Un mundo feliz y seis puntos para dominar el planeta

«Prefiero ser yo mismo, yo y desdichado, antes que cualquier otro y alegre.»
Un mundo feliz, Aldous Huxley

Una novela me marcó cuando era niña, y aún hoy me hace pensar. No se trató de una historia infantil, ni mucho menos. En mi casa, además de libros de historia, medicina y algunas novelas de aventuras (como Colmillo blanco de Jack London o Miguel Strogoff de Julio Verne) había otro libro que, quién sabe por qué circunstancias, terminó en mis manos: Un mundo feliz de Aldous Huxley.

Aquel libro llevaba tiempo en el estante: sus hojas estaban amarillentas y había acumulado polvo. No recuerdo un libro anterior que me haya atrapado tan rápido; tampoco haberme sumergido con tanto terror en un mundo futuro que se me antojaba verdadero —después de todo aquel revuelo por la famosa oveja Dolly, la idea de los niños in vitro no resultaba alejada de la realidad—. Y recuerdo haberlo terminado con una sensación de vacío y un miedo de verdad, que hasta la fecha no ha podido superar ninguna historia de terror.

Ahora, mientras las ventas de los relatos distópicos proliferan—una respuesta de los lectores ante un panorama futuro cada vez más desolador, donde entre las esferas del poder hacen acto de presencia figuras que atentan contra todo aquello que representa la lucha por los derechos humanos—, este libro se nos antoja cercano al mundo que habitamos o hacia el que nos dirigimos.

En Un mundo feliz, tras una terrible guerra, todo ha sido reorganizado y es dirigido por un Estado Mundial. Dividido en diez zonas de seguridad, cuyas periferias son habitadas por “salvajes”; la guerra y el hambre han sido erradicadas y la felicidad es el fin último de cada individuo. ¿Por qué un mundo que suena tan utópico puede ser tan escalofriante?

Estos son los principios que el Estado Mundial utilizó para la construcción del nuevo orden en apariencia perfecto:

  1. Si planea dominar el mundo, hágalo después de una guerra mundial o de una terrible crisis. Casi siempre funciona vender la idea de que su gobierno será el salvador: si quiere dominar el planeta entero y establecer un Estado Mundial, debe hacer que la gente vea en su proyecto, al fin, la llegada de la paz.
  2. Censure todo lo que no le convenga. Cierre museos, termine con la literatura y destruya monumentos. Sólo lo nuevo, lo que se produzca en su tiempo y bajo su mandato, será lo bello.
  3. Va a ser difícil que la gente no se resista a tremendos cambios, así que es muy importante tener a sus ciudadanos felices. Si todos se sienten felices no habrá quién se rebele.
  4. ¿Pero cómo tener contentos a todos? Aquí le van varias propuestas: cree una droga no tóxica que les anule la habilidad de sentirse tristes, (el soma es un buen ejemplo). Dé libertad sexual: en la novela de Huxley, por ejemplo, las familias ya no son necesarias porque los bebés son creados in vitro, así que aquí hay sexo sin control ni compromiso. Otro elemento fundamental es el entretenimiento, como los llamados “amoríos”, o cine sensible, donde es posible percibir las sensaciones físicas de los personajes que están en la pantalla. ¿No le suena que para allá van el séptimo arte y los juegos de realidad virtual?
  5. Y ya que esté en el poder, ¿por qué no mejor crear a sus propios ciudadanos? Sí, aproveche toda la ingeniería genética a su disposición y cree una nueva ciudadanía. Los bebés de probeta condicionados a cumplir con una responsabilidad en la sociedad serían los ciudadanos perfectos.
  6. Divida a sus nuevos ciudadanos en castas. Como en la novela que nos ocupa, dé a cada uno un deber, ya sea servir o dirigir, y hágalo desde el nacimiento para que así no piensen en otra cosa. Establezca una jerarquía social tan sólida que ninguno aspire a más.

Sí, Un mundo feliz es una utopía, pero una basada en la falsedad. Tal vez lo que nos enseñan Huxley y sus personajes es que la tristeza también es un modo de ser feliz. Es un modo, al menos, de ser libre.

 

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