Un serpenteo por los libros

“No tengo otro sargento de tropa para formar mis partes que al azar.

A medida que mis pensamientos se presentan, los apilo;

ora se presentan en tropel, ora se arrastran en fila.

Quiero que se vea mi paso natural y común,

tan desordenado como es.”

Montaigne, Montainge, Páginas inmortales

 

En alguna etapa de mi vida tuve que presentar un proyecto para poder aplicar a una beca. Mi primer instinto fue buscar el tema más barroco y emperifollado posible para que no cupiera duda alguna de mi “capacidad” para aplicar a ella y, por supuesto, obtenerla. Así que a algún hueco de mi cerebro se le ocurrió tratar de desentrañar qué era la literatura y, creo que para ese momento, intentaba descubrir algo con el hipertexto. Comencé entonces una búsqueda “definitoria” del significado de Literatura, como lo ven, en mayúscula. Y no encontré nada. O hallé demasiado y no supe de dónde afianzarme. La ampulosidad del tema me ayudó para salir del paso pero, evidentemente, salí corriendo.

Sin embargo, Montaigne tenía razón con respecto a los libros: uno los apila desordenadamente en un buró para, en algún momento, leerlos. O eso uno espera. Hasta que llega el punto en que esa pila que bordeaba el pensamiento se verá sustituida por una nueva. Habrá unos que consiguieron ser moldeados por la mano, pero otros volverán intactos al estante. Se renueva entonces la búsqueda personal y la mezcla de esos libros simbolizan el trayecto deseado.

Los libros marcan nuestra biografía personal de alguna manera. En ocasiones corremos con la suerte de que nos llega el libro exacto que necesitamos a nuestras manos: ¡qué bálsamo! En otras, es una pelea intensa para sobrepasar un párrafo que no conseguimos apresar.

Si me asomo a donde tengo ejemplares de lo que antes era Mondadori, hoy Literatura Random House, veo autores que me han acompañado por muchos años y más que se suman amorosamente. Desde inolvidables autores como Coetzee, Pamuk, Rushdie, Naipaul, Aira, o maravillosos mexicanos como Herbert, Monge, Jufresa, Espartaco, Raphael o Solares, puedo recordar cuándo los tomé, otros traen fecha y lugar, consigo remontarme  al momento de mi vida que estaba viviendo, a los deseos,  y, si le echo ganas, tal vez, sólo tal vez, a los pensamientos. Algunos se me han resistido, otros han sido proyecto o desenlace. Y muchos más, muchos, que están a la espera. Mirándome amenazadoramente. Pero como aparece en el Libro I, L, “De Demócrito a Heráclito”: “Todo movimiento nos descubre”. Y creo que ahí está la Literatura.

 

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