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Un perro que viva cien años
Marbrisa Ter-Veen comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

¿Y si la literatura fuera un animal que uno arrastra junto a sí,

noche y día, un animal familiar y exigente, que jamás deja en paz,

que hay que amar, alimentar, sacar de paseo? Que se ama y se detesta.

Que te da el disgusto de morir antes que tú: la vida de un libro dura muy poco hoy en día.

Roger Grenier

 

Fuimos al cementerio de mascotas. Era uno de los lugares no negociables que queríamos visitar. El cementerio está atrapado entre avenidas y puentes, es un pequeño lote de tiempo congelado en Presidio. Está cercado pero de cualquier forma entramos.

Estamos en San Francisco, sin Reiko, la perra que antes era “mía” y ahora es de los dos.

Así que traspasamos y estuvimos viendo las pequeñas lápidas en memoria de perros, gatos y algunos pájaros. Todos ellos amados. Después de unos minutos de leer epitafios sencillos y sinceros me encontré llorando: va a llegar el día en el que yo también tenga que despedirme de mi amiga moteada.

La extraño, el espacio se siente vacío de la rodilla al piso. La cama del hotel es tres veces más espaciosa sin el perro al que le gusta dormir debajo de las sábanas y poner su cabeza en tus almohadas. El perro que por las noches se convierte en pulpo y estira sus extremidades para ocupar (okupar) todo el espacio posible y relegarte al borde del colchón. Reiko, un perro de su tiempo. Reiko, una perrhija ejemplar.

¿Pero por qué los perros y no, digamos, las nutrias? 33,000 años de coevolución se dicen fácil. La domesticación del hombre por parte de aquellos cánidos que alguna vez fueron lobos nos ha marcado como especie. Son nuestros mejores amigos por ley natural. Entienden nuestro lenguaje y, en su silencio, nos hablan con la mirada. Un hombre puede estar solo si lo acompaña un perro y casi se diría que los perros reniegan siglo tras siglo de sus congéneres en pos del humano. Son nuestros aliados. Así surge el amor. Recordemos que en la Odisea, Ulises, víctima del encarnizamiento de Poseidón, sólo llora al desembarcar en Ítaca y reencontrarse con su perro Argo. Iseo no reconoce a Tristán cuando vuelve vestido de loco, pero Husdent, el perro de Tristán, sí que lo reconoce. En palabras de la novelista Colette Audry:

El perro es, de todas las criaturas de la tierra, la que el hombre ha elegido para hacer de él sostén del amor puro […]. Entre marido y mujer, a veces no hay más que un punto de partida, un pretexto, el chispazo inicial: a veces se prescinde de él, como todos saben. […] El amor puro no existe entre los humanos. Pero un perro se tiene para amarlo y ser amado, eso es todo.

En la literatura la presencia de los perros es abrumadora, no ha habido gran escritor (ni menor, según Deleuze) al que se le escapara hacer algún retrato de estos animales tan relevantes en nuestro inconsciente colectivo: Rilke, “El perro”; Kafka, “Investigaciones de un perro”, Blumfeld, un solterón; Chéjov, “Kashtanka”, “Un perro caro”; Hoffmann, Los nuevos destinos del perro Berganza; Virginia Woolf, Flush; Turguéniev, Mumú; Tolstói, El cocinero; D. H. Lawrence, “Rex”; La Fontaine, “El perro que remueve el dinero y las piedras”; Racine, Los litigantes; Mark Twain, “El relato de un perro”; Faulkner, Sartoris; F. Scott Fitzgerald, “Shaggy’s Morning”; Kundera, Vals de los adioses; Colette, Diálogos de animales; Elena Garro, “El día que fuimos perros”; Octave Mirbeau, Dingo, y, por supuesto, Jack London, Colmillo blanco, La llamada de la selva, “Por amor a un hombre”. Y la lista podría seguir infinitamente.

Conjuramos a los perros. Los adoramos. Les ponemos nombre. Escribimos sobre ellos, los pintamos, les sacamos fotos. Nos aterra perder su recuerdo una vez ausentes, porque, como nosotros, están hechos para el olvido. Su existencia es siempre demasiado corta, entre todo lo que nos enseñan, tal vez la lección más grande que nos dictan es aceptar la muerte. Aprender a perderlos.

Fuera de esto, no me atrevo a hacer generalizaciones. Cualquiera que haya convivido con perros sabe que son individuos. Conocemos a los perros como a las personas: de uno en uno y con el tiempo. Yo conozco a Reiko, una braco alemán con sus muy marcadas manchas e idiosincracias, inflexible cuando se trata de sus paseos, que me ve desde su sillón enojada, exigente, apresurándome a terminar este texto.

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