Tristeza de la verdad. André Gide regresa de Rusia*

En mayo de 1990, al pie de las murallas del Kremlin, sobre la Plaza Roja, presencié asombrado el imponente desfile militar de La Victoria. Sería el último de un régimen a punto de morir. Las imágenes de esa mañana, sumadas a las muchas que tendría en las siguientes semanas de un viaje maravilloso, revelador, me hicieron sentir con qué profundidad cruel la lógica de la guerra —esa razón de Estado que no admite tolerancias— impregna tradicionalmente a la sociedad soviética. Sobre la belleza terrible, belleza romántica, desbordada, del país, de su gente y de su arte, cae esa sombra absoluta que a cualquiera llena de melancolía. La misma melancolía que, en 1936, impregnó al apasionado escritor André Gide, a pesar de que iba deseoso de encontrar en la URSS a la más libre y luminosa de las sociedades.

Presenciamos el desfile a escasos diez metros del estrado principal, parte superior del Mausoleo de Lenin, donde Gorbachov por un lado y los principales jefes militares por el otro presidían la marcha triunfal del ejército. Seguramente entre esos mismos generales estaban algunos de los que llevarían a cabo el golpe de Estado contra Gorbachov 15 meses más tarde, el 19 de agosto de 1991. Los líderes de la Perestroika y los ásperos generales, sumados a otros líderes tradicionalistas de la élite soviética, compartían el mismo estrado en el que, más de cincuenta años antes André Gide estuvo al lado de Stalin, como lo muestran las fotografías de entonces.

En la sombra, el agente Putin ya preparaba su proyecto de restauración de la autocracia. El desfile era imponente y pretendía ser intimidante. Las armas y los ejércitos conjugaban lo gigantesco queriendo significar lo grandioso. Los signos del poder desde los ejércitos romanos, revitalizados tanto por la Alemania nazi como por la Rusia estalinista, se daban cita ante nuestros ojos. Militares a paso de ganso y carros alegóricos con una estética de realismo socialista hablaban de algo muy viejo, uniformizante y en gran parte repulsivo.

Siempre es triste ver desfilar a uno de los ejércitos más ricos del mundo, rodeado y admirado por uno de los pueblos donde la pobreza es más generalizada. Si alguien visitaba un país así y regresaba al suyo deseando que el mismo sistema social se implantara en su propia nación, se trataba sin duda de alguien que se identificaba, no con el común de la gente sino con la clase gobernante de Rusia, cuyo bienestar es infinitamente superior al de la mayoría de los habitantes. A mediados de los treinta, a diferencia de otros escritores que fueron invitados entonces a la Unión Soviética, Gide no se identificó con los grandes privilegiados. Contó lo que era su verdad y fue víctima del descontento de los creyentes de que en Rusia ya se construía el paraíso.

Este libro cuenta la historia de cómo se construyó, en la mente y los actos de uno de los escritores más brillantes del siglo XX, esa fe ciega en una utopía. Cuenta cómo se rompió esa obstinada certeza y cómo, al confesar públicamente su desencanto, desafió la intolerancia de quienes lo rodeaban. Es la aventura de un hombre de buena fe en las aguas heladas de la intolerancia y de la fe política. Escrito al borde de la caída del régimen soviético, justo cuando Gorbachov impulsaba su proyecto de reformas económicas, su Perestroika y su nueva transparencia política o Glásnost. Y el Muro de Berlín apenas había caído. Pero varios lustros después los mecanismos de intolerancia y fe obstinada siguen vivos. Sus energías y aberraciones renacen cada vez que una dictadura o un político del signo que sea, aunque tenga un leve barniz redentor o reformador, moviliza la opinión de interesados e inocentes en nombre de una utopía, de un cambio.

Algunos años después de que se publicó este libro surgió uno escrito por François Furet, El pasado de una ilusión, que analiza muy ampliamente la ilusión del siglo XX, la pasión que encendió en el cuerpo de los humanos la necesidad de creer con intolerancia y pensar sin reflexión. La ilusión que justifica incluso el asesinato en nombre de un futuro colectivo utópico. Furet hace la anatomía tanto de la ilusión comunista como de la ilusión nazi, sin igualar sus sueños, igualando su sed de sangre, su justificación de la violencia de todo tipo. Es el contexto en el que la historia de Gide se desarrolla y que, aun caída la Unión Soviética, mantiene su sed viva. De la extrema derecha racista en los Estados Unidos hasta el yihadismo pasando por los regímenes autoritarios o golpistas en América Latina. La ilusión justificadora, la mezcla de terror e inocencia sigue siendo cotidiana y resistirla en todas sus dimensiones, historias y contextos sigue siendo requisito de supervivencia.

La historia de Gide, en su dimensión de creyente apasionado que en cierto momento se atreve a tomar distancia de sus ilusiones, sigue reencarnando esencialmente en muy variados avatares. Otra dimensión, complementaria de la anterior, en la historia de Gide es la de los aparatos de manipulación que fueron movilizados por Stalin para inventar la figura del intelectual comprometido, del enemigo del fascismo que necesariamente debe sostener al dictador progresista. El conformismo de izquierda.

El libro de Stephen Koch de 1994, El fin de la inocencia: Willi Münzenberg y la seducción de los intelectuales, enriquece sin contradecir los testimonios que sobre ese personaje clave y sus misiones incluí en este ensayo. En esta historia no todo es manipulación ni todo es inocencia. La complejidad que traté de insinuar aquí, de una realidad candente, se ha ido mostrando cada día más ruda y cruel, menos sutil. A los cien años de la toma de poder de los bolcheviques y casi veinte de la caída del sueño que encarnaron, los archivos se han abierto, las historias se han multiplicado mostrando sus peores ángulos. Las matanzas e injusticias tuvieron una dimensión muy superior a la que ya se sabía. Sólo quien se tape los oídos y los ojos puede argumentar lo contrario. Pero el negacionismo existe, el pensamiento estalinista o el pensamiento nazi reencarnan en universidades y en estratos políticos dogmáticos. La historia de Gide sigue viva.

* Este texto es la Introducción a la obra del mismo nombre publicada en Debolsillo en fecha reciente.

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