Una carta de amor desde el siglo XVI

Don Garcilaso de la Vega y de Guzmán:

Mi señor, apenas he recibido vuestra carta y mi corazón no ha dejado de saltar de la dicha. Sus palabras son un bálsamo para la gran pena que me embarga, pues no tenerlo cerca de mí debilita mi espíritu y nubla mi razón. Todas las noches duermo con la esperanza de que mis ojos tristes vuelvan a mirarlo una vez más, que su retorno de Nápoles no demore y que la gracia de Nuestro Señor traiga con bien a V.M. el Emperador y Rey don Carlos y a usted, su leal servidor, a éstas vuestras tierras.

Hay mucho que me gustaría contarle pero guardo mis palabras más sentidas para el momento en que nos reencontremos, el momento más dichoso y ansiado de mi vida. Quisiera pedirle que no dude de mi afecto hacia vos, en su última carta noté en su ánimo un dejo de melancolía propia de quien está lejos de su tierra y de su gente, pero amado mío, nada ni nadie me hará olvidar la promesa que le hice, le seré siempre fiel y aguardaré su regreso, toda la vida de ser preciso. Y si la muerte lo arrancara de mis brazos tal sería mi infortunio que no volvería a mirar a ningún hombre en la tierra que no fuera vos.

Quiero pedirle que no deje de mandarme sus versos, son el único alimento que me ayuda a resistir su ausencia. Cuando abro los ojos por las mañanas lo primero que hago es leerlos e imaginar que está a mi lado, recitándolos:

“Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma mismo os quiero”

Mi alma guarda intacta vuestra última mirada.
No deje de escribirme, yo no lo haré.
Mis oraciones y pensamientos están con vos.
Siempre vuestra,

doña Ketrín de Nacif y Goddard.

 

Crédito de imagen.

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