inicio de la década de los treinta– hacia un futuro más o menos remoto, imaginando una dictadura totalitaria de índole farmacológica. La droga administrada a los ciudadanos es el soma (término sánscrito que en los Vedas designa al brebaje sagrado). Desde antes de nacer, y después en la cuna, los miembros de esta sociedad están controlados químicamente. Puede decirse que adelantándose a su época, Huxley prefiguró el control social a través de la ingeniería genética.

El resultado de esta manipulación es un nuevo sistema de castas que va de “Alpha” a “Epsilón”. Y dentro de este marco ficcional Huxley pone en movimiento todo su talento narrativo para construir una apasionante historia de aventuras, en la cual se verán envueltos los personajes principales: además del trágico salvaje ya mencionado, está un hombre “alpha-más”, Bernardo Marx (en clara alusión al filósofo) y una mujer “betha-más”, Lenina Crowne (cuyo nombre de pila alude al líder soviético). La trama tiene todos los elementos que propician una lectura absorbente, aunque en el fondo son las ideas las que soportan todo el andamiaje.

Novela de fascinante complejidad, pletórica de acción y conocimiento, Un mundo feliz es a un mismo tiempo crítica y sátira demoledoras. Pero además, y esto tal vez destaca como lo más importante, es la obra maestra de un genio del arte narrativo.

Al final de su vida, luego de sus experiencias con alucinógenos –registradas en dos libros de no ficción: La puertas de la percepción (1954) y Cielo e infierno (1956)–, Huxley incursionó de nuevo en la narrativa de anticipación, sólo que esta vez decidió crear una utopía: La isla (1962), novela luminosa y plena de confianza en la humanidad que puede juzgarse como la contrapartida de Un mundo feliz. La verdad es que ambas resultan complementarias y constituyen su máximo legado a los lectores del género.

3. 1984, George Orwell, Lumen, 2017, 408 pp. (con prólogo de Umberto Eco y epílogo de Thomas Pynchon).

“Novela política de ficción distópica”, así se clasifica a 1984 (1949) en esta era dominada por los metadatos. Y es adecuado, porque al igual que Zamiatin y Huxley, George Orwell supo entender lo que estaba sucediendo en el presente y cómo todo ello podría extrapolarse hacia el futuro. Hacia el fatídico año de 1984, aunque ahora sabemos que la elección del título fue casi casual: a última hora Orwell invirtió los dos últimos números del año en que terminó la novela, 48 por 84. En el prólogo de Umberto Eco a 1984, el filósofo y narrador italiano explica así la intención del autor: “Orwell buscaba un futuro lo suficientemente lejano para poder situar en él una historia que hoy en día calificaríamos de ciencia ficción o, mejor aún, una utopía negativa, pero suficientemente cercano para que se cumplieran los temores que verdaderamente le inquietaban, es decir, que antes o después realmente tuviese que suceder algo semejante”.

Pero llegó el año predestinado que, quiérase o no, estaba instalado en el imaginario colectivo y no vimos por ningún lado a la Policía del Pensamiento, al Ministerio de la Verdad ni al del Amor (instituciones creadas por el Partido totalitario que en la novela domina a la sociedad de Oceanía). Y no fue sino hasta el año 2000 que se estrenó el famoso reality show de la TV internacional que llevaría el nombre orwelliano de Big Brother.

Independientemente de cualquier expectativa, seria o trivial, Eco subraya la importancia de 1984 de este modo: “El terrible libro de Orwell ha marcado nuestro tiempo, le ha proporcionado una imagen obsesiva, la amenaza de un milenio recién iniciado, y diciendo ‘vendrá un día…’ nos ha implicado a todos en la espera de ese día, sin permitirnos tomar la distancia psicológica necesaria para preguntarnos si el 1984 no ha ocurrido hace ya tiempo”.

Un reciente comentario (23/05/2018) de Jean Seaton en BBC Mundo le confiere la razón a Umberto Eco: “Leer 1984 todavía produce impacto. En primer lugar porque reconocemos lo que describe […] El doble pensamiento, mantener dos ideas contradictorias al mismo tiempo […] hoy podemos hacer una lectura diferente de la novela, con una aprehensión ansiosa y utilizando la obra para medir hasta qué punto nosotros, nuestras naciones y el mundo nos hemos situado en la carretera al infierno que describió el escritor británico.”

Sin embargo, más allá de lo político –¿es posible trascender dicho plano?–, 1984 entraña una experiencia de lectura memorable.

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