folder Publicado en Reseñas
Una aventura al corazón del mundo
David Velázquez comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura

Parece increíble que en un mundo en el que casi toda la información se puede obtener a golpe de un clic (o dos, como máximo), en el que hemos ido a la luna y de vuelta, enviado sondas al extremo del sistema solar, navegado incontables veces por mares y ríos y escalado las montañas más altas, aún haya misterios humanos y naturales por descubrir. Pero la verdad es que de la Tierra y su historia, no digamos ya del universo, sabemos todavía tan poco que sus enigmas todavía alimentan la imaginación de los fanáticos de las teorías extravagantes y la ambición de algunas personas ansiosas de descubrimiento y de un legado que les permita pasar a la historia.

Tal es el caso de la civilización perdida de la selva de la Mosquitia, en Honduras, cuyos primeros rumores se pueden rastrear hasta las cartas de relación que Hernán Cortés redactó durante su visita a Sudamérica. Los locales le contaron al conquistador la leyenda de una enorme ciudad de antigüedad incalculable, supuestamente abandonada tras una catastrófica maldición que expulsó a sus moradores originarios, quienes lograron dominar una extensa porción de la selva más agreste y violenta del planeta, desarrollaron la agricultura y construyeron grandes asentamientos capaces de alojar a 30 000 personas (es decir, la ciudad fue durante su esplendor tan grande como México Tenochtitlán).

La Ciudad Blanca, llamada así por sus muros de alabastro, también conocida como la Ciudad Perdida del Dios Mono, pues se decía que quienes la habitaron veneraban una estatua enorme con la figura de un mono, fue desde entonces materia de relatos extravagantes, obsesión de buscadores de fama y de oro, temor de locales y una incógnita insondable para el resto del mundo. No pocos aventureros se arriesgaron a encontrarla, algunos con una obsesión que rayaba en la locura, pero pocos lograron salir airosos de la selva más densa del planeta: serpientes venenosas, jaguares, hormigas asesinas, arenas movedizas, escorpiones, arañas y un sinfín de enfermedades pululan por un bosque tropical tan denso y escarpado que avanzar tan sólo 3 kilómetros puede tomar un día de arduo trabajo, amenazaron todas las expediciones que se propusieron llegar hasta ella.

Con cada excursión el mito fue creciendo, y a comienzos del siglo XX fue copiosamente alimentado por charlatanes que clamaron haber encontrado la ciudad, y que salieron de la selva contando historias fascinantes de riqueza sin igual, un esplendor antiguo inscrito en la piedra y una civilización majestuosa y extraña, cuando en realidad sólo supieron aprovecharse de los locales y maniobraron con inversionistas, antropólogos y periodistas para construirse una fachada de descubridores y ocultar su fiebre de oro. En parte gracias a ello, el mito creció tanto que siguieron incontables expediciones a la selva hondureña que intentaron encontrarla, sin éxito. Y con el tiempo a los riesgos naturales se les sumaron los cárteles de droga, que usan la zona para el trasiego de drogas, y los talamontes; grupos violentos que toleran poco y mal la aparición de extranjeros y desconocidos en el terreno donde llevan a cabo sus actividades ilícitas. Por si fuera poco, Honduras es un país en una crisis humanitaria terrible, con altos índices de violencia y corrupción política, así que conseguir permisos de exploración necesita poco más que buenas intenciones.

Todos estos factores influyeron para que la ciudad se mantuviera oculta durante 500 años. Hasta hace un lustro no se tuvo certeza de que tal lugar existiera realmente, y hace sólo un par de años que un grupo de expedicionarios (entre ellos un cineasta, un periodista, una antropóloga, un grupo de exmarines entrenados en tácticas de sobrevivencia y un singular extraficante y buscador de oro –cuya ayuda fue esencial para encontrar la ciudad–) logró atravesar la densa jungla para adentrarse en sus misterios. Por supuesto, la aventura vino acompañada de un par de “bailes con el Diablo”, un pequeño precio a pagar por el privilegio de ser los primeros en pisar un sitio abandonado durante siglos y en desenterrar, por fin, el misterio que guarda.

La más reciente expedición a la Ciudad Blanca está narrada en este libro, y será la delicia de aquellos lectores que disfrutan tanto las historias de aventura como las crónicas fascinantes. Douglas Preston es un observador agudo y un excelente investigador, que repasa en este libro la historia de un mito tan antiguo como seductor y relata cada detalle de la expedición que lo llevó al corazón de la selva para perseguir una leyenda como pocas quedan ya en el mundo: la de una ciudad mítica y desconocida que guarda uno de los secretos mejor conservados de la historia humana. Lo que allí encontró queda para el goce del lector.

Reseña de La Ciudad Perdida del Dios Mono, de Douglas Preston, Literatura Random House, junio de 2018, 392 pp.

Douglas Preston excursión La ciudad perdida del Dios Mono leyendas literatura mitos Preston

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.