Una sed primordial

Guillermo del Toro comenzó su carrera como director de cine con Cronos, una historia de vampiros poco convencional si tomamos en cuenta el canon que Drácula y sus muchas adaptaciones le han impuesto a este mito. En palabras del autor (en entrevista para Mórbido durante la Feria del Libro de Guadalajara en 2011, en la que presentó los dos primeros volúmenes de la Trilogía de la Oscuridad), su interés por estas criaturas no está en la tradición romántica, byroniana, de un vampiro galante y bohemio, sino en el mito original, más antiguo, de un cuerpo reanimado, víctima de una sed absoluta e insaciable. En este sentido, el vampiro está más cercano a la idea contemporánea de un zombi que a la decimonónica del chupasangre.

Si tomamos esto en cuenta, no es extraño que en la Trilogía de la Oscuridad asistamos a una reinterpretación del mito vampírico tan original como profundamente terrorífica: una especie de virus desconocido se propaga por la ciudad de Nueva York a un ritmo vertiginoso y amenazante, provocando que lo que debía permanecer muerto vuelva a la “vida” con una sed insaciable por la sangre. Y detrás de todo, para nuestra sorpresa, no está la maldad de un ser milenario y perverso, sino la ambición de un hombre poderoso y su deseo de trascender a la muerte.

Del Toro se toma el tiempo para presentarnos todos los pormenores de la constitución biológica de estos seres: su origen, sus fases prematuras, sus modos de reproducción y alimentación, los instintos que las animan… Así que al final vemos a estos vampiros menos como unos seres maléficos y aborrecibles y más como una plaga incontenible, un reflejo de todo aquello que somos, pero que nos negamos a admitir. En el fondo, lo que verdaderamente le interesa a este cineasta convertido en novelista es contrastar esta sed, un instinto incontrolable que debe ser saciado para asegurar la supervivencia, con la ambición humana y las consecuencias de nuestros actos voluntarios, expresados sobre todo en los vestigios de la Segunda Guerra Mundial y en el atentado a las Torres Gemelas.

Parece mucha tela para cortar, ¿no? Lo cierto es que este tapatío tiene como uno de sus talentos la capacidad de entretejer historias atrayentes y muy entretenidas con reflexiones serias sobre la condición humana, así que parte del camino está trazado con naturalidad. El resto del trabajo, me parece, lo facilita la maravillosa pluma de Chuck Hogan, quien dota de mucho realismo y velocidad lo que de otra forma parecería innecesariamente fantástico y embotado. Juntos, han logrado crear una historia adictiva que al mismo tiempo actualiza y ahonda en el mito del vampiro, recordándonos que muchas veces aquello que más tememos es lo que la desesperación puede hacer con nosotros.

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