Pero, ¿qué es una novela gráfica?

Quizá una de las formas más controvertidas del arte sea la historieta, deleznada por muchos por parecerles un mero entretenimiento, sin valor estético y mucho menos literario. Esto pude ser cierto en algunos casos, sobre todo si consideramos como historietas a los relatos eróticos que atiborran los quioscos en México, meros instrumentos de placer efímero. Pero la novela gráfica, esa hermana mayor de los cómics por entregas, demuestra una madurez artística y una fuerza narrativa tan loables que muchas veces, tanto en la forma como en el fondo, es capaz de competir con obras literarias más “tradicionales”.

Entre sus diferencias con el cómic, que como todo producto industrializado tiene detrás a un enorme equipo de profesionales (desde guionistas hasta coloristas), la novela gráfica suele ser un trabajo más íntimo, lo que le da una calidad casi artesanal (tanto como puede serlo un producto masivo). Además, suele estar pensada como una sola serie, una obra delimitada en tiempo y espacio, en contraste con las entregas periódicas de la historieta, que pueden durar años y cuyos finales pocas veces son definitivos. Por otra parte, mientras que el cómic tiene al público embelesado con sus historias de superhéroes (algo que los productores de cine de los últimos diez años agradecen con vehemencia), la novela gráfica tiende a explorar terrenos poco indagados, pues aprovecha experimentación formal y de contenido.

En cuanto a su materia, la novela gráfica puede abordar desde la intimidad de la infancia (Fun Home, de Allison Bechdel) hasta la experimentación mística y metafísica vestida de ciencia ficción (El Incal, de Moebius y Jodorowsky), pasando por la crónica de guerra (Notas al pie de Gaza, de Joe Sacco); y puede ser tan cercana al cómic en su sencillez formal (Ice Haven, de Daniel Clowes), como un experimento narrativo que se abre completamente a la interpretación del lector (Fabricar historias, de Chris Ware).

También me vienen a la mente trabajos como Watchmen y V for Vendetta, de Alan Moore (quien coqueteó con la magia, los psicodélicos y el esoterismo); Maus, de Art Spiegelman (quien desde una fuerte depresión decide contar la historia de sus padres durante el Holocausto, al que sobreviven por muy poco); Persépolis, de Marjane Satrapi (que llamó la atención sobre la revolución árabe); pero hay cientos de trabajos más a los que vale la pena asomarse.

Con todo, la novela gráfica es una disciplina tan prolífica como heterogénea, que ha llamado la atención de detractores y entusiastas por igual. Por ello, esta semana la dedicamos en Langosta Literaria a este género narrativo tan reciente, con la esperanza de sembrar en los lectores la inquietud por explorar algunas de sus manifestaciones más interesantes.

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