Una familia empecinada

La familia como célula de la sociedad. La familia como cédula de la sociedad, ha dicho un ocurrente, porque pertenecer a ella es como si te extendieran un documento con sellos que acredita tu paso por esa microcárcel. La familia como espacio solidario de salvaguarda. La familia como detonante de la locura que acecha en el interior de cada uno de sus miembros.

Un día soleado pero ventoso, una habitación con las ventanas abiertas a la pradera. Dentro, una mujer que semeja más un conglomerado de palos resecos que una forma humana, espera su muerte. Afuera, uno de sus hijos lija, desbasta, ensambla y clavetea las piezas que compondrán el ataúd. Que Addie Bundren, la mujer palo, respire en su cama al son del serrucho de Cash mientras otra de sus hijos, Dewey, la abanica en el cuarto, no deja de ser un milagro. Su cutis verdoso ya no parece de piel sino de una sustancia apergaminada y pútrida por la que se agota la sangre. Sin embargo, Addie no se quiere ir aún. Aguarda no sólo a la señora de la guadaña y el sombrero de copa alta, sino a Jewel, su vástago favorito.

El problema es que Jewel se ha marchado con su hermano Darl a las tierras aledañas para realizar una carga en la carreta a cambio de tres dólares. Son granjeros blancos y pobres. Talan y transportan madera, pizcan algodón. Tres dólares significan mucho. Entretanto, Ansen Bundren, el patriarca, despliega su formidable pasividad abatido en el porche. Sería bueno que Jewel y Darl regresaran a tiempo, se dice. De lo contrario, Addie se llevará a la tumba un enorme disgusto. Vardaman, el más pequeño de la prole, vuelve a casa desde el río con un pescado enorme que se le cae de las manos y se retuerce espantosamente en el polvo, como si aún fuera un pez. El presagio ominoso se confirma y Addie Bundren deja este mundo antes de que sus hijos regresen.

Ansen Bundren, ya se habrá notado, no es lo que se dice un hombre de luces. No quiere sumar a la contrariedad de que su esposa se haya ido sin ver por última vez a Jewel y Darl la traición de no cumplir su postrera voluntad: que la entierren con su gente —no con esa gente que ha sido su familia real, sino con la de una familia idealizada de fantasmas— en el cementerio de Jefferson. El problema ahora es la crecida del río. No hay modo de cruzarlo en la carreta donde viaja Addie Bundren dentro del ataúd que le ha construido Cash. El paterfamilias es terco como las mulas que acaban ahogándose en medio del torrente cuando la carreta vuelca y sólo providencialmente consiguen rescatar la caja mortuoria con su contenido. Toda la descendencia del viejo testarudo, cuyo lema es que Dios sabe que él sólo hace lo que puede, se ve arrastrada al sinsentido de esa aventura. Los habitantes de la zona les ofrecen alojamiento, en tanto amaina la riada y consiguen alcanzar la otra orilla. Pero se presenta un tercer problema: el cadáver impregna con su pestilencia los graneros donde los hospedan, unos buitres siniestros se convierten en la escolta inseparable de esa ambulante corte de los milagros que se niega a enterrar de una buena vez a la muerta.

Las pasiones se desatan cuando por fin consiguen llegar a Jefferson con su cargamento de carne agusanada. Dewey tiene que abortar. Darl es hecho prisionero por haber incendiado una troje. Jewel aborrece a su padre porque le ha vendido su caballo. El odio se afianza así como el poderoso sentimiento que los mantiene unidos en la desgracia y que Ansen Bundren, después de todo quizá menos tonto de lo que uno suponía, logra capitalizar, pues en Jefferson no sólo entierra a Addie sino que se compra una nueva dentadura con el dinero de Jewel y se agencia otra esposa.

Mientras agonizo (1930), de William Faulkner, es una novela emblemática sobre el empecinamiento de una familia que no debió haberse apellidado Bundren, sino Burden, peso, carga.

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