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Una biografía gráfica para no olvidar
María Fernanda Gómez Peralta comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

Leí el Diario de Ana Frank cuando tenía diez u once años, ya no me acuerdo de la lectura con mucha claridad, pero me recuerdo muy conmovida por algunos fragmentos. He de aceptar que cuando Ana hablaba de que ella y su familia escuchaban el radio y avanzaban las tropas y había caído tal o cual ciudad suponía que debía emocionarme pero no entendía qué significaba. Ahora, 15 años después, me encuentro con el libro Ana Frank. La biografía gráfica de Sid Jacobson y Ernie Colón, y vuelvo a leer la historia de Ana en forma de novela gráfica.

Una de las maravillas de esta edición es que explica, de manera sencilla y concisa, el contexto político-social que rodeaba lo absurdo de la Segunda Guerra Mundial. Libros como estos son importantes porque el foco no son las atrocidades de la guerra, que siguen siendo inauditas y horribles, sino que pone cara y nombre a todo el potencial y las posibilidades que se pierden en cualquier guerra. Ana nació el 12 de junio de 1929, y cuando digiero este hecho me doy cuenta de que nació en el mismo año que mis abuelos paternos; leo cómo era Ana de pequeña y no puedo evitar recordar las historias que me contaba mi abuela de su infancia, de cómo lloraba porque quería ir a la escuela con su hermana mayor, al igual que Ana lo hacía porque quería ir con Margot, o como me contó mi abuelo que lo expulsaron de la Escuela del Aire porque aterrizó mal un avión (a los 14 años).

El libro llena muchos de los huecos que deja el Diario: la vida de los Frank antes de la guerra, o como Edith y Otto se preocupaban por las habilidades y personalidades diferentes de sus hijas, mandando a Margot (la hermana mayor de Ana) a una escuela más tradicional y a Ana a una escuela de Método Montessori. Se menciona también la dimensión del espacio donde estuvieron: 65 m2 para ocho personas. Se explica más a fondo la relación que tuvieron “los ocho escondidos”, Otto Frank en específico, con sus protectores, a quienes, debo admitir, yo confundía cuando leí el Diario la primera vez.

Otro elemento a destacar en este libro es cómo evoluciona la complejidad de los pensamientos de Ana conforme crece y cómo es más consciente de la situación que vivían, dentro de la pequeña comunidad en la casa de atrás, y de la suerte que tenían de no estar en un campo de concentración.

También narra temas que se evidencian en el Diario original como la complejidad de las relaciones humanas, de vivir en una comunidad que está encerrada todo el tiempo en esos 62 m2, los problemas que Ana tenía con su mamá y con su compañero de cuarto, Fritz Pfeffer. Ahora pienso en lo incómodo que debió ser para Ana ser una adolescente y compartir cuarto con un señor, entre muchas otras cosas, y luego recuerdo que ella misma decía que al menos estaba a salvo de los horrores de los campos.

La ejemplificación gráfica está bien lograda, las secuencias visuales, las expresiones en los rostros de estos personajes y, finalmente, la parte más dolorosa: en este libro se atreven a mostrar el desenlace de cada uno de los habitantes de la casa de atrás.

Mientras termino de escribir esto descubro que Sid Jacobson, autor de este libro, también nació en el 1929 y releo su dedicatoria en el libro: “Quisiera dedicar este libro a mis hijos, Seth y Kathy, quienes, de no ser por el tiempo y el espacio que les ha deparado el destino, podría haber corrido la misma suerte que las dos jóvenes hermanas que conocerán a continuación”. Retomo a los tres contemporáneos de Ana Frank, que menciono en este texto (mis abuelos y Sid), en como tengo 11 años más de los que tenía Ana cuando murió y pienso en la gran tragedia de todas las personas cuya vida quedó en el “pudo ser”.

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